Los Sinsentidos es un volumen
compuesto por relatos de distinta índole. Estos textos se agrupan en
diferentes secciones de acuerdo a los temas que atraviesan las distintas
historias. Acá les dejo el libro completo, tal cual salió originalmente en 2010 por Editorial Martín de la ciudad de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.
Secciones:
I-Primeros juegos literarios. Compila los primeros relatos creados.
II- De charlas efímeras y otros menesteres. Sucesos de la "realidad" convertidos en literatura.
III-Lágrimas literarias. Textos que provocan las emociones.
IV- Historias intercambiables.Anécdotas reales con formato literario.
V- Intentos recientes. Producción literaria más actual (hasta 2010).
Secciones:
I-Primeros juegos literarios. Compila los primeros relatos creados.
II- De charlas efímeras y otros menesteres. Sucesos de la "realidad" convertidos en literatura.
III-Lágrimas literarias. Textos que provocan las emociones.
IV- Historias intercambiables.Anécdotas reales con formato literario.
V- Intentos recientes. Producción literaria más actual (hasta 2010).
Preludio.
Cuando descubro en el transcurso del
tiempo y mediante continuos intercambios de pensamientos, la personalidad de la
autora, percibo el talento de una escritora que posee la cualidad de expresar
con sensibilidad y cierta mirada suspicaz, situaciones y entornos que se viven
cotidianamente.
Aspectos y vivencias que nos mantienen
cautivos por sentirnos en parte reflejados a través de nuestra historia
personal, que al expresarse de manera ocurrente, pero a su vez envuelto en un
fino manto de tragedia, exalta en muchos de sus escritos las miserias del ser
humano sustentadas en el egoísmo profundo de nuestro ser.
Dueña de un humor mordaz y con un
temperamento sumamente introvertido, resulta contradictorio asociar dicha personalidad con muchos de sus cuentos, ya
que son agudas críticas hacia los modelos convencionales de vida.
Estos modelos, desenmascaran la
sociedad del siglo XXI que se rige mediante valores superficiales, impuestos
por un sistema que sólo busca en el individualismo y la impersonalidad la
satisfacción de sus propias necesidades.
Javier
Puyol, Mar del Plata, enero de 2010.
I- Primeros
juegos literarios.
“Destellos
eternos”.
Para
mis abuelos.
Amadeo era hombre joven, pero la vida
había dejado de sonreírle, más bien
sentía que lo miraba de costado con una sonrisa socarrona. Había perdido
su último trabajo, como escritor “favorito” de paupérrimas novelas en una
conocida editorial. Por si fuera poco, su mujer lo había dejado por un jovencito
de veinte años, pero esta situación lo aliviaba ya que estaba abrumado de la
rutinaria vida marital.
En uno de sus frecuentes ratos de
ocio, ahora que era integrante del índice de desocupación, estaba revolviendo
unos papeles de tiempos pasados, cuando se topó con ese sobre descolorido por
el olvido. Se veían en él las huellas del tiempo, su color amarillento era
quien delataba su añeja presencia en ese lugar. Al abrirlo descubrió que las prisas diarias le habían hecho olvidar
todo. De repente, fue como si el tiempo se hubiese detenido, y recordó aquella
historia; la que sucedió muchos años atrás, cuando Amadeo todavía no conocía
las miserias humanas.
Robé
la carta que mamá celosamente guardaba en el armario de su habitación. De
momento nadie decía una palabra de lo sucedido con mi abuela, yo sabía que
estaba un poco enferma; pero igual mantenía la esperanza de que pronto volvería
para cuidar las plantas y sacar farolitos chinos del cerco del vecino.
No
me dejaban entrar en su habitación, pero desde afuera sentía que mamá lloraba,
mientras papá le decía algo de mí, al mismo tiempo que ese hombre vestido de
blanco le decía que lo sentía mucho.
Después
de un rato, mamá salió con la mirada enrojecida
y me dijo que la abuela ya no podía estar más conmigo, porque había
partido para siempre. Me enfurecí muchísimo, me preguntaba porque no se
había despedido. Esa vez, mamá me contó
todo eso del cielo y de Dios, pero esas cosas no me apaciguaron, ¿cómo podía Dios
llevarse a mi abuela?
Lloré mucho porque la extrañaba, pero
la tristeza fue mayor cuando comprendí que jamás la volvería a ver. Ese día mi
madre me dijo que debía recordar lo bueno que ella me había legado. Esa carta
decía:
“Hija
mía:
Nadie
se conmueve por el vuelo solitario de un pájaro, mucho menos por su cantar en
el amanecer; ni siquiera se dan cuenta de que están vivos. Las cosas simples
son las que ya no tienen tiempo de apreciarse, tan apurados por llegar a… quién
sabe dónde.
Otros
respiran sin percibir el aroma de las flores, cada una con su matiz, son las
que me reconfortan con su fragancia,
aunque a veces me sienta corrompida por el vacío ajeno.
Aunque
para algunos sea tarde para esta vieja, y el resto de mi vida sean diez o
veinte años, ellos señalan esto como “lo que le queda de vida”, no importa
porque logré tener pequeños momentos de felicidad.
Si
me fuera ahora, no me importaría porque aprecié intensamente cada uno de esos
pequeños instantes; disfruté de aquel jazmín que cuidé cada día, del amor de mi
familia, construyendo un lazo inquebrantable con mis nietos. Sin embargo, ahora
escribo esto aquí en mi retiro, al cual me veo confinada.
Por
eso, si estás leyendo esto quiere decir que yo ya no respiraré el aire que te
rodea. El fuerte dolor de mi pecho me indica el preludio del fin, ya voy a
dejar de sufrir. Pero antes de partir, juzgué como había sido mi vida, entonces
advertí que mis mejores posesiones no eran materiales. Atesoré amigos a los
cuales estimé mucho, pude sentir el amor materno y el amor de un hombre, que me
acompañaron durante mi camino. Pero llegó un momento en que su candil
también se apagó.
Bueno,
hijita (siempre serás mi chiquilla), gracias por ayudarme en mi intento por ser feliz y así comprender
cuales son las cosas realmente importantes de la vida.
Hasta
siempre. Camelia.”
Un momento después, Camelia colocó
dentro de un sobre de papel la carta, pasó su reseca lengua por el pegamento,
lo cerró y pensó en lo patético que era el último sabor que probaba de la vida.
Luego, la mujer comenzó a sentir la conclusión de todos sus problemas
cardíacos, pudo considerar que la oclusión de su arteria coronaria había
llegado; pero entre ahogos resistió, como reflejo de todo ser que tuvo vida, hasta el último hálito de
respiración. De ahí en más, permaneció
sólo como un lejano recuerdo en la vida
familiar.
Después de releer la epístola, Amadeo
comprendió que los preceptos de Camelia
lo habían formado. Aún alcanzaba a
recordar la felicidad que rodeaba sus momentos, aprendió a respetar lo
“importante”; pero no supo usarlo en su propia vida, como lo hacía con sus
frívolos personajes, porque había
triunfado en su intento de ser grandilocuente, pero fracasó en su tentativa por
ser feliz.
Hacía mucho tiempo que Amadeo no registraba esta carta y mucho
más desde que lo dejó su abuela. Siempre la tuvo presente, pero recién ahora
pudo comprender claramente que significaban sus palabras; allí, solo en su
habitación en penumbras, se alegró de atesorar aún esos pensamientos que
estaban como escondidos detrás de una cortina, de cuando
leyó por primera vez ese papel.
Casi con automatismo comenzó escribir en su cuaderno:
“En este mundo no hay personas como
vos, que entienden lo especial, no entiendo al mundo, tampoco consigo encontrar
mi lugar en él. Necesito recobrar al niño que algún día fui, y olvidar el
adulto en que me convertí. Nos encontraremos algún día para observar el
surgimiento de la vida (no en esos cielos de Leyendas bíblicas), ¿existirá la
felicidad?, espero que sí.
A quien lea esto no espero que lo interprete,
tal vez sólo sea de un pobre loco.
Amadeo”.
En ese momento, el cuaderno y
bolígrafo cayeron de su cansada mano y rodaron
por los pliegues de las sábanas, que cercaban su figura. El hombre se
puso de pie junto a su lecho, el que alguna vez compartió con su mujer, retrocedió unos pasos y sintió el frío del
mosaico en sus pies. Esa sensación le recorrió todo el cuerpo, como un timbre
que a la vez lo despertaba de su letargo; ahí fue cuando advirtió que él también se había olvidado de
conmoverse. Entonces, todo el peso de su cuerpo cayó sobre el suelo. En aquel
lugar, su refugio, se quedó inmóvil con la sensación que habrá sentido el
primer ser sobre la Tierra
con todo por descubrir, contempló el sol, que con leves matices se filtraba por
su persiana entreabierta. Por fin, con alacridad, sintió que recuperaba a esa
luminiscencia en el vacío de su mundo. Entonces, juntó su cuaderno, tomó su
lapicera, aún húmeda por el sudor de su
mano, y comenzó a escribir su primer borrador de aquel cuento, que siempre
quiso escribir, ese que cuenta la historia de un niño y su abuela.
“Los
sinsentidos”.
El
momento que precede al despertar es lo más parecido a la felicidad. Sin reparar
en lo que nos tocó en suerte vivir, cuando uno todavía no se percata de sus
obligaciones; entonces, cuando suena la alarma del reloj, una gran pesadez
invade el pensamiento, desplazando todo aquello que resulta indudablemente
placentero. La sensación de la ausencia de
toda obligación provoca plena tranquilidad, lo importante no importa.
1.
Cada mañana Am se examina frente al
espejo, recorriendo con la vista las incipientes arrugas que ya pueblan su
rostro aniñado, se mira los dientes verificando
que todo esté en su lugar, tal como lo dejó la noche anterior. Se arregla su
cabello castaño claro. No recuerda dónde estuvo, pero su cefalea y los restos
de maquillaje le brindan alguna pista.
No estaba en casa y sentía una desconocida
fragancia. Fue hasta la habitación, la cama aún permanecía revuelta. Se dirigió
hasta la ventana, corrió la larga y
pesada cortina de terciopelo. La luz invadió, inescrupulosa, cada rincón como
una inundación obligándola a entrecerrar los ojos. No tenía la menor idea de
dónde se encontraba, pero la vista era bella. Miró al rincón, había un
tocadiscos olvidado por el tiempo con un disco de vinilo listo para que alguien
lo prendiera; lo tomó entre los dedos y decía: Astor Piazzola. Libertango,
encontrar algo conocido reconfortó su aturdida mente.
Escuchó el disco una y otra vez con la
vana esperanza de que le recordara la razón de su estadía allí. Abrió un poco
el vidrio y una leve brisa calurosa le avisó que era verano.
Después de un rato de letárgica
contemplación, el ruido de la llave en la cerradura la distrajo. Rápidamente un
joven viril de barba y largo cabello negro atravesó con seguridad la puerta, se
acercó y con palabras cariñosas la besó fogosamente en los labios todavía
resecos. Como para disimular la sorpresa le devolvió el saludo y le preguntó la
hora, el joven le respondió que eran las tres de la tarde.
La situación le resultaba lo
suficientemente confusa como para
ahondar en detalles con el desconocido. Pronto se decidió y salió a toda marcha
hacia la calle para averiguar dónde estaba. Una vez afuera, se aquietó al ver que la gente era “normal”,
quiero decir al menos se trataba del planeta Tierra.
Las personas se dirigían
de un lado a otro, y nadie reparaba en su presencia. En una actitud desconocida
en ella, detuvo a una anciana para preguntarle dónde estaba. La vieja la miró
con sorpresa. Luego de insistir unos minutos le dijo: “Mire señorita lamento no poder ayudarla, no soy de acá”.
En un acto reflejo, saqué un paquete
de cigarrillos y manoteando a ciegas en el bolsillo saqué el encendedor, y
prendí un cigarro que se había posado en mis labios. Le di la primera pitada, y
una sensación de familiaridad invadió mis pulmones, era como si lo hubiese
hecho toda la vida. Me sentía desolada en una situación que no alcanzaba a
comprender. Vagué un rato sin rumbo fijo, y encontré una playa. Con cautela me
acerqué a unos jóvenes, con apariencia de intelectuales, que conversaban
apoyados en un pequeño paredón que rodeaba el perímetro de la playa. Una vez a
su lado les susurré si me podían decir dónde estaba, a lo que uno de ellos
respondió: “Estamos en La Inconsciencia” pero no entendía cómo
había llegado allí.
2-
Imágenes, imágenes sueltas y sin
sentido perturbaban mi mente, instantes antes de conciliar el sueño. Miraba el
techo como si fuera posible hallar allí la respuesta, lo recorría, focalizaba
en cada una de sus imperfecciones, sus rajaduras, sus manchas de humedad. A mi
lado, imperturbable, reposaba el cuerpo de mi amante misterioso. Por
momentos, me tentaba un vértigo que
instaba a la punta de mis dedos a agitarlo para que despertara, pero me
contenía. Recorría su figura desnuda,
que los contornos de la oscuridad ceñían.
Realmente, no recuerdo en que momento
concilié el sueño. Me desperté sobresaltada y miré la hora en el reloj
digital, que con insolencia marcaba las
cuatro. Un gusto rancio invadió mi garganta, como un manantial de lava hirviente
que me perforó.
Como el día anterior me dirigí al
baño, pero esta vez me lavé los dientes. Intentaba no pensar, como si la realidad pudiera
cambiar con sólo desearlo. Volví a mi habitación, allí mi misterioso amante me
esperaba con mirada insinuante. Cuando estuve a su lado, me tomó fugazmente
entre sus brazos e intentó seducirme, pero la confusión era demasiado grande
como para agregarle más elementos.
Esta
infinitud que se abría ante mis ojos me espantaba. Me puse a navegar
meditabunda en los mares del recuerdo que creía mi recuerdo, los cuales se
asemejaban a la realidad caótica que me rodeaba. De repente, reparé en la cortina de terciopelo, material
que me resultaba intrigante por su textura y capacidad de ocultamiento, siempre
me había dado la sensación de separar dos realidades. Lo mismo me sucedía con
el día y la noche, el universo no parece el mismo en uno y otro momento, me
refiero a que los objetos parecieran empequeñecerse con la oscuridad, siempre me hace sentir vulnerable.
La
noche parece pequeña, porque nos hace sentir pequeños, ya que disminuye nuestra
percepción visual, en cambio, el día con su luz que todo lo corrompe nos ofrece
la inmensidad. Ojo y visión son realmente interesantes tanto como sentido como
por sus capacidades, nos permiten construir la “realidad”. Aunque quien carezca
de tal sentido, tiene sus dedos que hacen a la vez de ojos y dedos;
también se confunden ver, mirar y
observar.
Estas
serían las tres fases de la visión: primero, ver, luego, mirar y recién después
observar. Paso a explicar esta distinción: ver, es percibir por los ojos la
forma y color de las cosas mediante la acción de la luz; mirar, es fijar la
vista en un objeto aplicando la atención; y
observar, es examinar atentamente. Las dos últimas pueden parecer
sinónimas, aunque no lo son porque la vista pude fijarse en un objeto aún
estando con la mirada perdida, pero para observar es necesario centrar toda la
atención.
Con sobresalto, propio de adolescente,
se incorporó y fue a bañarse. El agua en una sensación casi purificadora, le
recorría cada centímetro de su silueta.
Se secó rápidamente y fue a vestirse a la habitación. Así, tan silencioso como
siempre, su amante había salido; eso la hizo sentir más tranquila. Lamentablemente llovía, entonces fue a
tomar un café, en un bar céntrico. A los pocos segundos de instalarse en una
mesa junto a la vidriera, una amable camarera se le acercó y le preguntó que se
iba a servir, Am le dijo: “Un café”. La
jovencita se sonrió y le respondió: “Enseguida se lo traigo, señora”. Esa
última palabra resonó en sus oídos y con
urgencia miró su anular izquierdo, donde con horror halló una dorada alianza de
matrimonio… ni siquiera recordaba que era casada.
Cuando la empleada le acercó la
infusión la bebió con apremio; miró el
reloj de la TV, que indicaba las seis de la tarde. Terminó su café, ya eran las
seis y veinte, comenzó a marchar hacia el hotel. Como si su vida fuera una
especie de película dramática, la lluvia comenzó a caer presurosa cuando puso
un pie afuera de la cafetería.
3- El crepúsculo y la noche eran
mis momentos favoritos del día. La luz todo lo corrompe, no permite posibilidad
de ocultamiento o disgregación, es tan fatídica; nada se puede hacer contra
ella, no hay posibilidad certera que no nos haga desaparecer también a
nosotros.
Fue un día realmente raro. Al llegar a
mi hospedaje, arrojé mis llaves en la mesita de entrada. Mi dulce y
tentador amante me esperaba con cara de
exigir una explicación, sin decir nada me acosté a su lado y me dormí.
Como carecía de toda inspiración hasta
para dormir, decidí salir a caminar en las noctámbulas calles, atestadas de
adolescentes de fin de semana que viven su inmadurez con total plenitud.
Las calles a esa hora aparentaban, en
su atmósfera de humedad, una tranquilidad que me resultaba inquietante; me
incomodaba ese silencio, esa tensa calma.
