sábado, 1 de octubre de 2016

Los sinsentidos completo.

Los Sinsentidos es un volumen compuesto por relatos de distinta índole. Estos textos se agrupan en diferentes secciones de acuerdo a los temas que atraviesan las distintas historias. Acá les dejo el libro completo, tal cual salió originalmente en 2010 por Editorial Martín de la ciudad de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.


Secciones:

I-Primeros juegos literarios. Compila los primeros relatos creados.
II- De charlas efímeras y otros menesteres. Sucesos de la "realidad" convertidos en literatura.
III-Lágrimas literarias. Textos que provocan las emociones.
IV- Historias intercambiables.Anécdotas reales con formato literario.
V- Intentos recientes. Producción literaria más actual (hasta 2010).  



Preludio.



Cuando descubro en el transcurso del tiempo y mediante continuos intercambios de pensamientos, la personalidad de la autora, percibo el talento de una escritora que posee la cualidad de expresar con sensibilidad y cierta mirada suspicaz, situaciones y entornos que se viven cotidianamente.

Aspectos y vivencias que nos mantienen cautivos por sentirnos en parte reflejados a través de nuestra historia personal, que al expresarse de manera ocurrente, pero a su vez envuelto en un fino manto de tragedia, exalta en muchos de sus escritos las miserias del ser humano sustentadas en el egoísmo profundo de nuestro ser.

Dueña de un humor mordaz y con un temperamento sumamente introvertido, resulta contradictorio asociar dicha  personalidad con muchos de sus cuentos, ya que son agudas críticas hacia los modelos convencionales de vida.

Estos modelos, desenmascaran la sociedad del siglo XXI que se rige mediante valores superficiales, impuestos por un sistema que sólo busca en el individualismo y la impersonalidad la satisfacción de sus propias necesidades.





 Javier Puyol, Mar del Plata, enero de 2010.










I- Primeros juegos literarios.




“Destellos eternos”.



Para mis abuelos.



Amadeo era hombre joven, pero la vida había dejado de sonreírle, más bien  sentía que lo miraba de costado con una sonrisa socarrona. Había perdido su último trabajo, como escritor “favorito” de paupérrimas novelas en una conocida editorial. Por si fuera poco, su mujer lo había dejado por un jovencito de veinte años, pero esta situación lo aliviaba ya que estaba abrumado de la rutinaria vida marital.

En uno de sus frecuentes ratos de ocio, ahora que era integrante del índice de desocupación, estaba revolviendo unos papeles de tiempos pasados, cuando se topó con ese sobre descolorido por el olvido. Se veían en él las huellas del tiempo, su color amarillento era quien delataba su añeja presencia en ese lugar. Al abrirlo descubrió que  las prisas diarias le habían hecho olvidar todo. De repente, fue como si el tiempo se hubiese detenido, y recordó aquella historia; la que sucedió muchos años atrás, cuando Amadeo todavía no conocía las miserias humanas.



Robé la carta que mamá celosamente guardaba en el armario de su habitación. De momento nadie decía una palabra de lo sucedido con mi abuela, yo sabía que estaba un poco enferma; pero igual mantenía la esperanza de que pronto volvería para cuidar las plantas y  sacar  farolitos chinos del cerco del vecino.

No me dejaban entrar en su habitación, pero desde afuera sentía que mamá lloraba, mientras papá le decía algo de mí, al mismo tiempo que ese hombre vestido de blanco le decía que lo sentía mucho.

Después de un rato, mamá salió con la mirada enrojecida  y me dijo que la abuela ya no podía estar más conmigo, porque había partido para siempre. Me enfurecí muchísimo, me preguntaba porque no se había  despedido. Esa vez, mamá me contó todo eso del cielo y de Dios, pero esas cosas no me apaciguaron, ¿cómo podía  Dios  llevarse a mi abuela?

          Lloré mucho porque la extrañaba, pero la tristeza fue mayor cuando comprendí que jamás la volvería a ver. Ese día mi madre me dijo que debía recordar lo bueno que ella me había legado. Esa carta decía:



“Hija mía:



Nadie se conmueve por el vuelo solitario de un pájaro, mucho menos por su cantar en el amanecer; ni siquiera se dan cuenta de que están vivos. Las cosas simples son las que ya no tienen tiempo de apreciarse, tan apurados por llegar a… quién sabe dónde.

Otros respiran sin percibir el aroma de las flores, cada una con su matiz, son las que me reconfortan con su fragancia,  aunque a veces me sienta corrompida por el vacío ajeno.

Aunque para algunos sea tarde para esta vieja, y el resto de mi vida sean diez o veinte años, ellos señalan esto como “lo que le queda de vida”, no importa porque logré tener pequeños momentos de felicidad.