Prendí un cigarrillo para calentar mi
espíritu, un poco empequeñecido a esa hora, el
impulso oral de la primera pitada me causaba un profundo placer. El olor
del tabaco, cuando comienza a prenderse, es simplemente exquisito.
Mis reflexiones se vieron
interrumpidas por la disputa de un grupo de perros en la esquina de un comercio
gastronómico. Se peleaban por algo que no alcanzaba a dilucidar desde lejos,
entonces decidí acercarme. Una vez a su lado, vi cómo se disputaban pedazos de
pizza ya casi en estado de putrefacción.
De
pronto recordé el espejo, ese frente a mis ojos atontados cada mañana; los
perros eran el reflejo del ser humano, mezquinos cada uno en lo suyo.
La
imagen frente al espejo, la imagen personal, pareciera desaparecer cuando no se
refleja en ese trozo vidriado.
¿Y
si realmente desapareciéramos? Sólo nos vemos nuestras manos, brazos, piernas y
accesorios, pecho, a lo sumo, si giramos por encima del hombro, la parte
inferior de la espalda, pero nunca vemos
el propio rostro (sólo parte de la boca y la nariz por el rabillo del
ojo, dirigiendo la mirada hacia abajo) sin la necesidad de recurrir a un
espejo. Será que nos hicimos dependientes de su reflejo, para ver cómo nos
queda una prenda, un peinado, ¿acaso ya no confiamos en nuestra percepción?
No, necesitamos la aprobación del otro.
4-
Continué por la acera de enfrente, caminando sin rumbo me dirigí a
la zona costera. Me senté en el borde de la playa, donde unos borrachos
rezagados dejaban sus desazones etílicas en la arena. Me preguntaba como
seguiría la historia ahora, me negaba a creer en eso del destino, fuente a la
que se inculpa de todo lo que
ocurre.
Muchas
cosas me intrigan, una es eso del destino; por su relación con el hado y la
casualidad, es algo que siempre me pareció contradictorio. Porque si al destino
se le atribuye todo lo que sucede como marcado para cada persona en particular, el hado o la casualidad
no podrían producirse, puesto que son cosas que pasan de manera imprevista, y
allí nos encontramos frente a otro gran concepto, el azar. Es decir, azar y
destino se oponen, sin embargo el azar es en sí mismo contradictorio, porque se
lo toma también como desgracia o contratiempo imprevisto; ¿sólo una desgracia
puede ser imprevista?
Los
juegos de azar, deben su nombre a esta palabra, se supone que conllevan algo
positivo, una retribución económica, una posibilidad en un millón de que cambie
la vida (aquí aparece la avaricia mirando de costado); sin embargo, las
personas no dejan de confiar en esa vaga y remota posibilidad de salvarse,
confían sus sueños a esa añoranza envidiada, deseada, entrañada con todas sus
fuerzas maldiciendo la suerte del pobre iluso que gane, con envidia sana, la
más sana que exista.
Los
minutos corren el sorteo ha comenzado, quien haya tomado el mando intenta crear
suspenso, la ansiedad va aumentando, uno se relaciona con personas que en otras
situaciones ni siquiera miraría de reojo.
El
interlocutor mira con emoción a su auditorio, caras, decenas de rostros
expectantes esperando oír el número que transpira entre sus dedos. De pronto,
suena el anhelado ganador: “treinta y ocho”, alguien entre la multitud, que en
un primer momento no alcanzo a dilucidar,
grita: “acá, acá” con entusiasmo propio de un niño. Se acerca el
afortunado ganador, recibe su premio, y la mecánica reunión se disuelve
rápidamente. Cada uno abandona su momentánea esperanza de cambiar su vida, pero
por un instante la esperanza sobrevoló en sus banales existencias.
5-
Después de un rato de dar vueltas sin
rumbo, decidí volverme al hotel. Estaba cansada de no saber nada. Al entrar, ya
estaba comenzando a clarear, mi amante decidió incorporarse de su somnolencia,
y aturdido preguntó la hora, dije que eran casi las siete. Decidí aclarar las
cosas con él; le pregunté si era mi marido, y me dijo que aún no, porque estaba
dejando a su mujer, y yo a mi esposo, me preguntó sorprendido si estaba
borracha o qué. Yo para ocultar la
sorpresa, le dije que era un chiste para ver qué tan dormido estaba, a lo que
sonrió de esa manera que me hacía temblar, a pesar de conocerlo poco, o
recordar poco de lo que lo conozco, es
un ser en seducción constante.
Entre besos fogosos decidí sacarle más
información, con frases tales como ya ni recuerdo cuándo fue el día que me
enamoré de vos; a lo que respondía “fue
esa vez en la estación terminal de
trenes, cuando vos despedías a un familiar y yo a mi mujer”. Nos quedamos
como se quedan todos después de la partida de un ser querido, disimulando el
nudo en la garganta que nos provoca su lejanía. Luego de unos minutos reparamos
en que sigue nuestra rutina y nos reponemos rápidamente. Salvo algún que otro
romántico que observa el tren alejarse hasta perderse, mientras una lágrima
resbala sigilosa por su mejilla.
“Te vi a mi lado, como si hubieses
aparecido instantáneamente. Parecías triste y feliz a la vez, con la ansiedad y
la espera del nuevo encuentro; yo en cambio, sentía un gran alivio con esos
días que mi mujer había decidido pasar en casa de su tía.
Nos vimos, y al unísono se produjo la
conexión, nos miramos a los ojos como se miran los enamorados, y vos me dijiste
si quería ir a tomar un café. Yo te respondí que era una lástima no hacer que
ese primer encuentro fuera inolvidable.
Asentiste, pero con algo de culpa (que me confesaste después), y fuimos a
un hotel de mierda, lindero a la zona céntrica. En el ascensor comenzó todo
cuando nos besamos con pasión. Casi ni recuerdo en que momento nos quedamos
completamente desnudos, sintiendo la piel del otro. Mientras nos deseábamos
acariciaba cada perímetro de tu cuerpo,
esa suavidad de la piel tan agradable al tacto, los aromas de los cuerpos, tu
agradable perfume. Todo fue tan apasionado que no puedo decir cuánto tiempo estuvimos
así. Después de ese día siempre se repite la misma sensación, el sólo tenerte
cerca, percibir el calor de tu piel aunque sea por un simple roce, por pasar a
tu lado, es sublime.
Y cuando me ignoras, pero sé que me
observas, que lo disimules es más estimulante aún, esa certidumbre de culpa por
el simple contacto físico me produce adrenalina”.
“La
inspiración de las musas se fue”. Mal comienzo para el final del relato. Me
besó con el fulgor que había descripto de antaño. Pero yo no tenía ganas de contacto
corporal con alguien que ni siquiera recordaba amar, así que me alejé y me
encerré en el baño. Me sentía muy aturdida y me preguntaba por qué si estaba
dejando a mi marido, todavía usaba el
anillo que me conectaba con esa otra persona que tampoco recordaba. Esa era una
de las cosas que aún no me atrevía a preguntar.
Lo peor del asunto era que ni siquiera
recordaba de dónde venía, en una primera instancia está claro: del vientre de
mi madre, me refiero a mi lugar de origen. Todo a mi alrededor me parecía
artificial, como esas flores del jarrón en la habitación, el amor de mi
pseudoamante también me parecía mera ficción; algo que se mantiene por el sólo
hecho de transgredir lo moralmente correcto, pura apariencia.
Siempre
odié las flores artificiales, su eternidad me parece inquietante, sigo
prefiriendo las flores recién cortadas que al menos conservan un poco de vida y
aroma todavía, aunque ya estén agonizando.
Así me sentía, con la inocencia de una flor, de una flor que acaba de ser arrancada, pero a la vez sentía perniciosa mi alma y estaba asolada por la
superficial vida que aparentemente llevaba; no podía concebir que no hubiese
tenido el valor de decirle a mi marido que nos separáramos y en cambio, hubiese
comenzado a ver a otra persona.
Los minutos en el baño corren más
lento cuando uno quiere hacer tiempo, comienzan a invadirnos los olores y
aromas propios de este. Jabón, restos de shampoo y demás complementos
capilares, algún perfume barato que utilizamos últimamente, pasta dental snow mint, ¿de dónde sacaron eso de nieve mentolada?, la nieve es fría, acuosa,
pero no mentolada, esas equivalencias me entorpecen el pensamiento. Toallas
con el logotipo del Hotel, una fina cortina de baño bordada con hilos dorados;
¡qué elegancia!, y yo acá con mi desnudez
sentada encima de la tapa del inodoro, con la rodillas sosteniendo el
mentón, y con dos lágrimas que se deslizaban por mi cara, odiaba llorar en
silencio, es una mierda ocultar eso de llorar a mares, pero si Julio me sentía llorar seguro venía a ver qué
me sucedía y no tenía fuerzas para dar explicaciones.
6- Nunca pude fingir lo
que no era, lo cual a veces complicaba
mi relación con los demás.
Algunas veces el silencio es hermoso, ese
silencio ensordecedor de la madrugada que ni siquiera distrae de los
pensamientos, ojo con eso de pensar que algunas veces cuando estás perdido en
tus vacilaciones se acerca alguien y te pregunta si te pasa algo que estás con
cara rara; “que tus palabras sean dignas del silencio que vas a romper” recordé
haber leído en algún lugar, era una frase muy sabia. El silencio en compañía de
alguien que camina a tu lado, como recordaba haberlo hecho en esas tardes de vacaciones en alguna ciudad
balnearia que ahora ni recuerdo su nombre, con el walkman encendido, mirando
con complicidad a tu compañero. Cuando las palabras sobran es que la conexión
entre esos dos seres por fin se estableció, los gestos, las miradas alcanzan para
comunicarse.
Esas
largas caminatas con el sol a punto de ocultarse eran insuperables, la brisa
golpeando el rostro, el descenso de la temperatura del lugar, el mar que la
música decoraba pero no me permitía escuchar, era perfecto para esos paseos que
tanto extrañaba.
Muy lejos estaba de esas playas, y en cambio no sabía que rumbo tomaría mi
vida a partir de ese momento. Eran ya casi las nueve entonces decidí matar la
nostalgia con una caminata en la playa aunque sin compañía esta vez. Salí a
toda carrera del cuarto y me encaminé
hacia la costa.
Había llegado a ese punto de la vida
en que a pesar de que todos pensaban que sabía lo que hacía, en realidad no
sabía nada. El aire ya mostraba la cercanía del mar, por su aroma y el sonido del oleaje. La brisa en el rostro siempre calmaba mi mente. Busqué
un lugar para sentarme a contemplar el mar, su inmensidad, frente a mi
pequeñez.
Frente al mar cerré los ojos porque
para escuchar es necesario anular la percepción visual, ya que no es lo mismo
escuchar que oír. Escuchar es oír en
especial con atención; y oír es percibir los sonidos, en tanto que percibir[1]
algo no significa prestarle atención necesariamente.
Me levanté y caminé por la arena
húmeda. Canes caminaban sin rumbo fijo, en busca de la complicidad de alguien.
Esa imagen se asemejaba bastante a lo que sería, en términos más filosóficos,
la libertad, hacer las cosas sin pensar en lo que vendrá, sin tiempo, sin
dioses, sin leyes que rijan nuestra existencia.
7-
“All
that jazz”. Volví al
hotel, escuché unos discos que me había
comprado cuando me enteré de existencia del tocadiscos. Buenos y baratos. Jazz,
Tango, Rock sinfónico. Puse el primero de ellos y enseguida se me aparecieron
imágenes en la mente de esa infancia con mis padres, los discos de jazz de mi
padre, el odio y posterior amor a este género musical, la pasión de sus notas,
la delicadeza de sus acordes lejanos, sus pianos que retratan el ideal de
audición de la música; los contrabajos, las trompetas, saxos, trombones, y la
insipiente batería. Los climas que se crean a través de las notas, pasión y
quietud, nostalgia.
Los bailarines que se contornean en la
pista de baile. Al ritmo de la música, romance puro, el contacto corporal, que
la melodía avala sin prejuicios y la gente se lo permite sin cuestionar, el
baile es una convención social. Ese acordeón insolente del tango que se atrevió
a contar lo que nadie hasta ese momento. Ese saxo que prueba nuevos rumbos y lo
acompaña, la guitarra infaltable que cautiva a su ejecutor con su resonancia
eterna, que emociona, sí, con lágrimas,
como las que te arrancó tu canción preferida la primera vez que te sonó en el
oído. Se te eriza la piel por el estímulo de tu audición, se pierde control
sobre el propio cuerpo. Cerrás los ojos para concentrarte sólo en eso.
Pensás que tendrías que estar cumpliendo con alguna
obligación, pero con un permiso casi dionisíaco te entregas al
placer de escuchar.
Cuando digo escuchar recuerdo que debería haber empezado a escuchar,
a percibir antes; eso de disfrutar cada
momento sí que es realmente sabio. Cuando por fin me percaté de quién era, qué
hacía ahí, era el fin, como el final
inesperado de una gran película. Todo comenzó cuando sentí los alaridos de tía
Gertrudis: “¿Por qué? Era una chica tan joven. Ni siquiera tuvo hijos”.
Podía verlos a todos, pero ellos no me veían:
mi ex marido, razón del anillo; las tías, que nunca me soportaron, los
hermanos, con los que diferí en muchas
cosas pero también pasé con ellos buenos momentos; ese sobrino, pariente que
todos detestan y que sólo algunos miran con un brillo especial en los ojos
porque se atreve a decir y a hacer eso
sobre lo que los demás dudan; algunos amigos,
que no lloran si no que ríen recordando algunas anécdotas. Me hacían
sentir nostalgia de mi viejo estado, en el cual me podría haber destapado una
cerveza para beberla juntos. Pero ese era el fin temporal de mi existencia, tal
vez solamente fui un personaje más de esta vida. Me voy, no quiero estar cuando cierren la tapa del
féretro, desoyendo mis deseos de ser cremada. Aunque como siempre lo pensé para
el día que dejara esta existencia pasajera, si pudiera cambiar algo de lo que
viví sólo cambiaría una sola cosa: trataría de ser más sincera; no los hubiese
angustiado con mi triste final y les confesaría
que tal vez sólo sea el capricho
de un escritor trasnochado.
“Ilusiones
arrancadas”.
Era bastante escurridiza, aunque por
fin dieron con ella. La venían siguiendo, cuando se dio vuelta se escondieron
tras un auto estacionado. Desde allí la vieron entrar en ese barsucho de mala
muerte al que iba siempre. Alejandra era estafadora, su especialidad eran las
obras de arte.
Dicha ocupación, le había permitido
conocer muchos museos en el mundo. Tal vez fue su gran admiración por el arte
lo que la había acercado a este oficio. Sin embargo, tenía principios. Había
trabajos que no se podían realizar. Así cuando fue a París, al museo de Louvre,
le pidieron algo muy arriesgado: traer consigo hasta Medellín a la Gioconda;
esa fue la única vez que desistió de un trabajo.
Pero, la adrenalina fue más grande y
con su último compromiso sobrepasó los límites y los códigos de la “profesión”.
La tarde del 19 de mayo fue a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de
Buenos Aires. Había muchas pinturas grandiosas entre la colección permanente
del lugar, pero una llamó su atención especialmente: era de Frida Khalo, su
artista favorita.
Esa tarde, recorrió excitada el museo.
Se quedó anonadada contemplando aquella pintura. Luego de un rato sintió que le
tocaban el hombro; era un guardia de seguridad que le dijo:
‘’- Señorita, son las seis el museo ya
cierra sus puertas-‘’ y le indicó por donde era la salida. Había perdido la
noción del tiempo.
Ir a los Museos de Buenos Aires le
causaba gran entusiasmo, como nunca la habían atrapado en sus
anteriores “tareas”, podía andar libremente por esos paseos culturales. Al salir
compró un suvenir que rezaba: ‘’Malba.
Colección Constantini’’. Cuando salió de allí ya bajaba el sol, así que fue
rápido para su casa, debía planear cuidadosamente cada detalle.
Aquellos hombres seguían los pasos de
Alejandra hacía tres meses. Eran agentes secretos que trabajaban para la
policía. Según sus cálculos ese día sería su último golpe. Los dos sujetos
estacionaron su auto en la entrada lateral del museo, pues el robo se llevaría
a cabo el día siguiente a la noche.
A las 21:30 hs. del día siguiente,
todo era silencio. Hasta que se sintió el eco de sus pasos felinos. Allí estaba
ella, trepada al techo y violentando el conducto de ventilación. Se deslizó
como gusano hasta el salón de exposición permanente, al salir del conducto
saltó al suelo. Frente a ella, como una señal, estaba el cuadro de Frida. Una vez más lo contempló absorbida en sus
pensamientos.
Sintió una sensación casi orgásmica
cuando su navaja se hundía en el liencillo. Cuando ya casi había
finalizado, mientras una mano sudorosa le
cubrió la boca, una voz le susurró al oído: “¡Te atrapé gatito!”. De repente, se encendieron todas las luces.
Alejandra no entendía cuál había sido su error.
Como acostumbraban los “rudos”
oficiales, rápidamente la trasladaron hasta el cuartel central de policía,
entre insultos, manoseos y empujones.
Mientras tanto la pobre Frida permanecía
arrollada bajo el sobaco del agente; este no dejaba de mirarla pensativo:
-
¿Para
qué te arriesgas tanto piba?- preguntó intrigado.
-
Por
la manera en que llevas la pintura no lo entenderías- dijo indiferente.
La mirada de la joven bajó y se fijó
en el húmedo pavimento de la ciudad que ya despertaba. Era tal su pasión por el
arte, que jamás comprendería la gravedad de
lo que acababa de hacer. Finalmente, fue condenada a diez años de
prisión, por este y otros delitos que se le comprobaron; sin embargo, nada de esto le importaba.
Todavía tenía sus bocetos, sus telas, lápices y pinceles. Al menos había
sentido entre sus dedos la textura de las pinceladas de Frida, lo cual con seguridad jamás podría olvidar.
“Servus[2]”
El día que decidió escapar no podía
parar de mirar por encima de su hombro,
en su intrépida carrera que lo llevaría, si nadie se percataba de su ausencia,
hacia la libertad. Corría, corría,
escapaba de su dominus, recordaba sus patéticas actividades diarias: cargar a
ese zángano por todos lados, limpiar, cuidar la entrada de la casa y como es de esperarse, era objeto de todo
tipo de ultrajes por parte de su noxius dominus[3]. En su estrepitosa correría sintió que algo le corría tibiamente por el rostro, tras el chicotazo de una rama, se llevó la
mano a su sudoroso semblante y la sintió mojada, pero no podía dejar que eso lo
paralizara, era su oportunidad de ser libre.
A pesar de los calambres que ya invadían sus
cansadas piernas no se detenía, recordaba los azotes por las tareas incumplidas
y eso parecía como vitaminas para poder seguir en su cansino trote; árboles,
árboles que en la oscuridad parecían infinitos, o finitos y curvos,
interminables, eso era lo que más lo atormentaba, perderse en el bosque y nunca
más volverse a encontrar, su agotamiento le impedía mantenerse en pie. Entre
ensoñación y vigilia le pareció ver una luz, luz o destello de luna que entraba
con haces en la penumbra forestal.
Por un tiempo sintióse inquieto,
porque podían ser otros servus o bien algún conocido de ese pérfido señor suyo;
detuvo su huída para pensar qué hacer, después de una omisión perceptiva,
decidió casi sin pensarlo acercarse a merodear, que era lo que había adelante
en su destino. Cuando acercóse, sintió el aroma típico de las ramas de pino en
contacto con el fuego, también le llegaron unas cuantas risotadas etílicas que
lo perturbaron. Cuando casi podía tocar lo que encontró, comprobó con pavor que
él estaba sentado en esa tertulia riendo, riendo sin poder parar… Si él estaba
allí bebiendo y riendo en esa atmósfera caloriforme… ¿quién era el que lo
buscaba?…Con espasmódico terror comprobó que él ya no era él, sino que se había
metamorfoseado en su infame amo, que se aproximaba hacia Servus con sigilosa
calma empuñando su lustrosa daga de plata.
“Máscaras,
no se queden sin la suya”.
A los que gozan de la
literatura.
B… no era ni hombre, ni mujer, ni
blanco, ni negro. No era Dios, claro sus problemas eran de otra índole,
seguramente el Señor estaría más ocupado que él, eso es evidente porque hoy en
día la gente comete atrocidades en su nombre. B… no era una persona fácil, a
veces sentía que no comprendían exactamente sus palabras, los que intentan
buscarle un significado, único y acabado a todo lo que los rodea.
Por eso es que él era uno y todos, y
en todos los lugares posibles a la vez. Una vez decidió no contar más su
historia, esta Sociedad que condena lo distinto lo tomaba por loco. Además, no
comprendía como la gente no se aburría de ser todos los días la misma persona.
B… se había propuesto ser una persona disímil diariamente.
Para realizar esta ardua tarea es que
llevaba siempre con él su mochilla, su vieja y querida mochila donde guardaba
sus múltiples máscaras. Por todo esto, su interacción con la gente era
complicada, puesto que a la vez era y no era, era todos y no era nadie. Por eso
se cubría con un sobretodo negro hasta los tobillos.
Las máscaras a su vez, le servían (al
menos creía eso) para vislumbrar como actuaba la gente de su universo; eso le
hacía creer que controlaba sus vidas. B… era en esta oportunidad un viejo
terapeuta reconocido en su país de origen, digamos Grecia. Su estilo, criticado
por muchos y admirado por otros, era dedicarse a escuchar al paciente al menos
en la primera sesión, sin emitir expresión alguna (como él hubiese querido
hacerlo cuando recurrió a esas terapias).
En otra ocasión, se encontró como
orador frente a un grupo de estudiantes universitarios, dictando un Seminario
que se llamaba “Literatura y apariencias”. En el transcurso de la clase, se
encontró con un grupo de
pseudoescritores cuya única meta era obtener a la salida su certificado de
asistencia. Sin embargo, cuando el salón se vació, notó que un alumno lo
aguardaba. Al aproximarse le dijo “Nunca leí nada suyo, pero me atrapó el
título del seminario”. B… con una sonrisa socarrona le respondió “No creo que
seas el único de esta sala al que le sucede eso”, y agregó: “Al llevar adelante esta clase…esa
era un poco la idea, despertar la curiosidad, la avidez por el conocimiento”.
El joven lo miró un poco extrañado de
sus palabras, se nota que no era la respuesta que esperaba oír. Seguramente
hubiese preferido algo como:”Bueno gané el Premio Cervantes, fui nominado en
dos oportunidades al Premio Nobel de Literatura, pero una me lo ganó BorgesCervantes, fui nominado en
dos oportunidades al Premio Nobel de Literatura, pero una me lo ganó Borges y
la otra Cortázar”. Su actitud de subestimación distó mucho de conmoverlo.
Esos y muchos otros eran los
sinsabores que le producían ser muchos a la vez. No tenía familia ni
amigos, sus efímeras vidas se lo
impedían. Nadie lo conocía, ni siquiera era un recuerdo en la memoria de
alguien; eso lo frustraba un poco, pasaba su vida tratando de darle sentido a
la de los demás, cuando no le encontraba sentido a la suya… Pensaba, pensaba…
El final del día le producía escalofríos e incertidumbre ante el futuro un poco
incierto. Sus frecuentes incógnitas lo
hacían vacilar, como cuando se encontró al principio de esta, su historia, con
el cursor latiendo en la página en blanco. Cuando comenzó a escribir su propio cuento.
“Le
Pappier”.
Pappier venía rodando por la
calzada que rodea la zona portuaria. Pasó insolente frente a los autos
estacionados en el semáforo. Todos lo ignoraron: uno miraba el reloj como si
alguien lo corriera, otro estaba sumergido en sus pensamientos mientras que un
vendedor ofrecía caramelos faltos de sentido.
Continuó así por cuadras, incesantemente
empujado por el viento. Por momentos, pequeños torbellinos de ventisca lo
impulsaban por los aires pero volvía a caer,
para ser pisoteado por algún transeúnte. Con el correr de los días su
anatomía fue envejeciendo. Su color cambió levemente de blanco pálido a
amarillo mugriento.
Aquel recordado día había amanecido gris.
Pappier transitó una a una las calles aún en penumbras sintiendo la fresca
brisa en la cara. De pronto, vio un conglomerado de perros. Pero la visión se
quebró por los gritos de una anciana, quien corrió presurosa hacia adentro de
su casa. Pappier se olvidó de su condición y miró a la vieja dama, que sin
ningún reparo juntaba todo y lo metía en
una bolsa. Esa fue la última aventura de ese ser que por unos días se olvidó
que era un simple papel de diarios. Su
última anécdota fue el viaje que no llegó a completar al predio de disposición
final de la basura, porque murió asfixiado en la bolsa, que con furia cerró
aquella anciana.
“Perdidos
en el otro”.
Al silencio de la sala de
lectura de la biblioteca.
Puertas giratorias, guardias de
seguridad, bolso en un bolso más grande con candado, “es por los robos”, pago
la cuota, subo la escalera, miro hacia la calle, donde transeúntes van y vienen
sin mirarse, autos, colectivos; miro a la derecha, alguien que no lo necesitaba
subió por el ascensor, gente leyendo en los sillones, mesa ratona atestada de
libros, cuadernos con resúmenes y la fotocopiadora en el génesis de su creación
con sus tintas que todo lo multiplican.
Voy a la base de datos, resoplo porque no está
el libro, las teclas no funcionan, los
empleados dialogan para pasar el tiempo, porque nadie se acerca o casi nadie va a leer por placer, sólo lo hacen para obtener
datos acerca de… cualquier tema.
Me interno en la sala de lectura, sin
mirar a mi alrededor busco un lugar
vacante. A la izquierda, varios anaqueles con libros de arte, historia,
arquitectura, esperando ser descubiertos por algún lector.
Una vez en ese lugar, comienza la
etapa del cruce de miradas, buscando complicidad con alguien. En ese instante,
uno se muere de curiosidad por saber que leerá aquel joven del rincón, sentado
en esa mesa junto a los ancianos, que todos ignoran. Él, totalmente
compenetrado en su lectura, ni siquiera se percata de nuestra presencia;
uno/una se distrae de su lectura reiteradamente y el/ella ni nos ve, mira u
observa.
El joven en cuestión se ha ido del mundo, y su
imaginación está en la fase de mayor
trabajo se ha evadido del universo; toma notas en su cuaderno, totalmente
abstraído en sus pensamientos, nada más existe se ha olvidado de quién es y su
cerebro no está interesado en recordárselo, sólo importa su objetivo, para qué
está ahí en ese momento, buscando con la
excusa de algún trabajo con el cual se apasionó y que sus compañeros, menos
apasionados se lo pedirán después.
A veces cuesta concentrarse cuando la
mente ya sabe que tiene carta libre para volar, uno/una no la condiciona a
memorizar simplemente, porque eso sería demasiado fácil, la deja que vague por
la sala de lectura (silenciosa), para
después volver adentro de nuestra cabeza.
Me
acerqué a los estantes con libros de historia, como mi investigación estaba
orientada hacia…no sé bien hacia donde buscaba, y miraba sin ver. De pronto,
miré hacia el rincón y el joven ya no estaba, había desaparecido. Observé por
encima de mi hombro y lo vi salir a toda carrera de allí.
Inconscientemente, me horroricé porque cuando
iba a volver sobre mis libros me vi saliendo de la sala también, miré mis manos
y tenían libros que no recordaba haber sacado, fui como de costumbre a liberar
a mi bolso y la señora casi sin mirarme me lo entregó amablemente; antes de
salir tenía que ir hasta el baño.
Cuando
me dirigía hacia el baño de las damas, sentí la voz del guardia
que alterado me decía: “¡Nene! ¿Adónde vas? ¿Qué estás loco?”. Mi cara de
asombro debe haber sido enorme, porque me dijo que no me hiciera el tonto.
Decidí no contestar a la negativa del hombre, que seguramente pensaba que para
ser mujer había que usar pollera y blusa y me fui sin decir más.
Una vez en la calle, el ruido natural
de la gran ciudad, autos, motos todos sonando al unísono como si hubiesen
esperado a que yo saliera para ensordecerlo todo. Sin embargo, era un día perfecto, sólo un día perfecto de
lectura piadosa de libros olvidados y nada más.
En la avenida nadie se percataba del
paso del tiempo, podrían ser setenta u ochenta años que para ellos sería
exactamente igual. Ese vasto emporio de
saber que es la biblioteca me permitía volar, así me imaginaba que era otras
personas como si se tratase de personajes de un libro; de esos libros que
muchos olvidaban y tristes esperaban a ser leídos, como los que llevaba bajo el
brazo en ese momento o como los que se habría quedado leyendo esa chica que me
miraba intrigada en la sala de lectura.
II-
De charlas efímeras y otros menesteres.
Basadas en historias reales que fueron transformadas en ficción.
“Sociedad”.
No viven ese momento y ese lugar. Están en un lugar pero no lo están.
Primero tendrías que pensar en lo que implica usar un teléfono (celular): “Conjunto de aparatos
e hilos conductores con los cuales se transmite a distancia la palabra y toda
clase de sonidos por la acción de la electricidad”; y qué pasa con lo que sucede en ese momento y
en ese lugar que pareciera volverse menos importante, cuando llevás a tu hijo a
la rastra por la calle sin darle atención alguna por el apuro de llegar a quién
sabe donde.
Lo mismo las
triviales charlas impersonales por chat, no todas, sólo las triviales. Cuando la charla es
intensa, interesante, profunda o atrayente parece bueno, pero cuando no te
podés comunicar con los que están a tu alrededor resulta realmente preocupante,
cuando no podés cruzar dos palabras sin pelear, es que te estás olvidando de
las reglas de interacción personales que
necesitan del sonido de las palabras, de la presencia, de la vista, de los
perfumes y olores que despiden los cuerpos, de las partículas de saliva que
filtran por ahí, de la sonrisa cómplice y
de la sonora carcajada, cuando en el medio virtual te limitas a un
estéril: “jajaja”.
La virtualidad de
las charlas se vuelve efímera, a veces ayudan a contener un mal momento a la
distancia, pero otras veces te dan ganas de terminarlas instantáneamente.
Mientras el café se enfría en la taza, mientras la mayonesa del sándwich se
chorrea por la mesa de la computadora, seguís desperdiciando el tiempo en
charlas triviales que no conducen a ningún lado y que no tienen ningún fin
porque se convierten en charlas desordenadas o anárquicas, en las que ambas personas terminan hablando a
la vez, distan mucho de ser una charla
profunda, enriquecedora, estilo especulación socrática; en cambio, todo queda sumido en “grito colectivo” en el
que ambas personas apenas pudieron decirse cómo se sentían en ese momento.
“Viaje
en taxi”.
El viaje iba a ser uno más de la clínica como
ya lamentablemente estaba acostumbrada, la charla entre chofer y pasajero, comenzó con el estado del tiempo, pero luego se fue desviando hacia otros
caminos. Primero fueron especulando sin detenerse como dos expertos economistas
sobre que debería hacerse con el conflicto del campo, luego a que así no se puede
seguir con las cosas que aumentan todos los días, más tarde llegó la
inseguridad. Estaban en un punto de la
charla en que los caminos de las palabras pueden volverse algo oscuro. El
chofer comenzó a “rezar” casi con cautela para observar la reacción de la
señora “en la época de los militares estábamos mejor, podías andar
tranquilo en la calle que si no andabas en nada `raro´, no te pasaba nada, a
veces paraban el colectivo y les pedían el documento a todos pero bueno estaba
bien…”.
El hombre seguro de
estar en lo correcto continuó: “Ahora con la democracia cada uno hace lo que
quiere, te matan, te roban, y nadie hace
nada, no hay justicia. Encima los del gobierno se roban todo y me hablan de
democracia, que se dejen de joder estos que nos gobiernan. Pero los argentinos
somos como ovejas, nadie hace nada, cada cual a su corral”.
Luego el viaje
continuó unas cuadras en silencio. El conductor y la pasajera terminaron de
hablar. Habían sacado todas sus miserias
a relucir. No se habían guardado nada, hasta que llegando a la zona
céntrica se toparon, como es costumbre
cada jueves, con un grupo de ancianas que portan pañuelos blancos en sus
cabezas como símbolo de la búsqueda de sus hijos desaparecidos durante el
gobierno dictatorial.
El hombre con cara
de disgusto dijo con sonrisa socarrona: “Encima estas viejas vienen a reclamar
por los hijos que eran todos terroristas y ponían bombas en las escuelas”. La
mujer no le contestó nada, luego de quedarse pensando un momento agregó: “lo
que sucede es que usted no es madre, no sabe lo que se siente perder un hijo y
en esas circunstancias”. El hombre se quedó mirándola paralizado, no sabía qué
decir. El viaje continuó en silencio, la mujer le indicó que era en la otra cuadra.
Cuando el auto se detuvo la mujer sacó el monedero y le dijo al hombre:
“Esta conversación
no se preocupe que me quedará grabada y le comunicaré a las autoridades que ya
encontré al hombre que torturó a mi hijo hasta matarlo… ¿Ahora sos taxista hijo
de puta, y encima seguís pensando que lo que pasó en aquellos años estuvo
bien?, ya vas a tener noticias mías, pero esta vez va a ser la justicia la que
se encargue de decidir”.
La mujer bajó del
vehículo y cerró la puerta de un golpe. El taxista emprendió su huida a toda
marcha hasta perderse a la vuelta de la esquina, total no iba ser la primera
vez que escapaba como una rata.
“En un banco cualquiera”.
En la cola del banco
nos solemos topar con ese tipo de personajes que no paran de hablar de su vida
con quien se aparezca a su lado. La vieja confiada no dudaba en contarle al
joven de suéter blanco atado en los hombros, que iba a sacar plata para
mandarle a su nieto un giro, para que se compre el pasaje de vuelta de España,
adonde había ido con la promesa de una vida mejor y terminó trabajando por dos
pesos.