Si me fuera ahora, no me importaría porque aprecié intensamente cada uno de esos pequeños instantes; disfruté de aquel jazmín que cuidé cada día, del amor de mi familia, construyendo un lazo inquebrantable con mis nietos. Sin embargo, ahora escribo esto aquí en mi retiro, al cual me veo confinada.

Por eso, si estás leyendo esto quiere decir que yo ya no respiraré el aire que te rodea. El fuerte dolor de mi pecho me indica el preludio del fin, ya voy a dejar de sufrir. Pero antes de partir, juzgué como había sido mi vida, entonces advertí que mis mejores posesiones no eran materiales. Atesoré amigos a los cuales estimé mucho, pude sentir el amor materno y el amor de un hombre, que me acompañaron durante mi camino. Pero llegó un momento en que su candil también  se apagó.

Bueno, hijita (siempre serás mi chiquilla), gracias por ayudarme  en mi intento por ser feliz y así comprender cuales son las cosas realmente importantes de la vida.

Hasta siempre. Camelia.”



Un momento después, Camelia colocó dentro de un sobre de papel la carta, pasó su reseca lengua por el pegamento, lo cerró y pensó en lo patético que era el último sabor que probaba de la vida. Luego, la mujer comenzó a sentir la conclusión de todos sus problemas cardíacos, pudo considerar que la oclusión de su arteria coronaria había llegado; pero entre ahogos resistió, como reflejo de todo  ser que tuvo vida, hasta el último hálito de respiración.  De ahí en más, permaneció sólo como un lejano  recuerdo en la vida familiar.





Después de releer la epístola, Amadeo comprendió  que los preceptos de Camelia lo habían formado. Aún alcanzaba  a recordar la felicidad que rodeaba sus momentos, aprendió a respetar lo “importante”; pero no supo usarlo en su propia vida, como lo hacía con sus frívolos personajes,  porque había triunfado en su intento de ser grandilocuente, pero fracasó en su tentativa por ser  feliz.

         Hacía mucho tiempo  que Amadeo no registraba esta carta y mucho más desde que lo dejó su abuela. Siempre la tuvo presente, pero recién ahora pudo comprender claramente que significaban sus palabras; allí, solo en su habitación en penumbras, se alegró de atesorar aún esos pensamientos que estaban como escondidos detrás de una cortina,  de cuando  leyó por primera vez  ese papel. Casi con automatismo comenzó escribir en su cuaderno:



“En este mundo no hay personas como vos, que entienden lo especial, no entiendo al mundo, tampoco consigo encontrar mi lugar en él. Necesito recobrar al niño que algún día fui, y olvidar el adulto en que me convertí. Nos encontraremos algún día para observar el surgimiento de la vida (no en esos cielos de Leyendas bíblicas), ¿existirá la felicidad?, espero que sí.

A quien lea esto no espero que lo interprete, tal vez sólo sea de un pobre loco.

                                                                                            Amadeo”.



En ese momento, el cuaderno y bolígrafo cayeron de su cansada mano y rodaron  por los pliegues de las sábanas, que cercaban su figura. El hombre se puso de pie junto a su lecho, el que alguna vez compartió con su mujer,  retrocedió unos pasos y sintió el frío del mosaico en sus pies. Esa sensación le recorrió todo el cuerpo, como un timbre que a la vez lo despertaba de su letargo; ahí fue cuando advirtió  que él también se había olvidado de conmoverse. Entonces, todo el peso de su cuerpo cayó sobre el suelo. En aquel lugar, su refugio, se quedó inmóvil con la sensación que habrá sentido el primer ser sobre la Tierra con todo por descubrir, contempló el sol, que con leves matices se filtraba por su persiana entreabierta. Por fin, con alacridad, sintió que recuperaba a esa luminiscencia en el vacío de su mundo. Entonces, juntó su cuaderno, tomó su lapicera, aún húmeda  por el sudor de su mano, y comenzó a escribir su primer borrador de aquel cuento, que siempre quiso escribir, ese que cuenta la historia de un niño y su abuela.











“Los sinsentidos”.





El momento que precede al despertar es lo más parecido a la felicidad. Sin reparar en lo que nos tocó en suerte vivir, cuando uno todavía no se percata de sus obligaciones; entonces, cuando suena la alarma del reloj, una gran pesadez invade el pensamiento, desplazando todo aquello que resulta indudablemente placentero. La sensación de la ausencia de  toda obligación provoca plena tranquilidad, lo importante no importa.





1.

Cada mañana Am se examina frente al espejo, recorriendo con la vista las incipientes arrugas que ya pueblan su rostro aniñado, se mira los dientes  verificando que todo esté en su lugar, tal como lo dejó la noche anterior. Se arregla su cabello castaño claro. No recuerda dónde estuvo, pero su cefalea y los restos de maquillaje le brindan alguna pista.