“Bla, bla, bla”, pensaba el joven mientras le esgrimía una sonrisa a la anciana que no
paraba de hablar ni un segundo. El
joven, en tanto, miraba impaciente la
fila que no avanzaba hacía ya varios minutos, sin querer resopló y la anciana
le dijo: “perdón querido te estoy aburriendo con mis historias…” y puso una
cara de tristeza infinita que logró conmover al joven que sintió un poco de
culpa y le respondió: “No, perdón abuela,
¿sabe lo que pasa?, es que estoy
apurado, y esta fila que no avanza la puta madre…”. El joven se sonrojó por sus
palabras, a lo que la vieja dama agregó una sonrisa de compromiso, y casi sin
planearlo una lágrima rodó por su mejilla.
El joven
desorientado no sabía qué hacer y le dijo: “abuela disculpe si dije algo que la
hizo poner mal”. La vieja respondió: “No te preocupes hijo, en realidad sólo
vengo a cobrar la jubilación no tengo a nadie a quien enviarle dinero, perdón
por la mentira”. A veces suele inventarse este tipo de historias cuando está
sola y se las termina creyendo.
De repente, entre la
multitud de clientes impacientes apareció una mujer que miraba con cara de
preocupada entre la gente, hasta que se
acercó hasta donde estaba la viejita y le dijo: “¡Abuela adónde te habías
metido, no me puedo descuidar un segundo con vos eh…! Disculpe señor si le dijo
algo indebido es que está un poco senil la pobre, se la pasa inventando
historias”.
El joven no lo podía
creer: había sido engañado por una anciana solitaria…pero qué tanto, después de todo había pasado el rato y el
siguiente número que llamaron era el de él. Entonces volvió a su vida y se
olvidó para siempre de aquel ridículo episodio.
“Conversaciones telefónicas”.
Suena el teléfono.
Del otro lado, se escucha a la
telefonista con su voz sobradamente amable: “Hola si ¿qué tal? Buenos
días, mi nombre es Andrea, lo llamamos
de su compañía de celulares. Como es muy buen cliente queríamos ofrecerle un
plan donde usted, que actualmente paga 0,95 centavos el minuto le ofrecemos uno
nuevo adonde usted paga solo 0.60 centavos el minuto, ¿le interesaría cambiar
de plan?”.
Ante el silencio
esperanzador de la telefonista que recibe una respuesta a modo de bofetada un
frío: “por ahora no me interesa”. La promotora telefónica ante la frialdad del
cliente insiste: “Pero hay mucha diferencia con respecto a lo que usted paga
actualmente el minuto, ¿de verdad no le interesa?”. Del otro lado, se vuelve a escuchar un: “No, no, no”. La
vendedora se da por vencida y se despide con los brazos vacíos. Pero cuelga el
tubo y se siente aliviada, mira el siguiente número en la lista y continúa su
ardua tarea de intentar modificar los destinos telefónicos de los clientes.
“Compras efímeras”.
Una de esas tardes
de recorrida sin sentido buscando una prenda para alguna ocasión en la que nos
vestimos de “persona”, nos encontramos con ellas, las vendedoras, persuasivas
por naturaleza si las hay. “Ese vestido es hermoso” o “te queda divino” o
“también lo podés combinar con…” la lista podría continuar por largo rato, pero
nos quedaremos con esos ejemplos que resultan bastante esclarecedores.
Dudamos si queremos
pertenecer al mundo de la moda actual y
por un momento caemos en la tentación de comprar aquella prenda que luego
quedará archivada en algún rincón del placard. Nos miramos en el espejo del
probador y pensamos en la reacción que
tendrán al vernos inesperadamente con esa prenda, “te queda hermosa” o “mirala
cuando se viste bien cómo cambia”. Dudamos en el probador por tratarse de un
estilo bastante diferente del clásico “fue lo primero que encontré y lo único
limpio”, pero incluso así decidimos llevarlo. Para sentirnos por un rato
cargadas de glamour barato. Para creer que pertenecemos al mundo de las
personas normales que visten a la moda, que usan autos 0 Km., que usan celulares
con mp3, 4, 5 y muchos accesorios más
para tener vidas menos miserables.
“En la cola del supermercado”.
La cosa iba lenta.
La fila no avanzaba aunque se trataba de la moderna caja Express: “menos de 10
productos”. Comenzamos a observar a nuestro alrededor casi de manera
desprevenida. Vemos que en el carro vecino desbordan las hamburguesas
congeladas, las salchichas de Viena, los yogures 0% grasas trans- plus- ultra,
y los productos cosméticos. Por un momento,
nos convertimos en adivinos del destino que tendrán esos productos.
Seguramente una familia, jóvenes ambos padres con 1 ó 2 hijos de entre 8 y 12 años. ¡Bingo!, vemos venir corriendo hacía el carro de mamá
que lee las instrucciones de la crema de limpieza nocturna, mientras los niños
depositan en el carro bolsones de comida como papas fritas, chizitos, etc. Mamá
los mira con ternura como diciendo que lindos son a esta edad, pero no piensa
todavía en los futuros infartos de sus hijos por comer esa basura envasada.
Lejos estaban esos
años en que se reventaba con sus amigas en los boliches y se levantaba con una resaca
terrible al otro día, con un dolor de cabeza insoportable. ¡Qué tiempos
aquellos!, se dice para sí. Y continúa leyendo las instrucciones del producto
cosmético.
“El asiento en el colectivo”.
La vieja subió con
cara de peleadora antes de sacar el boleto. Estaba desesperada por posar su vieja
y cansada osamenta sobre el incómodo asiento del transporte público. El viejito
enclenque en el primer asiento de la izquierda, en el de la derecha una mujer embarazada, perfecto. En el asiento siguiente un pibe de unos 16
años con el mp3 a todo volumen, con pelos renegridos y enmarañados por la
ausencia de la limpieza diaria.
Entonces, la vieja se paró con mala cara a su lado. El
correr de las cuadras hacía enfurecer más a la vieja dama, que comenzó a
apretarlo con su cartera. El mancebo salió un momento de su mundo privado y le
dijo: “Señora me está empujando”, la vieja con simulado cansancio le dijo que
lo que pasaba era que casi se había caído por el brusco movimiento del
colectivo. El adolescente miró al colectivero que iba muy lento casi a paso de
hombre, se volvió hacía la vieja y la
miró con cara de duda. Con expresión de fastidio se levantó del asiento, ya que no había sido un buen día en la
escuela. Cuando hizo esto miró a su alrededor con cara de asco. Había meditado mucho sobre este día, sobre cómo lo resolvería, sobre cómo sacaría
toda la mierda afuera. Halló en el bolsillo de su campera el calibre 38 corto de su padre y le vació el
cargador en la cabeza a esa vieja que había sido la gota que colmó el vaso.
“La generosidad de la autoridad”.
Acá viene la parte
en que la historia empieza a tambalearse como un adolescente embriagado en una
madrugada de invierno. Las autoridades suelen parecer generosas cuando se trata
de lo ajeno. Los controles de gendarmes, policía bonaerense y prefectura se
multiplicaban en las calles. La gente sentía una falsa sensación de seguridad
que los embriagaba por completo.
La situación era
clásica y conocida: detener autos al azar o que resultaran sospechosos,
pedirles documentos de identidad y papeles del vehículo para garantizar que
habían sido adquiridos por medios legales. El tema de la identidad era otra
cosa, esto se hacía con el fin de
verificar que esa persona no tuviera antecedentes penales o que no fuera
potencialmente sospechoso o peligroso para el resto de la sociedad.
Cada día durante
semanas se habían encargado de esquivar el control policial, no porque fueran
delincuentes sino porque no tenían simpatía por los organismos de control del
Estado, que actuaban por estímulo-respuesta, practica inútil hace ya tiempo, en
una sociedad en la que todos reclaman un cambio global pero en la que nadie
está dispuesto a dar el primer paso.
Esa tarde habían
decidido tomar un paseo pero ya no se querían seguir ocultando como
delincuentes sin serlo. Así que siguieron camino por la avenida principal. Como
era de esperarse el oficial con cara de “¡qué bien que hago mi trabajo!”, les
hizo señas para que se detuvieran.
El joven y su mujer
se miraron. Pusieron cara de disgusto y se detuvieron antes de llegar a la
esquina. El oficial, con el arma en la
cintura, se acercó hasta el auto y les
dijo:
“Buenas tardes, me
permite los papeles del auto, es sólo un control de rutina”. Los jóvenes se
miraron con cara de enojo hasta que la chica no se pudo contener más y le dijo:
“¿Ustedes están para cuidar a la gente?”, a lo que el oficial respondió:
“Claro señorita”. La
joven agregó: “¡Ah bien! Entonces qué era exactamente lo que hacían sus fuerzas
cuando hubo 30.000 desaparecidos; cuando casi en dos oportunidades se intentó
derrocar el gobierno democrático; cuando dos atentados por razones religiosas
asesinaron muchas personas; cuando despareció Jorge Julio López por el simple
hecho de contar la verdad de lo vivido; cuando el vecino de la esquina le pega
a su mujer por décima vez; cuando una piba porque no se la educa y no se le
enseña cómo prevenir un embarazo se practica un aborto clandestino y termina su
vida desangrada en una camilla; cuando se golpea y se hiere con balas de goma o
se mata a los manifestantes por reclamar
lo que es justo…”. Casi sin aire la joven se detuvo.
El tipo se había
quedado atónito, no sabía que decir, su juventud indicaba que muchas de las que
le había mencionado la chica, él las desconocía por completo, y se sintió mal,
comenzó a marearse y se tuvo que apoyar en el auto. Luego de unos minutos
pareció recuperarse automáticamente y de pronto recordó cuál era su trabajo y
enseguida supo qué era lo que tenía que hacer.
Miró a los jóvenes y les dijo con voz firme: “Me van a tener a acompañar”.
Los dos jóvenes se
miraron con sorpresa y con cara de disgusto le preguntaron cuál era la razón de la detención. El militar respondió
secamente: “¡Por qué por culpa de personas como ustedes que no se conforman con
nada, yo tengo que estar acá todo el día
parando gente!”.
El oficial se fue con una sonrisa maliciosa y
volvió con las esposas y les pidió que salieran del auto sin hacer movimientos
raros. Esposó a los jóvenes y los llevó a empujones hacia el patrullero que ya
había llegado en tiempo record hasta el lugar. Todos los que pasaban los
miraban como diciendo que eran culpables de algo grave, que por fin la policía
se encargaba de ellos como era debido, ahí estaba la seguridad tan reclamada.
Mientras los
llevaban en el vehículo policial, el
oficial pensaba que algo se le iba a ocurrir para que estos escarmentaran y se
dejaran de joder, total no iba a ser la primera vez que inculpara a alguien de
manera apócrifa.
“Sueño imposible”.
Esa tierra donde todo es posible es sin dudas el terreno de la
propia mente. Cuando de adolescente te jactabas de que nadie podía escuchar tus
pensamientos y de que la mente era el único terreno en donde uno puede ser
completamente libre. En esas calles desiertas de la media tarde, cuando algunos
miran telenovelas, otros prefieren perderse en los sueños; otros preferían caminar hasta la casa de esa amiga
especial que todos tenemos.
A pesar de intentar
no perderse en los pensamientos, no dejarse llevar por la contemplación, ni por
los sentimientos provocados por la música, que acompaña el camino.
Al cruzar la esquina
que tantas veces transitaba, vio casi
sin darse cuenta lo que tenía frente a sus ojos. El joven tenía aspecto desalineado
pero a la vez parecía preocuparse por su apariencia. Lucía una remera de alguna
banda de rock, un poco desteñida por el tiempo, que la cambió de un negro
azabache a un gris gastado. Su cabello peinado al pasar, como sin darle demasiada
importancia, su nariz aguileña le otorgaba un aspecto interesante a su
apariencia, que no me permitía quitarle la vista de encima.
Continué recorriendo
con la vista su delgada figura ceñida por unos pantalones de jean gastado, y unas zapatillas de lona. Me
intrigaba saber su nombre, sus gustos, su color preferido, sus sueños, sus
pensamientos. Ahí me meto de nuevo en mi propia cabeza, ya que este joven
pareció no registrarme. Estaba parado en la esquina, tal vez esperaba a
alguien, alguna novia o algún amigo.
Decidí fingir que
esperaba a alguien a unos metros de él como para conocerlo más, y saber finalmente a quién esperaba. Luego de unos minutos veo
asomarse a la distancia a otro joven más o menos de su misma edad que le
sonreía y le hacía gestos con la mano,
como saludándolo.
Resolví retomar mi camino hacia el lado adonde se
encontraban los dos jóvenes, apurando mi
marcha premedito un casual empujón hacia el joven que esperaba al principio.
Cuando pasaba a su lado solo logró
rozarlo levemente, pero esto bastó para que el joven me propinara una
mirada, que el sólo recordarla me eriza
la piel. Una de esas miradas que dicen más que un puñado de palabras bonitas.
“Charla de camaradería”.
Era la situación
típica en la que uno se sienta frente al menú e intenta decidir que va a ser de
su destino gastronómico y etílico. Empieza por recorrer primero rápidamente
para ver todas las opciones disponibles, luego realiza una mirada más
exhaustiva del asunto, y decide lo que realmente quiere comer y tomar en esta
ocasión. Se distrae largamente con la carta de vinos que en la realidad es
bastante variada pero que se termina decidiendo por el mismo de siempre. El
mismo vino que desde hace más de veinte años tomaba su marido.
Ella que a veces no
luce feliz, sólo se limita acatar las órdenes del hombre que es el padre de sus
tres hermosos hijos. Algo complicado
de explicar es el acostumbramiento a la otra persona, a sus gestos que repite
casi de memoria, a su aroma, a su aspecto, un poco cambiado por la acción de
los años, que comenzaron por marcarle las arrugas, encanecerle el cabello y
quitarle un poco la visión.
La esposa no era muy
diferente que hace veinte años atrás pero esto es natural en las mujeres que
quieren lucir jóvenes por siempre a base de tinturas, maquillajes y hasta
incluso cirugías plásticas. El cabello adornado por un tinte que lucía algo
artificial en su cabellera, de color rojizo, la hacía ver a la vez algo más
joven pero también la convertía en esa imagen patética frente al espejo cada
mañana cuando se empeña en cubrir la arrugas con maquillaje, de ese que promete
resultados milagrosos.
La juventud que
solía recordar era bastante borrosa en estos días. Los recuerdos de sus amigos
de entonces, aquellos que solo le decían lo que quería escuchar; que decían las
palabras justas en el momento justo, lo que era correcto para cada situación y
que brindaban la sensación de acompañarnos en lo que estaba sucediendo, pero en
realidad sólo era un interés fingido, simplemente para hacer lo que era
correcto.
Volviendo al menú,
la mujer creía que esta noche iba a ser especial pero se parecía bastante mucho
a las ya vividas, la desilusión se apoderaba de su alma, se sentía algo
afligida ya que esta vida distaba mucho del futuro que se había imaginado de
joven. Seguía recorriendo el menú pero ya sin siquiera prestarle atención,
mientras transitaba platos de pastas con la mirada perdida, tomó la decisión
que desde hace años venía meditando. Dijo “No soporto más esta situación,
quiero divorciarme”. Creo que no era la respuesta que esperaba recibir el
camarero ante la simple pregunta: “¿Ya decidieron que van a beber?”. Era una
respuesta que nadie se esperaba en realidad, que ni siquiera la mujer se había
imaginado pronunciar alguna vez.
“Entreacto con número vivo”.
A Erica Sayas.
Era una tarde de
verano, esas tardes en las que las baldosas de la zona céntrica de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires parecieran derretirse. Las dos amigas habían
llegado temprano a la sala de cine donde proyectaban esa película que habían
acordado ver hacía unas semanas. Se sentaron en la vereda del cine a la espera
de la hora del comienzo de la funcións de la zona céntrica de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires parecieran derretirse. Las dos amigas habían
llegado temprano a la sala de cine donde proyectaban esa película que habían
acordado ver hacía unas semanas. Se sentaron en la vereda del cine a la espera
de la hora del comienzo de la función. Estaban en silencio, la gente iba y
venía como todos los días, y de pronto en el medio de la multitud aparece un
señor entrado en kilos que increpa a un
joven que iba caminando del brazo con una mujer vestida de manera
provocativa y que lo doblaba en edad. El señor toma del brazo al joven y le
dice: “Después de todo lo que te di, ¿así me pagás?”, y luego agrega mirando a
la mujer de cabello oxigenado: “Y vos, hija de puta, ¿cómo me pudiste hacer
esto?”.
Toda la situación al
principio era confusa, se fue aclarando ante
nuestros ojos. El señor era el
padre del hombre más joven, la mujer era la “usurpada” novia del padre. La
mujer quedaba convertida en un botín de guerra para el hijo, que se dejó vencer
probablemente por la tentación que tenía frente a sus ojos, el deseo fue más
fuerte que la fidelidad que esa mujer le debía a su padre.
Luego de la breve
discusión el joven y la mujer se vuelven a perder en la multitud y el hombre
pega la vuelta desanimado. Cuando todo parece volver a la normalidad, miramos la hora y vemos que
ya estaba por empezar la película luego de este entreacto de la vida real.
“Serie de comentarios ácidos sobre ruedas”.
La mujer en la
primera situación me la encuentro de noche, pasada la medianoche en la parada
del colectivo. Hablaba con un quiosquero desvelado, que estaba a la espera de
algún noctámbulo cliente. La señora en cuestión hablaba en tono algo alto,
hablaba con los que pasaban a su lado que la miraban inexpresivos, sin entender
por qué esa desconocida les dirigía la palabra.
De repente, se
acercó hasta donde nos encontrábamos nosotras. Y nos preguntó algo con respecto
a las tarjetas de viaje que no llegamos a entender del todo. Nos miramos
pensativas y dedujimos, que la mujer tenía cierta desinhibición para hablar con
la gente, esa que permite la división
razón-locura que alguna vez habíamos leído en Foucault, aunque eso lo pensé
después, en ese momento no me puse a pensar en lo más mínimo en filosofía
ya que en mi mente todavía resonaban aquellas adorables melodías, que nos habían regalado los músicos de jazz
que con cierto placer acabábamos de
escuchar.
Mi amiga controlaba
cautelosamente su teléfono celular a la espera del llamado de su marido o para
estar al tanto del paradero de su pequeño hijo. Yo por mi parte uso la misma
técnica en cada salida, disfruto de ese
momento y de ese lugar, después habrá tiempo para los reclamos por los horarios
de llegada o por los niveles de alcohol en sangre.
Volvamos a la mujer,
se puso detrás de nosotras y hacía comentarios y nos miraba con cara de enojo
por la tardanza del colectivo. Luego de transcurrida media hora apareció a lo
lejos el tan esperado colectivo. Subimos, nos sentamos y la mujer se ubicó en
el primer asiento, pero antes le preguntó al chofer: “¿Me dejás en Juramento,
en el Puerto, papi?”, el conductor asintió con la cabeza y la miró con cara
inexpresiva. El viaje transcurrió con normalidad la mujer de a ratos miraba
hacia los lados, como ya lo había hecho antes. Luego se bajó en su destino y
uno con alivio creía que no se la iba a
cruzar más.
A los dos días en la
misma línea de colectivo pero en diferente horario (esta vez regresaba de la
casa de un amigo) me la vuelvo a encontrar, con la diferencia de que ahora
subió en diferente parada que la otra vez.
Abordó el colectivo
con cara de interrogación alienada, y le pidió a alguien que le prestara un
boleto de su tarjeta de viaje, la mujer a la que solicitó un boleto, accedió de inmediato al préstamo pero
tardó, para medirlo en términos de
medidas que uno adopta durante los viajes, unas cinco cuadras, ante la mirada
inquisidora de la protagonista de nuestra historia, que resoplaba y ponía cara
de incomodidad, ojos en blanco, levantaba las cejas y emanaba sonoros
resoplidos.
Luego comenzó la
típica ronda de rotación de asientos, que se alternó entre ancianas que volvían
de las compras navideñas y mujeres con niños pequeños. Pero ese día venía de
una larga jornada y no hice ni la más mínima señal por ceder mi asiento, aunque
siempre se siente cierta culpabilidad cuasi-católica, ante la mirada fisgona de
las personas que inquieren para crear discordia; para mostrar que son mejores personas que
uno, que van todos los domingos a la
iglesia, ayudan al prójimo comprando
estampitas o con una monedita de cinco centavos, adquiriendo chucherías de algún vendedor ambulante sólo por lástima
momentánea, para luego volver a sus casas, subirse a su auto cero km importado,
chequear mails en su laptop , y
revisar los mensajes de su celular
modelo 2009.
Volvamos a nuestra
heroína. Se quedó parada al lado de la mujer que le había prestado el boleto,
miraba a todos lados como buitre a la espera de comida, buscando un asiento
libre. A lo lejos divisó un asiento libre y se abalanzó sobre él como si se
tratara de su presa. Logró sentarse y largó un sonoro suspiro. Miró a su
compañera de asiento de ocasión y le hacía morisquetas a un bebé del primer
asiento. Ante la mirada despreciativa de la blonda mujer que estaba a su lado,
hacía comentarios a los demás pasajeros sobre la amargura de esa persona que no
se reía ante nada, en el fondo tal vez tenía razón y ella se animaba a poner en
palabras lo que muchos pasajeros pensaban y no se atrevían a decir.
Luego se hizo la seductora con un hombre que
la miraba con cara de sorpresa frente a sus actitudes y le dijo: “Como se nota
que no vas a comprar si mirás tanto” y soltó una sonora carcajada. El señor
logró sentarse detrás de la mujer que lo miraba con sonrisa socarrona y le
apoyaba la nuca en la mano, el hombre al sentirse incómodo se cambió de lugar o
se bajó no logré verlo. La mujer luego de unas cuadras se bajó y se perdió en
las portuarias calles. La crucé dos veces en tres días, será una señal o
necesitaba que alguien escribiera su historia.
“Mesa de bar”.
En esos momentos, lo
primero que las había inquietado fue el siniestro ventilador de techo que se
balanceaba sonoramente, las dos chicas se preguntaban si el aparato decidiría
caerse sobre sus cabezas en ese preciso
instante. El aparato daba vueltas sin
cesar en la calurosa noche de verano.
Las bebidas se
calentaban en los vasos. En las mesas,
se veían grupos de amigas, viejas coquetas y jóvenes enamorados. La
espera se hacía larga, era casi el momento de escuchar a los músicos. Ellos
comenzaban con la preparación del concierto, se miraban entre contentos y
excitados por el momento que iban a vivir. La noche se mostraba sin viento, era
calma y silenciosa salvo por el sonoro murmullo de las viejas que charlaban en
las mesas fumadoras de la vereda.
Los minutos corrían
pero seguían los preparativos. Al rato apareció un florista que presumía
minúsculos ramos en sus manos y los
ofrecía por las mesas. Hablaba de las
bondades de los ramos a cada potencial comprador, pero nadie aceptaba la
oferta. Cuando se acercó a la siguiente mesa y ante la presencia de las dos
chicas como ocupantes, se ahorró los
versos y siguió derecho hacia la mesa de al lado.
Entonces, las chicas decidieron llamarlo para comprarle
un ramo. El viejo se mostró sorprendido pero igual acudió al llamado. Cuando
estuvo al lado de la mesa, como para
continuar con la broma (total ya estaban metidas en el brete) decidieron darse un fogoso beso
ante la sorpresa de los concurrentes y del florista que con cara de asco y
resignación por fin se decide y les dice:
“Bueno chicas, ¿de
qué color prefieren las rosas?”. Todos
en el bar, incluso los músicos, se quedaron petrificados frente al
espectáculo vivido. La chica más joven le dijo con tono sugerente y sensual que
prefería las de color rojo. Hicieron la transacción y el viejo se fue pensando
que todos eran potenciales
comparadores, incluso los más
inesperados.
Luego las dos chicas
se miraron y estallaron en risas, le
habían dado una lección al florista. En aquel momento, se pusieron a pensar de nuevo en el siniestro
ventilador de techo mientras esperaban que toquen los músicos.
III.
Lágrimas literarias (de emoción, de tristeza, de alegría, etc.).
“La
contemplación de la sonrisa”.
Bajo los efectos del golpe de calor.
Algunas cosas pueden parecer banales, triviales. Pero quisiera perderme en la sonrisa, la
sonrisa del que disfruta, del que goza de lo que hace. Esa sonrisa que
despliega su luz e ilumina el cuarto entero de una vez, lugar en el que el tiempo pareciera detenerse la mirada la complementa, esa mirada profunda
que observa, que intenta descifrar lo que tiene frente a sus ojos la mirada de amor al contemplar algo embelesado, sorprendido como si se lo
viera por primera vez. La sonrisa de complicidad, la del que entiende en el
momento exacto lo que querés decir y lo que sentís ante el impulso recibido.
La risa es el reflejo de la alegría que sentimos ante
ese estímulo de palabras, ante esa imagen es lo que todavía nos hace sentir
vivos. La sonrisa no puede envasarse, ni
captarse, ni contraerse, ni
conservarse, ni expandirse, sale cuando menos
lo esperamos a veces aparece inoportuna e incontenible; pero en tus labios es casi perfecta,
sublime, no permite lugar para otra emoción.
La alteración de la percepción permite que
veamos otras cosas, que escuchemos otras cosas, que imaginemos otras cosas, como situaciones propias de la fantasía que
nunca nos animaríamos a concretar, por moral, por pudor, por dolor propio o ajeno, pero si
tenemos presente que todo lo que es propio del deseo nos causa dolor por ese
afán de posesión, nos libraríamos de muchas cosas dejando el deseo y
convirtiendo nuestras realidades en algo hermoso.
El tiempo como duración de las cosas,
como lapso para medir los acontecimientos es bastante corto, creemos que
necesitaríamos más, pero ¿para qué? Con el fin de seguir acumulando seguramente
algunas otras cuestiones vanas de esta existencia transitoria. Pero igual he
decidido guardarme tu risa y tu sonrisa para mí y de manera muy egoísta
no compartirla con nadie, salvo
con aquellos que quieran sorprenderse o embelesarse frente a su belleza.
Esa mirada de tan lenta, de tan dulce, de tan tierna que despierta y
alerta a los sentidos, que borra toda posibilidad de palabras. Perderse en la mirada
del otro por un instante fundirse en un
sincero abrazo que sale como un reflejo del corazón es casi sublime.
“El
sabor del metal”.
Sobre Bin Jip de Kim Ki Duk.
La preparación para ese “gran momento”
de la existencia o de la inexistencia; el aseo del cadáver, la preparación para
la presentación ante las personas que concurrirán al gran evento. Debe verse como una persona viva, pensará el
encargado de tan macabra tarea. Hay que darle vida a algo que naturalmente ya
no la tiene.
Envolver el cuerpo en telas que
preserven la esencia de ese envase, con lazos cuidadosamente anudados. Luego
todo continúa naturalmente, los muertos ya están muertos, diría la mente fría
que nunca falta.
La omisión de palabras provoca la condena. Visión limitada de las cosas,
censura a través del pensamiento, de la suposición. La violencia ejercida en la
ausencia de palabras. Las miradas que se cruzan, de tan tristes que no hace
falta hablar. La mirada de desprecio, de indignación ante la sospecha
presentada pero no asumida. El maltrato es el resultado de la violencia
padecida, soportada, acumulada.
Presa de la violencia. La sonrisa
desata la ira. La mente es todo lo que queda para fabricar falsas ilusiones. La
pérdida de la libertad en 180º. El movimiento
silencioso te hace desaparecer. Sigiloso a la luz, invisible a la luz.
Creabas la ilusión de no estar. Trepabas hasta el cielo del cuarto. “¿Quieres
desaparecer del mundo?”. Tal vez sea la única forma de escapar. La sonrisa
parece ser una muestra del destello de
libertad recuperado con la creatividad del ángulo de la mirada.
La prueba permite determinarlo, la
imposibilidad de abarcarlo todo con la mirada, la impotencia de no poder
abarcarlo todo, muestra ese límite imposible de cruzar. La suavidad de los movimientos permite
desaparecer.
La presencia de lo inesperado. La
belleza dormida. Lo imperturbable del sueño. “Déjala dormir”. El sueño
confortable prepara para el duro despertar de la realidad. Se ocultó lo
elemental, lo premeditado, lo limitado, no permite ver más allá de 180 grados.
Imita sus movimientos y se oculta. Puede escucharlo respirar pero
no puede verlo, es como estar ciego.
Luces y sombras determinan la verdad, ya nada permanece oculto, la
verdad aparece frente a nuestros ojos. Escapar a la mirada como una presencia
fantasmagórica que se esfuma frente a nuestros ojos.
El dolor del impacto de la pequeña
esfera. Jugar con los sentimientos al extremo de desgastarlos. Invisibilidad
absoluta. Esto lo percibimos sólo a través
de nuestro limitado ojo, faltaría escuchar, oler, saborear. El sabor metálico
de la sustancia que corre por las venas.
Habitar los lugares habitados por
otros sin ser percibido, estar presentes
en los pensamientos de otro, nos otorga una notoria presencia. Irrumpir en su
caudal de ideas, trae o retrotrae la presencia misma de ese otro ser.
La pérdida de la libertad se acumula
atrás de la puerta. Vivimos en una realidad fragmentada, dividida en instantes
alternados entre la soledad, el silencio, el sonido y la compañía mutua de las
soledades, cuando las palabras sobran.
La recuperación de aquello que hace
sublime nuestra vida, aquella razón que detona la sonrisa, nos hace sentir
parte de un todo. Nos devuelve la alegría y provoca dos palabras: “Te
amo”, pero dichas a la persona
incorrecta y dirigidas a esa otra persona que llena el corazón, la vida entera.
Las únicas palabras entre esos dos
seres, el beso que funde los labios. La felicidad provoca la sonrisa. Las
miradas la confirman. El deseo incontenible de reír. Las puertas guardan lo que
creemos que no es propio, pero que es sólo la ilusión de creernos poseedores de
algo.
La medida de peso en la balanza o el
vaivén de la vida. La ilusión que es la vida, creada por nuestra mirada de las
cosas que nos rodean.
“El
tiempo”.
1.
Música llega desde lejos.
A Santiago Leuci y a todos aquellos
que sienten amor por la música.
Sale de mi mente todo ese fulgor que
transmite esa melodía, melodía de ayer que sus manos crearon extraída de su
mente o porque no de algún desvelo
nocturno, en jardines alejados de la alienación, el sonido de la noche
inspirando las armonías que corren por las venas y la piel. El sonido
acaricia los oídos, el sonido que provoca la emoción, el llanto, el nudo
en la garganta, cuestiones inentendibles. Producto del pensamiento sensato de quien admira al
ejecutante de la composición, de la pasión de escuchar al sentir los diferentes matices, el dolor,
el amor, la desesperación por tratar de transmitir sentimientos a través de
otra cosa que no sean las palabras.
Cuestiones idiotas para quien
frígidamente, artificialmente o artificiosamente descarta pensar o apreciar eso
que otro trasmitió desde su interior, desde su mente, desde su creatividad
materializada en música. “¿Qué espera frente al despertar?”.
Más de lo mismo tal vez, o algo nuevo,
sorprenderse con cada momento, que es lo único real, lo que ya vivimos, pasó, no sigamos hablándolo, pensándolo,
apreciemos el instante que está frente a
nosotros ahora, cuando se siente esa sensación de querer que esa conversación
dure más tiempo, que se prolongué ese momento que nos reconforta el alma,
cuando sentimos dolor, dolor no físico, sino dolor por las palabras infringidas
por otros, la duda y el temor se apoderan de nuestras mentes, pero llega esa
palabra amiga, que trae calor no se sabe bien en dónde, en el alma tal vez, en
el corazón, apenas un músculo más que prolonga la existencia y hace que todo
funcione “bien”, al menos en apariencia físicamente. ¿Adónde sentimos ese
dolor? Es sólo un reflejo mental enviado a alguna parte del cuerpo que
llaman alma o corazón, lo mismo da.
2. Pasado,
presente y futuro.
A
la familia.
El tiempo es bastante corto, son
muchos los buenos momentos, los que querríamos llevarnos si es que nos vamos a algún lugar: cielo,
infierno, paraíso terrenal, limbo, universo, naturaleza, origen, varias
posibilidades inciertas. Las pérdidas
generan dolor por el egoísmo de atesorar momentos, personas, situaciones, pero
si tomáramos lo bueno de cada cosa en los velorios, extrañamente, nos
moriríamos de la risa. Sin embargo, algunos eligen el llanto, el dolor, el
lamento por la pérdida ocurrida, buscan el consuelo de los familiares de turno,
los que están cuando lo malo acontece, pero como la vida es corta no deberían
esperar a los malos momentos para recordar los buenos instantes.
Aquel
árbol de la casa natal que tanta calma
traía en verano, el perfume de la abuela, la suavidad del pasto del jardín en
el calor de la tarde, el helado del heladero barrial ansioso de venderle sus
derretidas cremas a los niños, que
recostados en el pasto de la vereda lo esperaban, las vueltas en bicicleta, las
caminatas hasta la sucursal incondicional de aquellos amigos que caminaban a mi
lado, tratando de no alterar el tiempo y de vivir sólo ese momento. Los
recuerdos empañan el presente, nos
hacen anhelar el pasado, pero lo que está, paradójicamente, es el hoy y después no lo sabemos.
“Recuerdos
musicales”.
A
Ricardo Martínez por el conocimiento musical compartido.
Notas del ayer en el hoy se presentan.
Recuerdan ese ayer infantil, de patio
veraniego, de ventanas abiertas, de alegrías contagiadas al pasar a merced de
una despedida que causa adrenalina y nostalgia por su ausencia posterior.
Revisitamos esos espacios mentalmente, se produce el
retorno de esas voces del ayer. Esas
palabras de aprecio por la música, que ayudó a construir su significado de hoy.
Ese sentimiento por la música fue el
cimiento del presente. El inicio de ese fulgor musical, de ese gran amor que
después nos llevó por diversos caminos.