 No estaba en casa y sentía una desconocida fragancia. Fue hasta la habitación, la cama aún permanecía revuelta. Se dirigió hasta la ventana,  corrió la larga y pesada cortina de terciopelo. La luz invadió, inescrupulosa, cada rincón como una inundación obligándola a entrecerrar los ojos. No tenía la menor idea de dónde se encontraba, pero la vista era bella. Miró al rincón, había un tocadiscos olvidado por el tiempo con un disco de vinilo listo para que alguien lo prendiera; lo tomó entre los dedos y decía: Astor Piazzola. Libertango,  encontrar algo conocido reconfortó su aturdida mente.

Escuchó el disco una y otra vez con la vana esperanza de que le recordara la razón de su estadía allí. Abrió un poco el vidrio y una leve brisa calurosa le avisó que era verano.

Después de un rato de letárgica contemplación, el ruido de la llave en la cerradura la distrajo. Rápidamente un joven viril de barba y largo cabello negro atravesó con seguridad la puerta, se acercó y con palabras cariñosas la besó fogosamente en los labios todavía resecos. Como para disimular la sorpresa le devolvió el saludo y le preguntó la hora, el joven le respondió que eran las tres de la tarde.

La situación le resultaba lo suficientemente confusa  como para ahondar en detalles con el desconocido. Pronto se decidió y salió a toda marcha hacia la calle para averiguar dónde estaba. Una vez afuera,  se aquietó al ver que la gente era “normal”, quiero decir al menos se trataba del planeta Tierra.

Las personas se dirigían de un lado a otro, y nadie reparaba en su presencia. En una actitud desconocida en ella, detuvo a una anciana para preguntarle dónde estaba. La vieja la miró con sorpresa. Luego de insistir unos minutos le dijo: “Mire señorita  lamento no poder ayudarla, no soy de acá”.





En un acto reflejo, saqué un paquete de cigarrillos y manoteando a ciegas en el bolsillo saqué el encendedor, y prendí un cigarro que se había posado en mis labios. Le di la primera pitada, y una sensación de familiaridad invadió mis pulmones, era como si lo hubiese hecho toda la vida. Me sentía desolada en una situación que no alcanzaba a comprender. Vagué un rato sin rumbo fijo, y encontré una playa. Con cautela me acerqué a unos jóvenes, con apariencia de intelectuales, que conversaban apoyados en un pequeño paredón que rodeaba el perímetro de la playa. Una vez a su lado les susurré si me podían decir dónde estaba, a lo que uno de ellos respondió: “Estamos en  La Inconsciencia” pero no entendía cómo había llegado allí.





2-

Imágenes, imágenes sueltas y sin sentido perturbaban mi mente, instantes antes de conciliar el sueño. Miraba el techo como si fuera posible hallar allí la respuesta, lo recorría, focalizaba en cada una de sus imperfecciones, sus rajaduras, sus manchas de humedad. A mi lado, imperturbable, reposaba el cuerpo de mi amante misterioso. Por momentos,  me tentaba un vértigo que instaba a la punta de mis dedos a agitarlo para que despertara, pero me contenía. Recorría su figura desnuda,  que los contornos de la oscuridad ceñían.

Realmente, no recuerdo en que momento concilié el sueño. Me desperté sobresaltada y miré la hora en el reloj digital,  que con insolencia marcaba las cuatro. Un gusto rancio invadió mi garganta, como un manantial de lava hirviente que me perforó.

Como el día anterior me dirigí al baño, pero esta vez me lavé los dientes. Intentaba  no pensar, como si la realidad pudiera cambiar con sólo desearlo. Volví a mi habitación, allí mi misterioso amante me esperaba con mirada insinuante. Cuando estuve a su lado, me tomó fugazmente entre sus brazos e intentó seducirme, pero la confusión era demasiado grande como para agregarle más elementos.



Esta infinitud que se abría ante mis ojos me espantaba. Me puse a navegar meditabunda en los mares del recuerdo que creía mi recuerdo, los cuales se asemejaban a la realidad caótica que me rodeaba. De repente,  reparé en la cortina de terciopelo, material que me resultaba intrigante por su textura y capacidad de ocultamiento, siempre me había dado la sensación de separar dos realidades. Lo mismo me sucedía con el día y la noche, el universo no parece el mismo en uno y otro momento, me refiero a que los objetos parecieran empequeñecerse con la oscuridad,  siempre me hace  sentir vulnerable.