La memoria muestra sus juegos y
rincones; todo aquello que se cree perdido se vuelve a presentar en primera
fila y como la música provoca cierta emoción, los ojos se nublan con
incipientes lágrimas y la voz se dobla
al contar su historia. Las voces trajeron el recuerdo hasta hoy y ambos
tiempos, pasado y presente, se conectaron misteriosamente en un punto del
tiempo y del espacio. Sin premeditarlo, sólo provocado por el estímulo musical.
Impulso que trajo el recuerdo como si se tratara de algo que se vivió hoy.
Jugadas de la mente que sin previo
aviso te recuerda aquello que creías olvidado.
“El
origen de todo”.
Es uno de esos momentos en los cuales
uno cree que ya no podrá repetir la sensación de la primera vez que hizo eso.
La segunda, la tercera y las siguientes a veces causan cierta desilusión, pero
para tu sorpresa esa sensación, tierna, de amor en estado puro, ese que te emociona
y no parás de llorar por la euforia que
te causa, se vuelve a repetir. Eso que
estás viviendo, eso para lo que
pretendes estar preparado no se compara
con nada de lo que te dijeron.
Lo que inventen hoy los unirá por siempre con
la otra persona no importa lo que pase, es el producto materializado de ese
gran amor que se tienen, que los
emociona de solo pensarlo. Todo lo que te enseñan se hace pequeño en ese
momento.
La sensación de unirse para siempre es
muy grande, el solo hecho de pensar que
esa nueva existencia será parte de cada una de las existencias que forma parte de tu historia y
de todos los que vendrán después, te presenta la infinitud de la vida. Ese infinito y esa magnitud son
imposibles de abarcar con simples palabras.
Ese amor inmenso que sólo te permite
entregar un abrazo o besar al otro en
lugar de hablar, cuando opinas que nada
puede ser diferente llega algo que lo cambia todo y es lo más especial que sentiste, la misma sensación de cuando lo viste por
primera vez, cuando te besó, cuando te acarició, cuando se unieron por primera
vez, ese lazo invisible que los conecta se hace más fuerte. El tiempo en el que escribo estas palabras es
lo único real, lo que existe con certeza,
ese instante que intento captar ya pasó.
Sin pensar en nada más, cuando todo el mundo
parezca desaparecer, las dos personas en
la habitación se sienten solas en el universo, se dan cuenta de que han realizado la tarea más importante de sus
vidas: han llegado hasta el origen de todo.
“Vacío total, lleno de localidades”.
A TODOS los que estuvieron, en especial a quien inspiró
estas palabras desde el último banco del salón: Santiago Leuci.
Vuelve esa
sensación que abruma, que cansa, que hastía,
el vacío, la soledad por todo aquello que se
cree de una forma
y en realidad es de otra.
Lo establecido nada tiene de serlo,
el dolor es
por siempre, es permanente aunque las
heridas se cierren.
Nunca pensé
que se pudiera sentir por un lado
felicidad y a la vez infelicidad,
dolor cuando el llanto te domina y no podés
controlar su caudal.
Llorás en cualquier momento
y lugar todo
te recuerda aquel suceso que ocurrió y
en lugar de colaborar para que la herida
comience a cerrar
lo recordás
continuamente.
Me siento una
cleptómana de tiempo,
no porque te
lo hago perder,
si no porque
yo lo pierdo
en
conversaciones sin sentido
casi
triviales.
Podría
dejarle mi lugar a otro
que tenga más
interés por vivir esto.
Las cosas
desagradables deberíamos
dejárselas a
otros, eso sentimos al menos,
pero es un
poco egoísta.
De lo malo
también se sale fortalecido
y se aprende
algo nuevo,
que te marca
y te enseña que lo importante
no es lo que
vos creías que era importante.
Todo se
vuelve diferente.
Dejamos de
ser inocentes y dejamos de creernos invencibles.
Todo pasa
rápido, el dolor también.
El amor
también, el tiempo, raro dispositivo que no se detiene
a ver cómo
estás, no te pregunta si necesitás algo.
El dolor que
no sentía hace tiempo,
al menos con
respecto a mi propia vida
vuelve a
aparecer, se vuelve intenso, en mi propia persona
y en la de
otros a mi lado.
Es la manía
de contagiar de pena
a todo el que
se cruza a tu paso, aunque lo hagas inconscientemente.
Lo oscuro
viene en primer plano,
lo que
ocultamos hasta de nosotros mismos
aparece en
primer plano;
como en una
de esas películas que uno admira
en este
pasaje de ida, que nos dan al nacer,
que sólo te
permite disfrutar por momentos,
aislados unos de otros,
inconexos por
lapsos.
Pequeños
destellos de felicidad,
como ese amor
que te intentan transmitir las palabras
para hacerte
sentir mejor, pero que se abstiene por
momentos
y te provoca
que te sientas peor.
Sólo en los
pequeños gestos
que no están
en las palabras
sino en las
acciones, hallo algo de paz.
Los
especialistas dirían que hay que hablar del tema,
pero yo
prefiero escribir.
Es menos
martirio para el que lee,
porque bien podría tratarse de una historia
inventada por algún desvelado escritor,
una historia que ya fue contada muchas veces,
pero en la piel de distintos personajes,
con distintas
reacciones,
unas por
elección
y otras por
azar.
Creemos que
manejamos, que digitamos
nuestros
destinos y nos damos cuenta de que de nada sirve tanto
avance en
materia científica cuando se interpone el azar.
No hablo de
castigo divino,
viene más por
el lado de que la ciencia no puede evitar lo inevitable.
Lo que es propio
de las elecciones que hacemos día a día.
Esto que
escribo es consecuencia de todo lo que sucede a mí alrededor.
No es por
azar que escribo esto,
bien podría
hablar de otras cosas,
pero prefiero
hacer estas pequeñas reflexiones al pasar…
Esta es la primera
poesía en la que el yo lírico se deja escapar
y dice la
“verdad”. Si es que eso es posible.
“Desarrollo del
instinto”.
No puede dejar de pensar en la
posibilidad bastante incierta de crear vida. Se siente como el doctor
Frankenstein frente a su creación, pero resulta aún más desconcertante. No entiende la necesidad de seguir prolongando,
extendiendo la existencia humana, pero si la humanidad no se va a extinguir
porque ella no tuviera un hijo. Había quienes tenían por cuatro. La idea daba
vueltas en su cabeza algo confundida. Había masticado la decisión, ¿estaba
realmente lista para eso?, se lo preguntó y se lo sigue preguntando. La idea
poco sana de circundar la existencia, de atarla, de ligarla a una nueva
presencia con un sistema totalmente dependiente
hace pensar en el origen, en el
punto cero de la vida que remite hasta el origen de la propia realidad. Eso es, no entendía la necesidad de completarse
teniendo un pedazo de sí en el afuera. Las propias frustraciones llevarán a
otros a tener hijos para sentirse enteros, para completarse, para salvar a
través de sus hijos los propios infortunios, lo que no pudieron lograr con
ellos mismos. Será por aburrimiento, porque su único fin en la vida ha sido
nacer, crecer, reproducirse y morir finalmente.
No logra entender la necesidad, la
justificación de tal cosa, es que si por un minuto te arrepentís de lo que está
frente a tus ojos, nada valió la pena, para que lo culpes o lo cargues con la presión de no poder cumplir tal o cual
cosa por su presencia. “La duda es no”,
dijo alguien por ahí. Y tiene algo de
razón o tal vez toda, si existe esa milésima fracción de duda no deberías
hacerlo.
La historia cambia y se va por lugares
insospechados, intrincados que no quiere recorrer, que no sabe ni quiere saber cómo se
recorren, no quiere ceñir su propia vida
a esa otra en camino que si bien su presencia, dirán los más avezados, será
para colmar la vida, será preferible dejar para el campo de la imaginación esta
certera posibilidad, no quiere saber que tiene la obligación
de preocuparse por alguien, no quiere desvelarse hasta la obsesión pensando
en el bienestar de ese ser , no quiere perder el control de su propio cuerpo.
No quiere convertirse en el recipiente y receptor del ser por venir, que a
pesar de todos los recaudos causa
incertidumbre, el no saber cómo
concluye esa historia el no poder tener
el control total de situación es lo que genera duda.
¿La
humanidad se extinguirá realmente algún día? Casi sonaba a pregunta de Testigo de Jehová, pero ella
seguramente no sería la culpable de ese proceso que el hombre por años se ha
encargado de llevar adelante, bombas, misiles y fusiles mediante. Saco gestacional de 14 mm. , que su cuerpo se había encargado de
rechazar, que mediante una intervención había que extraer para evitar la
propagación de la infección por todo el cuerpo.
Anestesia
que comienza a hacer efecto. En la sala de espera del quirófano la luz se
vuelve más tenue, las dudas se alejan. Estamos
haciendo lo que creemos que es mejor. El intervalo entre la habitación y la
sala de operaciones entre palabras amables de quien porta transitoriamente la
camilla, que se despide hasta la vuelta,
el blanco techo que pasa rápidamente y que impotentes y desnudos
contemplamos acostados, miopes e
indefensos; besos de familiares que se
compadecen de nuestra situación y que los más generosos desearían que no
estuviéramos pasando. Luego del onirismo de quirófano se vuelve con la mente
despejada, cambiada y atontada aunque con un intenso dolor físico, dolor que
del físico repercute en el alma y en el corazón porque nos recuerda lo
sucedido. Nos doblegamos y a la distancia nos damos cuenta de que fue
conveniente que todo se diera así.
Lo mismo da uno que otro, que las cosas siguieran su curso, que todo siguiera como estaba, que se
prolongue esta existencia transitoria,
que nunca se olvide de estas palabras.
IV- Historias intercambiables.
“Hermana
fugaz”.
A
Mónica Puyol.
Lágrimas
que no salieron en el momento de ser narrada esta historia, hoy convertidas en
lágrimas literarias.
Tu corta existencia dejó una marca en
los que ya estaban y en los que aún iban a
venir. Tu esencia estaba
fragmentada, eras diferente de todas las
demás presencias. Eras distinta, algunos lo entendían, otros lo desdeñaban,
algunos lo aceptaban por el hecho
de haberte dado la vida.
Otros te desestimaron desde su poco
entendimiento o desde su limitada ignorancia. Los que no te conocieron y lo
hubieran querido te rinden homenaje recordándote, como sangre de la sangre,
como una existencia fugaz de la filiación encarnada en tus venas. Como el dolor
por haberte perdido después de tanto pelear
para vivir entre tanta
hostilidad.
El ser que se iba en conjunción con el
nuevo que llegaba, la naciente y la vieja existencia, lo efímero de la vida,
lo bueno y lo malo se presentaron a la
vez, con la poca certeza de que tal vez se pudiera repetir la misma historia,
pero con la esperanza que trae aparejada lo nuevo. El profundo sufrimiento ya
carga una nueva vida en sus entrañas, la guarda con cuidado en su cansado
vientre. Ese nuevo espíritu en tránsito a esta tierra, trae fortaleza al cuerpo maltrecho por el
dolor.
La dulzura
de sus palabras al contar tu historia sería el orgullo de cualquier hermano, la
falta de entendimiento de lo que es la vida, sobre qué les
pasa a las personas que la habitan y de por qué razón es que les pasa.
Su mirada muestra cierta nostalgia, esa que no logra poner en palabras que no
sean parte de sus frases sueltas, dichas como entre pensamientos, como pidiendo
una explicación sobre lo sucedido y sobre lo que le depara a cada ser esta
vida.
Tu locura,
tu hermosa locura, tu visión diferencial de las cosas que quisiera contagiarme
y guardarla para siempre en un suspiro,
que me permita guardar esta y otras historias que eligieron ser
contadas, como si una señal se
apoderara de nosotros en ese momento preciso de la narración y nos procurara
que esa persona a la que le contamos esto será el sujeto correcto para entenderla, para escucharla, para
sentirla a través de sus ojos, a través
de sus palabras, para retransmitir lo
que pudieron sentir esas personas del
pasado, que también son hoy su presente y que son el origen de su importante y
temporaria existencia en la que cada uno
juega su rol como en cualquier
historia.
“Restos
mortales”.
“Te presento a mi vieja: está en
este frasco”.
El día había sido el esperado durante
cinco años. Cuando llegó el momento de
decidir qué hacer con los restos de su madre, tomaron la decisión de
realizar la cremación. Esa mañana estaba fría, las luces comenzaban a asomar
tímidamente por entre los árboles que rodeaban al cementerio. Cuando entraron
no había “ningún alma alrededor”, ese
era el primer chiste que se le había ocurrido a esa hora de la mañana y que le
provocó una leve risa que sus hermanos no lograron entender.
A lo lejos vieron llegar a un hombre
de baja estatura que venía con un balde en una mano, en la otra traía una pala, se trataba del sepulturero. Cuando estuvo a su lado, saludó con seco
“buen día” a los tres hermanos que estaban a la espera de la entrega de los
restos de su madre. El hombre, robusto
pero pequeño, comenzó a cavar para sacar
el féretro. Cuando avanzaban los minutos, pequeñas lágrimas se deslizaron por
el rostro de la chica, que seguramente
pensaba en los recuerdos de su madre; mientras tanto, los dos varones miraban pensativos al
sepulturero hasta que uno de los dos le preguntó al otro: “¿Este hombre no es
el que arreglaba el bombeador en casa?”.
Mientras tanto el hombre ya había
comenzado a sacar con fingido cuidado
los restos mortales y los colocaba en el
balde que había traído para esa tarea; en ese momento, uno de los hermanos le
peguntó: “¿Disculpe, usted arregla bombeadores?”. El sepulturero sin vacilar
les respondió: “Sí” y agregó mirándolos: “¡Ah! Yo le veía cara conocida a la
nena, la veía igual a tu mamá” dijo
mientras sostenía un hueso en sus manos;
el hombre continuó intrigado: “Che, ¿cómo anda tu mamá?”. El más joven de los
hermanos secamente respondió: “La tenés en tus manos, la que venimos a cremar
es mi vieja”, con un gesto casi fuera de
lugar en este sitio de descanso, estallaron en carcajadas.
Luego llegó el momento de incinerar lo
que quedaba para recoger fetichistamente las cenizas, como una forma de conservar algo tangible de esa persona. Uno
de los hermanos le preguntó al
sepulturero si podía presenciar la cremación,
a lo que el hombre quedó en confirmarle si esto era posible. En la sala de espera, había varias personas con urnas funerarias
para conservar los restos, pero los tres hermanos al no ponerse de acuerdo
sobre qué tipo de recipiente comprar,
decidieron llevar un tarro con forma de cilindro que en su tiempo había
servido como contenedor de galletitas.
A los pocos minutos el hombre volvió
indicándole que podía pasar por una puerta, al momento le dijo que pasara, en
la habitación había un horno crematorio
y había varios baldes dispuestos para separar los restos de cada persona
y un hombre sacaba los vestigios del horno, los restos incinerados eran
raspados del fondo del horno y eran cuidadosamente
colocados en diferentes frascos que luego tendrían como destino final las
distintas urnas familiares, al momento que preguntaba a sus compañeros de
trabajo cómo había salido el partido de San Lorenzo.
Escena insólita, como ese momento
final, que uno no espera que llegue hasta dentro de mucho tiempo, pero que un
día llega luego de la larga agonía, de la larga espera. Cuando le entregaron
los restos en el frasco de galletitas traído para la ocasión, los hermanos se
sintieron contrariados, ¿dónde pondrían
a su madre? La decisión fue la más
acertada para un frasco de galletas: la alacena, en la cual uno podía encontrar
frascos de: harina, azúcar, yerba, fideos y a mamá. Causaba gracia y a la vez,
era una forma de recordarla de una manera graciosa, forma en la que sus hijos
se relacionaban con ella. Allí estaba mamá en el estante del aparador como un
elemento más en el inventario de esta existencia.
Luego uno de los hermanos decidió
guardarse un poco de su madre en un frasco que antes contenía mermelada, a
veces sacaba ese frasco del placard con afán de recordar algo tangible de la
existencia maternal, que le causaba cierta nostalgia, que le había producido
mucho dolor, pero que ahora recordaba con una hermosa sonrisa en el rostro,
mientras una vez más decidía contar azarosamente su historia a la persona que
tenía enfrente.
“La
máquina de hacer sueños”.
Dedicados los dos
anteriores y el presente texto a Javier Puyol.
En realidad eran de esas personas que
actuaban según lo que era correcto, jamás se hubieran atrevido a hacer algo
para “engañar” a nadie. Como no podían hermanarse de otra manera, planeaban esa
estafa maestra sin tiros ni víctimas, pero que si todo salía bien, les dejaría
una tajada buena para cada uno.
Eran de esas mentes que se la pasan
revisando minuciosamente los hechos, observando y tratando de entender cada
detalle analizando la realidad circundante. Esa tarde se habían puesto a pensar
en algo: por qué comer mierda si se puede comer comida. Respuesta: la mierda es
más barata y más fácil de fabricar. Allí radica el origen de la dominación
masiva de la humanidad por parte de algún sistema pergeñado perversamente. Para
qué pensar tanto si alguien ya lo hizo por mí. Para qué analizar y pensar
tanto. Para no ser uno más en la masa amorfa de la ignorancia.
La estafa resultaba sencilla y absurda
a la vez. La meta era crear un dispositivo que brindara algún tipo de diversión
y que fuera de distribución masiva como un MP3. Este dispositivo llamado
tentativamente MT4 le garantizaba a su potencial usuario una realidad “virtual”-por
supuesto, la realidad auténtica es bastante más cruel- que le mostrara lo que quisiera encontrar en
su futuro. Es decir, concretaba aquellos sueños truncos a corto plazo.
Una
mina de oro. ¿Pero cómo crear semejante cosa sin caer en la precariedad?
Armaron bocetos y prototipos pero nada
funcionaba, después de todo no eran científicos ni inventores. Pensaron en otra
posibilidad: la música. Había varios inconvenientes, por ejemplo, cómo retener
a la persona, cómo persuadirla para que escuche y estimule su mente para que
comience el proceso.
Complicado pero no imposible. Se
necesitarían ciertos requisitos para participar de este experimento:
1º- A la persona en cuestión le tiene
que gustar fervientemente la música.
2º- Debe estar dispuesta a escuchar.
3º- Juzgar sólo por medio de los
sentidos, no buscarle una explicación lógica a todo.
El primero en acceder fue un joven, un
adolescente que se creía poseedor de todo conocimiento existente y por venir,
que mostraba cierta “desilusión” frente a las novedades que le ofrecía la vida.
Era evidente que tampoco se mostraba sorprendido por la locura
propuesta: estimular la mente de manera extrema mediante la música para extraer
la verdadera esencia de la persona o para simplemente concretar un sueño trunco
o fantasía personal.
El joven con cara de incrédulo y
actitud de desgano se acercó al sillón proporcionado para esa ocasión especial.
Se sentó y con cara de descrédito le dijo a Jota que encendiera la música
cuando quisiera. Jota y Vera se miraron con gran expectativa. Un detalle: había
que amarrar a la persona suavemente por
las muñecas para que evitara escapar si el experimento no funcionaba
rápidamente.
El joven con cara de intelectual se
hacía el indiferente frente a sus “captores musicales”. Jota prendió la música
y Vera cerró los ojos con miedo, como hacía cada vez que sentía que estaba por
cometer un error, como si esto lo pudiera evitar.
Cuando las notas de la “Sinfonía Nº 9”
de Beethoven empezaron a sonar el joven
pareció entrar en una especie de trance. Su mirada se volvió más profunda y
extasiado contemplaba la nada, parecía estar viendo algo que no se puede ver a
simple vista.
A los gritos decía estar viendo las
notas musicales corporizadas en el aire de la habitación. Era difícil creerlo.
¿Sería posible semejante estimulación sensorial? Tal vez sólo fuera una mera
simulación de este personaje que creía saberlo todo y que no quería perderse la
oportunidad de demostrar que hasta esto ya lo había experimentado y que podía
volver de su “prueba” trayendo una experiencia renovadora para el mundo, nunca
antes sentida por nadie. Las notas creadas por los músicos habían despertado su
consciencia que estaba entre la vigilia y la ensoñación.
¿Era capaz de simular esta situación?
Era poco probable. Cuando habían pasado unos nueve minutos y las melodías
seguían sonando Jota y Vera continuaban mirando entre sorprendidos e incrédulos
al joven.
Cuando Jota apagó la música, unos
minutos después, el joven automáticamente volvió a su postura normal y dijo con
cara de desagrado que había sentido lo mismo que cada vez que escuchaba música
y que esta práctica no tenía nada fuera de lo normal.
Jota y Vera nunca pudieron saber si el
joven mentía o no pero vieron una leve sonrisa embriagada en su rostro cuando
salía de la habitación. Había un mínimo porcentaje de que hubiera funcionado, aunque el joven, (estaba claro) que nunca se
los revelaría.
V- Intentos recientes.
“El
Mal”.
Sobre
Clockwork Orange de Anthony Burgess.
¿El hombre realmente elige el Mal? ¿El
estilo de vida moderno lo lleva a elegir el Mal? ¿El deseo de ciertos objetos
lo lleva a elegir el Mal? ¿El consumo de bienes, drogas, alcohol, lo lleva a
elegir el Mal?
Todo lo que nos desvía de nuestro
objetivo cercano genera cierto malestar. La seguridad provoca que nos sintamos
seguros de sentirnos inseguros en calles tan seguras. Lo seguro es algo que se
da por hecho. ¿Quién es su seguridad? ¿O sólo actuamos Bien porque es lo
correcto? Lo moralmente correcto. Caminos intrincados los del Bien y el Mal que
presentan un sin fin de interrogantes.
Está Mal apuntar a alguien para
robarle, pero no está Mal hacerlo para averiguar los antecedentes, es decir, su
historia anterior. Está Mal que se le robe su dinero a una vieja señora
golpeándola salvajemente, pero no está Mal que alguien robe el dinero de otros
evitando pagar ciertos tributos al rey de turno.
Miles de almas corrompidas giran sin
detenerse a pensar. Violencia en la mirada de desconfianza hacia quienes nos
rodean. Hay una carencia de pensamiento coherente. ¿Es posible no caer en el
pensamiento común de “la gente”? “La gente” es la masa amorfa que de-genera pensamientos uniformes ya
masticados y digeridos por otros y arrojados nuevamente al mundo en forma de
excrementos verbales.
El pensamiento “común”, ¿por qué
cuando algo es fuera de lo “común” se tiende a reprimirlo, a subestimarlo, a
desecharlo, a perseguirlo hasta eliminarlo? ¿Por qué construir nuestros propios
pensamientos en base a lo que ya pensó otro antes sin reformular esas ideas? El
hombre parece haber perdido la capacidad de pensar por sí mismo, de razonar sin
que otro le diga qué es lo que tiene que decir o pensar. ¿La capacidad de
elección es lo que todavía nos diferencia como humanos?
Quizá el Mal hace actuar al hombre de
manera más intuitiva, a diferencia del Bien que nos es impuesto como correcto
socialmente. Aunque ese accionar parezca más primitivo, engendrado en la más
pura violencia, pasó a través del filtro de la consciencia y esta decidió dejarlo
salir. ¿Lo que altera los sentidos y las emociones es realmente pernicioso?
¿Qué se buscará con ese cambio de estado?
La paradoja se presenta nuevamente.
Algunas personas se sienten protegidas mediante un objeto que fue creado para
destruir: un arma. Se sigue moviendo el juego en términos de
estímulo-respuesta. Exhibir el arma para que el “delincuente” en cuestión sepa
cuál es el castigo que le espera si efectivamente comete un delito.
También se actúa a partir de la acción
ejemplificadora de detener a alguien, haciéndolo sentir desprotegido y
vulnerable al exhibir su clásica postura “contra la pared”, para perder la
dignidad por un rato frente a la mirada fisgona de los peatones de turno.
Tocar, palpar a otro para comprobar que efectivamente en algunas ocasiones las
apariencias engañan.
El proyectil está condenado a salir
alguna vez, se lo prepara, paradójicamente,
para esa salida pero se espera que el resultado de su impacto tenga el
menor margen de error posible, para lo cual fue creada en la fábrica militar.
Podría desviarse la trayectoria de la bala si tan sólo la persona se
arrepintiera de haber disparado. ¿Cuántos que se arrepienten pero ya es tarde
para volver el tiempo atrás y evitar el impacto del proyectil?
Los resabios orgánicos de la naranja revuelven el pensamiento y obligan a
re-pensar la manera de entender la violencia cotidiana.
“Como
en un sueño…”.
Garam Masala.
Cuando decidió hacer la poción no creí
que me iba a mandar en plena noche a esa tienda.
Tuve que atravesar quince largas
cuadras hasta llegar hasta ese oscuro callejón de los suburbios de la ciudad. Se
trataba de un local pequeño, poco iluminado;
atendido por el viejo Venancio. Tenía todo tipo de hierbas y menesteres
alucinógenos, algo así como estar en el paraíso. Miraba todos esos frascos
mientras esperaba que me atendiera, cada uno rotulado con su etiqueta. Los
estantes eran antiguos, parecían de otra época, de madera de color oscuro
seguramente creadas por un artista ebanista.
El encargado era un vejete amable que
siempre me aconsejaba acerca de cómo combinar esas hierbas para utilizarlas
“con justa medida” en las recetas culinarias que tanto me gustaba preparar, para poder experimentar los
diferentes aromas y sabores que estos proporcionan desde que los molían hasta
que tomaban contacto con el aceite.
Esos regalos que brindaba la vida a mí
alrededor, me parecían mágicos, casi tan mágicos como esa sensación de probar
nuevas cosas y sabores. El contacto de las semillas que se convierten en
condimento, en parte de la comida, su aroma en mis manos, que entra por mi
fosas nasales, me llega hasta la mente que me dice si es dulce, salada o
picante; y entonces pienso en el sabor cuando entra en contacto con las
papilas, que también ayudan a descubrir sus notas más profundas, que me hacen
imaginar cómo y dónde, y por quién habrán sido cosechadas para que hoy estén en
mis manos.
Tomé un frasco al azar y miré su
contenido a trasluz. Algo en el interior se movía. De repente sentí el chistido del quisquilloso
Venancio que no le gustaba que le tocara sus frascos. Me preguntó: “¿Qué buscas
Trente a estas horas?”, y le dije que justamente lo que contenía ese frasco. Se
sonrió y tomó una de las bolsas de papel donde siempre me entregaba los
pedidos. Y me dijo que la llevara bien cerrada y que no la abriera por nada.
Decirle eso a un joven es como
decirle: “¡Dale, miralo!”.
Al alejarme un poco comprobé que
efectivamente el contenido de mi bolsa se movía. En un impulso, sin mirar, metí
la mano en el interior de la bolsa, tome un poco de esa húmeda hierba y me la
introduje en la boca rápidamente.
Lo primero que sentí fue que todo se
movía, el piso se volvía blando, la luz de la calle se tornaba cada vez más
débil. Empecé a percibir otra realidad: gente, cosas que en mi percepción
normal no podía ver. Podía ver como se materializaban los sonidos, los colores,
los sabores, incluso los olores. Algunos eran ásperos, otros suaves como el
terciopelo, dulces y cálidos como la miel, los sonidos también habían adquirido
texturas, algunos se clavaban en mis oídos como filosos puñales y otros me penetraban suaves como la
seda. Era hermoso poder percibir por los sentidos opuestos a cada sensación. La
visión alterada también provocaba sensaciones extrañas. Los insectos nocturnos
que me pasaban cerca parecía que me iban a atravesar el cuerpo con su vuelo.
Cuando el efecto de las hierbas ya se estaba pasando, descubrí que mi tía tal
vez estaba jugando con sus sentidos. Trataba de vivir nuevas realidades como en
los sueños.
La materialidad no es como los sueños
o al menos eso creía hasta ese día, en que mi manera de ver, mejor dicho de
observar la realidad cambió para siempre. Esto lo sostuve siempre, la visión
corrompe los pensamientos, la observación carga de prejuicios la realidad que
vemos, por esa característica humana de querer incluir todo dentro de alguna de
las categorías de lo que conocemos, y encuadrar allí eso nuevo y ocasionar que
quede perdido dentro de los rincones de la mente donde tal vez nunca más nos volvamos a cruzar
con ese pensamiento.
Debo referirles sin más tardanza lo
que hizo mi tía ese día. Ella era una mujer de unos 90 años, con el cabello
blanco, que evitaba pintar con esencias de alguna planta porque decía que
también era parte de la naturaleza humana envejecer aunque no deteriorarse, su
piel aún lucía como la de una joven quinceañera. Ella preparaba todo tipo de brebajes para
aquellas dolencias que nos agobiaran la existencia. Cuando le entregué el
paquete con el pedido de la herboristería, me dijo:
-Esto está abierto me imagino que no
habrás estado husmeando en la bolsa ¿no?- .
-No tía, ¿cómo se te ocurre?- le
contesté con la percepción aún alterada por el efecto de esa hierba rara.
-Esto no es para jugar, ya lo sabés,
si la probás sola hasta podría matarte-.
Era evidente que eso no era del todo
correcto porque si esa hierba matara instantáneamente no podría estar
hablándome en ese momento. Esta hierba fue la que detonó mi curiosidad por
probar nuevos sabores, por probar nuevas hierbas, era un deseo irrefrenable por
probar todas y cada uno de los elementos que tenía en los frascos, que
clasificaba con etiquetas de color verde, rojo y amarillo. Mientras observaba
donde colocaba la que acababa de traerle, le pregunté:
-¿Por qué las etiquetas son de
distintos colores?-.
-Porque… sabía que iba a llegar el día
en que comenzarían tus preguntas…día en que iba tener que empezar a brindarte
respuestas convincentes-.
-¿Respuestas convincentes? ¿A qué te
referís con eso?-.
- No siempre te dije la verdad
completa acerca de mi trabajo, no sólo preparo brebajes para que la gente
alivie sus dolencias, algunas son para poder hacer otras cosas…-.
-¿Como cuáles por ejemplo?-.
- Cosas… cosas que no podrían hacerse
normalmente como comunicarse con personas ajenas a esta realidad…-.
- ¿Esa que te traje hoy sirve para
eso?-.
-Puede ser. ¿Cómo es que sabés eso?
¿Acaso la probaste…?-.
- No…bueno… sí, pero me sentí bastante
rara y además vi cosas que no veo
normalmente…-.
-Hija….eso es casi
imposible…además…llegaste justo a tiempo para continuar con mi trabajo es
preciso que me apure a decirte lo más importante para que continúes con mi
profesión…-.
-Pero tía, ¿acaso te piensas ir? No sé
si pueda lograrlo…-.
-Una parte ya la estás cumpliendo…-.
-¿De qué hablás? ¡No entiendo nada!-.
-Lo que quiero decir es que gracias a
que tomaste esa hierba me podés ver en este momento…-.
De pronto, Trente giró sobre sí misma
y vio a su tía tirada en el suelo, con una daga clavada en el vientre, como
tantas veces se lo habían jurado esos oscuros hombres que la acusaban de
brujería. Cuando volvió la vista al frente, su tía pero con forma no corpórea
la esperaba sentada junto a la mesa.
“Ojalá
algún día te inspire un texto”.
El departamento que ocupaban los dos
matrimonios quedaba en la zona céntrica.
Si bien se trataba de una ciudad costera, con un amplio mar que rodeaba todo el
horizonte, su aspecto era gris y algo triste. Aunque muchos a lo largo de los años se habían empecinado
en darle un aspecto falsamente majestuoso, con puentes peatonales y teatros
coquetos de comodísimas butacas, que no
permitían transitar entre fila y fila.
El departamento, hogar de este grupo de personas, estaba ubicado estratégicamente frente al
mar, construido sobre la playa. La postal de la balnearia ciudad mostraba un
mar amenazante y horrible. La casa tenía los balcones de las habitaciones que daban a la playa, estos estaban hechos de
piedras encastradas sostenidas por una malla de acero que evitaba que se
precipitaran sobre el suelo. Grandes dunas rodeaban la vivienda familiar, está
era acomodada día y noche como una especie de reloj de arena que medía el
tiempo, por grandes tractores.
Cuando en la noche daba frecuentes
recorridas a la casa producto del insomnio, la notaba siniestra y oscura, aunque esta sensación perduraba en el día ya
que sus persianas nunca se levantaban y la atmósfera era continuamente
alumbrada por luz artificial, que
propinaban las escasas lámparas
de poco voltaje colocadas a lo largo de las distintas estancias y pasillos.
Cuando me dirigía a ver el estado del clima
por la ranura de la cerradura del amplio ventanal con persiana de la habitación
junto al cuarto del planchado, que permanecía cerrado, pude ver que una
figurilla que mostraba a través de la ranura un soleado paisaje se había
despegado en uno de sus bordes, lo cual permitía contemplar con horror el
verdadero aspecto del día, un clima horrendo, ventoso, con lluvia y con aspecto
muy gris. Esta figurilla diminuta intentaba ocultar el verdadero aspecto de las
cosas.
Un sutil sonido a mis espaldas me
distrajo, era la puerta del cuarto de planchado, siempre ordenado obsesivamente
por mi padre, que daba siempre aspecto de perfección, de orden, de que nadie
había pasado nunca por allí para desacomodar nada. La puerta se abrió
sonoramente de par en par con un largo e interminable crujido, dejaba ver
el oscuro e inquietante interior de la habitación. Esperaba algo, que
alguna presencia fantasmal apareciera, pero nada sucedió. Nada pasó al menos en
esa realidad con resabios de otra realidad paralela.
En ese momento, sonó el timbre y me hizo dar un salto. Me
dirigí rápidamente a la puerta. La casa a pesar de estar habitada por cuatro
personas parecía estar siempre en soledad, siempre deshabitada. Al abrir la puerta, me encontré al cartero que
raramente el portero había dejado entrar al edificio para que me entregara un
paquete. Firmé la planilla y cerré la
puerta. La encomienda me la enviaba un querido amigo que se había ido a
estudiar fuera de la ciudad. Abrí la caja y en su interior había una película
en dvd y una nota, saqué la película de
su cajita y la coloqué en el reproductor. Mientras leía la nota: “Querida Vero:
te mando aquí una copia del corto basado en tu texto, cuya banda de sonido está íntegramente
compuesta por mí. Espero que te guste. Santiago”.
Una vez que comenzó a rodar el film era mudo y de atmósfera surrealista, sin
conexión lógica entre las imágenes, con
una banda de sonido que presentaba en primer plano una guitarra eléctrica con
un efecto de distorsión que volvía el sonido agudo y penetrante. En la película
se mostraban imágenes en color sepia de un hombre y una mujer en una
playa. En los fotogramas que tendrían
que contener los diálogos se mostraban frases entre comillas de André Bretón y
Jaques Rivière, con frases célebres dichas por cada uno. Las pocas nítidas
imágenes de la película en colores amarillentos, tenían un filtro que provocaba que las figuras se
vieran como si uno fuera un miope sin lentes.
Ese es el recorrido mental de la
historia, ¿acaso será la consciencia materializada? No quiero completar esa
historia porque eso es tal vez lo mágico de lo onírico, que salvo para los psicoanalistas es posible de explicar.
Prefiero no encontrarle explicación a todo.
Los caminos recónditos y a veces aparentemente incomprensibles de la
mente atontada al despertar que intenta
reacomodar todo eso que sucedió en la tierra de los sueños.
Entonces hace que tomemos rápidamente, un
papel para tratar de plasmar aquella
historia que ocurrió durante la noche frente a nuestro subconsciente, que la madrugada anterior había recibido un mensaje de texto
que decía: “Ya sé que es tarde, ya sé que estarás durmiendo, pero empecé a leer
tu libro y me dejó esa sensación que a
veces me deja la música. Sos la primera. Ojalá algún día te inspire un texto”.
“Perfil
de Sótano”.
A veces pensamos si vale la pena mantenerse
fiel a uno mismo entre tanta basura fermentada y empaquetada, vendida,
regalada, adulterada, falseada, entre pocas almas simples que se empeñan en
mantenerse a flote en un pequeño trozo de madera que se quiebra sin piedad,
apolillado, asquerosamente oloroso a humedad.
Las cosas serían tan simples, tan
fáciles, tan importantes si nos detuviéramos dos segundos antes de hacer eso
que puede cambiar la existencia para siempre. Puede darte vuelta, volver lo
efímero importante y arruinar todo lo construido que se derrumbará sin remedio,
se aplastará sin compasión, ya no habrá lugar para explicar nada porque los
hechos hablan por sí solos…
Esos hechos opacan todo lo anterior, nos
sentimos estúpidos, sucios, solos, defraudados, profundamente tristes y sin
razón para explicar o entender nada. Lo inesperado en la mente sensata aparece
en primer plano, aplasta todo, inunda todo. El alejamiento de las aguas
podridas de la inundación fue posible, pero dejó su tufo nauseabundo por todos
lados, nada será igual que antes porque la esencia ha sido destruida.
Tratamos de sujetarnos a ese madero
que nos recuerda quienes somos, ¿pero sabemos eso con certeza? No. Sería casi
imposible de abarcar la mente entera, por un simple humano apenas capacitado al
nacer para abarcar su mundo con palabras. Palabras, palabras que son arrojadas
sin sentido. Sin medir el dolor de su impacto en el tímpano ajeno.
El alma que busca ser resguardada y
protegida empieza a sangrar a chorros en varios lugares simultáneamente,
ponemos torniquetes de tranquilidad en los orificios pero nada los detiene.
Cubren todo lo que está a su paso. Enajenan el pensamiento, entristecen todo,
oxidan, descascaran, corrompen la reflexión, que se llena de frases y lugares
comunes como “uno no termina de conocer a las personas que lo rodean”.
Momentos que quisiéramos olvidar,
encerrar, ocultar para siempre pero vuelven a transitar nuestras racionales
mentes que se empeñan en analizarlo todo y que son el origen de aquellas
disputas que nos complican la vida, que arruinan momentos, que provocan dolor por
el afán incansable de querer entenderlo todo…
Yo intento mantenerme en mi Perfil de
Sótano, casi con un costado infernal de tan profundo y subterráneo hasta donde
nadie me pueda alcanzar, siento las voces de la gente que viene detrás de mí,
que quieren que siga a los demás, me gritan que ese el camino, que me tengo que
desviar, que tengo que mirar hacia adelante y
no hacia atrás para no caer. Tropiezo y miro por encima de mi hombro, ya
casi me están alcanzando. Me levanto, a pesar de lo embates. Están muy cerca,
pero a pesar de sus intentos, ¿no vamos
a claudicar? ¿Qué tan fuerte e íntegro te crees? ¿Todos tenemos un precio en
este estado infernal?
Pensá en el podrido madero que es lo
único que nos une a la realidad, que nos mantiene a flote, que no nos deja
hundirnos en el lodazal de la existencia. Recordá el madero que todos tenemos.
No caigas en la corrupción generalizada, no pierdas la esencia de las cosas.
“La historia es la misma sólo que ahora conocemos un poco más” dicen por ahí,
aprende de eso antes de que nos hundamos y en el suspiro último sólo veamos que
todo se viene abajo y nosotros también.
“Los
amigos a través del espejo”.
Los amigos a
través del espejo
frente a las almas en pugna
que no
encuentran la paz.
Ellos charlan
de sus vidas,
de sus sueños
y de sus desilusiones.
La escena se refleja en el espejo
es que eso
tal vez la vuelve tan real,
tan genuina.
Continuas
interrupciones se suceden:
teléfonos que
suenan,
personas que pasan,
alguien que
les habla.
Salen a tomar
el aire húmedo de la vereda
como en
busca de la respuesta
que debió salir de sus labios.
La respuesta
tan esperada,
tan pensada,
tan
elaborada.
Son sólo dos
almas
que se hacen
compañía
y no hace
falta hablar.
La situación
real es esa.
La situación
imaginaría
del testigo
perverso:
Alguna
siniestra alianza
buscando
engañar.
El ser y el
parecer
Aparecen en
escena de nuevo.
La
contemplación metódica que causa horror,
por lo
horrible de sus pensamientos,
no logra
empañar ese momento
en que
decidieron salir al exterior del lugar
en busca de
aire fresco para poder pensar.
La sombra que
trae la respuesta llega.
La pequeña
reunión de las almas,
en un acuerdo
implícito, se disuelve sin decir más.
Saben lo que
piensa el otro.
Saben que
cuentan con el otro.
En un rato se
miraran como siempre
embelezados
por la creación musical.
En ese viaje
que se han propuesto
por senderos difíciles de transitar,
que como en
la vida es necesario recorrer,
conocer para
dejarse atrapar.
¿Atrapar he
dicho?
¿Acaso somos
objetos?
No los somos,
somos sujetos
que solo necesitan para subsistir
en este banal
mundo artificial e irreal,
aire, agua y un amigo real.
Lo demás llegará solo por la puerta o la
ventana.
“Cruce
de sueños Nº 2”.
El viaje hacia latitudes lejanas en
Francia acompañada de su tía y de su madre había sido cansador. En el viaje de
vuelta tenía que decidir sobre su futuro, lo que es bastante costoso ya que pensamos en un tiempo incierto que aún
no existe.
Algunas frases sueltas daban vueltas
en su cabeza: “Sos todo para mí”,
susurradas entre besos y abrazos. Estas
palabras la preocupaban, no quería ser
todo para nadie, sino qué pasaría cuando ya no estuviera. Era difícil asegurarlo, pero en este plan de no aferrarse
a nada ni a nadie todo sería más fácil,
las cosas volverían rápidamente a su estado natural si no nos aferráramos, sino
tomáramos a cada cosa como una posesión todo sería más sencillo, el dejar todo atrás sin nada en las manos,
sin realmente nada, ni dinero, ni valores, nada. ¿Era eso posible? La gente le
teme a los cambios, no piensa en la posibilidad de hacer aquello que siempre
quiso hacer, deja todo para más adelante,
para el futuro, pero seamos
conscientes de que es un tiempo ficticio,
casi nos convencemos de que es real para pensar que todo puede cambiar.
Ese viaje había surgido como propuesta
familiar para aclarar las ideas para conocer nuevos rumbos. El descanso se
prolongó por dos meses en esa casa de campo de la que tanto le habían hablado
desde que era chiquita y que siempre había soñado con conocer. La casa era
amplia rodeada por arbustos muy verdes que se perdían en la lejanía de la
llanura y se extraviaban en el horizonte. La brisa de la primavera era bastante
notoria ya, fresca y con un sabor dulce,
propio de la vegetación del lugar y de los extensos viñedos que ocupaban
gran parte de esa tierra.
El plan era tratar de alejarse de
todo, algo así como correr muy rápido sin pensar en lo que se ha dejado atrás.
Sin querer pensar. En ese otro estado de cosas que uno se empecina en olvidar,
pero que es difícil porque hasta hace poco ese era el estado natural, el orden
normal de los hechos. La posibilidad de cambiar había rondado en su cabeza por
largo tiempo. Pero hasta ahora no había tenido la valentía de decir basta.
Las responsabilidades la agobiaban
desde que era pequeña, no podía dejar de sentir la obligación de hacer
responsable de todo lo que sucedía a su alrededor con su familia o con sus
amigos. Esa sensación estúpida de culpa, muy católica seguramente heredada de su bautismo al nacer. Sentía
culpa de que otros pensaran que era una insensible, que su alma era incapaz de
comprender y afrontar el dolor humano. Una verdadera tontería, pero no podía
evitarlo. Había tratado de no apegarse a nada, el dinero le interesaba poco,
sólo lo utilizaba como una forma obligada de intercambio en la sociedad en la
que vivía y a veces le permitía disfrutar de algunos placeres mundanos.
Idiota
había sido al pronunciar esas palabras de las cuales se había arrepentido
apenas terminó de decirlas, aunque suene paradójico. No quiso lastimarlo, no
quiso hacerle mal, pero le hizo doler una parte profunda de su ser. Sentía esa
sensación de no poder creer que lo había lastimado si lo quería tanto como decía.
No podía creer que en ese segundo por culpa de sus necias palabras podía
alejarse para siempre de esa persona lo cual nunca se habría perdonado. Se
sintió mal pero era tarde ya había pronunciado esas estúpidas palabras, en su
mirada podía observarse el dolor que le había causado, se sentía desilusionado.
Después de un rato decidió perdonarla, pero su tono había cambiado no era el
mismo de antes, porque la desilusión había pasado por su vida sin avisarle, dos
veces en una misma semana, era demasiado para un solo ser, un poco frágil
aunque se empeñaba en mostrarse fuerte y siempre vital, pero cuando se
encontraba solo en su cuarto, se sentía más vulnerable y las ideas empezaban a
azotarle su cabeza, un poco cansada a esta altura. En su mente daban vueltas
como solía hacerlo, las preguntas, cómo había sido capaz de eso, cómo podía ver
las cosas de ese modo, cómo hacía para confiar de nuevo en otras personas. A
veces se sentía solo, sentía que no conocía como creía conocer a las personas
que lo rodeaban.
La imagen velada de tu sombra se
apareció frente a mí. Al principio no supe qué pensar, qué sentir, pero luego
fui entendiendo que tu presencia en ese sueño era una especie de señal. Debía
seguir con mi vida y hacer de cuenta que eso no había sucedido o tenía que
replantearme la forma de encarar el asunto.
La escena en la estación terminal, la
despedida de los amigos adquiridos en la campiña francesa y la búsqueda del
taxi para partir de allí. Tímidamente de fondo se escucha “Time” de Pink Floyd.
La chica se pone a pensar en el tiempo, en lo que le causaban a ella y a su
amigo esas notas musicales. Lloró de emoción mientras corría hacia el taxi que
la llevaría al aeropuerto junto a su madre y a su tía. Una vez al lado del
vehículo, golpeó el vidrio para que le abrieran la puerta, pero por el
contrario se sintieron sonoramente las trabas en las puertas y el auto se alejó
a toda velocidad en el campo dejando una frondosa polvareda atrás. Amelia se
siente desolada, no sabe qué hacer, hace gestos con los brazos e insulta su
maldita suerte. Ahora está sola tiene que pensar qué va a hacer. Las dudas del
principio toman forma real, no tiene nada, ni siquiera su identificación,
alguien creerá su historia, no lo sabía pero tenía que ponerse a caminar de
inmediato.
“Dos
caballos”.
El aire del campo penetraba cada poro,
lo atravesaba sin fin. Lograba desactivar
cada partícula del ser que caminaba sin rumbo, casi derribado por el
fuerte viento, el frío le calaba los huesos. Por momentos se caía y se golpeaba
los codos, manos y rodillas, que ya comenzaban a sangrarle, las gotas corrían
por su piel, el sabor metálico característico le caía por el rostro y lograba
meterse por las comisuras de sus labios. Se detenía a limpiar sus ojos que eran
invadidos por la polvareda con mezcla de sudor y sangre.
La luz de los relámpagos iluminaba la
noche. Enceguecía a quien intentaba contemplarla. Los árboles en medio de la
oscuridad ocultaban su presencia. Sus ojos encandilados no lograban descifrar
nada entre tanta luminiscencia. Su presencia esperaba desde las sombras el
momento adecuado para salir. La locura se había materializado sin piedad.
Estaba perdido, estaba lastimado, esa
pelea lo había dejado malherido y desorientado. No debió ponerse a la altura de
los peones que borrachos empezaron a pelearse por viejos amoríos. Estaba
cansado, tenía que haberse quedado en su hogar, rutinario y familiar, al que
llegaba cada tarde luego del duro
trabajo en la tierra de su patrón.
Lo anormal de la situación es que se
sentía distinto a otras veces, pero no era la primera vez que peleaba. A veces
las contiendas verbales se empezaban a poner densas, el humo del tabaco, el
olor del alcohol, el calor del fuego de las carnes asadas, el rayo del sol que
en el atardecer se fundía con la tierra, la soledad del campo, el silencio, el
sonido del viento, traía el hedor de los
animales que vagaban por ahí, entre bosta y alambrados. Todo eso quedaba atrás con el caer de la
tarde cuando recordaba que lo
esperaba su hogar.
La noche lo amparaba y lo abrigaba. El
frío era intenso, pero sólo se detendría cuando llegara hasta la casa, que
mostraría por la ventana el calor de la fogata en este frío invierno.
A lo lejos divisaría su hogar,
una sensación de alivio lo recorrería. Por la ventana se vería a su mujer que lo esperaría junto al fuego de la chimenea. La mesa
estaría servida esperando su llegada. La comida caliente humeando en los
platos. Los vasos con agua fresca del aljibe. El pan horneado esa mañana. Las
servilletas y cubiertos colocados prolijamente sobre el blanco mantel. La
habitación apenas iluminada por los candelabros de kerosene. La penumbra de la
pequeña habitación del comedor. El fulgor de la chimenea rodearía de calor la
remota escena.
La madre transpirada aún sostiene el
cuchillo mojado en sus manos. Los hijos permanecían inmóviles en el piso de la
sala. Todo era silencio desde hace unos minutos. Los gritos desgarradores no
habían sido escuchados por nadie alrededor del pequeño rancho. Los gritos
dolorosos de quien se encuentra con lo inesperado en su propia casa, en su
propio hogar, en su propia madre. Madre que los contuvo en su seno y que los
sacrificó en pos de quien sabe que augurios malsanos, de que problemas no
solucionados.
La madre todavía conservaba en sus manos el puñal embebido en la sangre
caliente de sus hijos, que yacían sin vida junto a ella. Su locura no tuvo
límites se olvidó de que los había llevado en su vientre, olvidó el cariño con
el que los miró a los ojos cuando los vio nacer, olvidó su amor y dejó espacio
a su locura, la que había permanecido oculta a los ojos del mundo desde
siempre. Esa locura que se marido percibió en el aire camino a casa…
Su hombre, el amor de su vida, el
padre de sus hijos, sería su próxima
víctima pero todavía no lo sabía, ignoraba lo sucedido igual que esos dos
caballos atados en la puerta de la casa que desconocían lo que acababa de
acontecer en el interior del refugio familiar. Esos dos caballos testigos
silenciosos de lo sucedido, que no pueden hablar, que no pueden salvo relinchar
para advertirle a su dueño que algo acaba de pasar, algo muy malo, muy terrible en el dulce seno
del hogar familiar.
Epílogo: palabras finales.
Estos textos tratan de reflejar en cierta
medida una posible visión de la “realidad”.
La idea es hacer reflexionar al posible lector. Dejé la tarea del
prólogo a Javier Puyol.
Los temas que atraviesan las distintas
historias rondan desde la vida, la muerte, la religión, el amor, el odio, la
perversión, la nostalgia, la amistad hasta incluso la música. No soy portadora
de verdad, sólo soy una engañadora literaria que busca compartir sus humildes
razonamientos con los demás.
A todos ellos gracias por convertir un
momento cualquiera en algo especial y digno de ser recordado.
Dedico estas palabras también a
aquellas personas que luchan todos los
días para que este mundo sea un lugar menos egoísta y más justo para todos.