La noche parece pequeña, porque nos hace sentir pequeños, ya que disminuye nuestra percepción visual, en cambio, el día con su luz que todo lo corrompe nos ofrece la inmensidad. Ojo y visión son realmente interesantes tanto como sentido como por sus capacidades, nos permiten construir la “realidad”. Aunque quien carezca de tal sentido, tiene sus dedos que hacen a la vez de ojos y dedos; también  se confunden ver, mirar y observar.

Estas serían las tres fases de la visión: primero, ver, luego, mirar y recién después observar. Paso a explicar esta distinción: ver, es percibir por los ojos la forma y color de las cosas mediante la acción de la luz; mirar, es fijar la vista en un objeto aplicando la atención; y  observar, es examinar atentamente. Las dos últimas pueden parecer sinónimas, aunque no lo son porque la vista pude fijarse en un objeto aún estando con la mirada perdida, pero para observar es necesario centrar toda la atención.





Con sobresalto, propio de adolescente, se incorporó y fue a bañarse. El agua en una sensación casi purificadora, le recorría cada centímetro de su  silueta. Se secó rápidamente y fue a vestirse a la habitación. Así, tan silencioso como siempre, su amante había salido; eso la hizo sentir más tranquila. Lamentablemente llovía, entonces fue a tomar un café, en un bar céntrico. A los pocos segundos de instalarse en una mesa junto a la vidriera, una amable camarera se le acercó y le preguntó que se iba a servir, Am  le dijo: “Un café”. La jovencita se sonrió y le respondió: “Enseguida se lo traigo, señora”. Esa última palabra resonó en sus oídos y  con urgencia miró su anular izquierdo, donde con horror halló una dorada alianza de matrimonio… ni siquiera recordaba que era casada.

Cuando la empleada le acercó la infusión la bebió con apremio;  miró el reloj de la TV, que indicaba las seis de la tarde. Terminó su café, ya eran las seis y veinte, comenzó a marchar hacia el hotel. Como si su vida fuera una especie de película dramática, la lluvia comenzó a caer presurosa cuando puso un pie afuera de la cafetería.





      3- El crepúsculo y la noche eran mis momentos favoritos del día. La luz todo lo corrompe, no permite posibilidad de ocultamiento o disgregación, es tan fatídica; nada se puede hacer contra ella, no hay posibilidad certera que no nos haga desaparecer también a nosotros.



Fue un día realmente raro. Al llegar a mi hospedaje, arrojé mis llaves en la mesita de entrada. Mi dulce y tentador  amante me esperaba con cara de exigir una explicación, sin decir nada me acosté a su lado y me dormí.

Como carecía de toda inspiración hasta para dormir, decidí salir a caminar en las noctámbulas calles, atestadas de adolescentes de fin de semana que viven su inmadurez con total plenitud.

Las calles a esa hora aparentaban, en su atmósfera de humedad, una tranquilidad que me resultaba inquietante; me incomodaba ese silencio, esa tensa calma.

Prendí un cigarrillo para calentar mi espíritu, un poco empequeñecido a esa hora, el  impulso oral de la primera pitada me causaba un profundo placer. El olor del tabaco, cuando comienza a prenderse, es simplemente exquisito.

Mis reflexiones se vieron interrumpidas por la disputa de un grupo de perros en la esquina de un comercio gastronómico. Se peleaban por algo que no alcanzaba a dilucidar desde lejos, entonces decidí acercarme. Una vez a su lado, vi cómo se disputaban pedazos de pizza ya casi en estado de putrefacción.

De pronto recordé el espejo, ese frente a mis ojos atontados cada mañana; los perros eran el reflejo del ser humano, mezquinos cada uno en lo suyo.



La imagen frente al espejo, la imagen personal, pareciera desaparecer cuando no se refleja en ese trozo vidriado.

¿Y si realmente desapareciéramos? Sólo nos vemos nuestras manos, brazos, piernas y accesorios, pecho, a lo sumo, si giramos por encima del hombro, la parte inferior de la espalda, pero nunca vemos  el propio rostro (sólo parte de la boca y la nariz por el rabillo del ojo, dirigiendo la mirada hacia abajo) sin la necesidad de recurrir a un espejo. Será que nos hicimos dependientes de su reflejo, para ver cómo nos queda una prenda, un peinado, ¿acaso ya no confiamos en nuestra percepción? No,  necesitamos la aprobación del otro.





4-

Continué por la acera  de enfrente, caminando sin rumbo me dirigí a la zona costera. Me senté en el borde de la playa, donde unos borrachos rezagados dejaban sus desazones etílicas en la arena. Me preguntaba como seguiría la historia ahora, me negaba a creer en eso del destino,  fuente a la  que se inculpa de  todo lo que ocurre.



Muchas cosas me intrigan, una es eso del destino; por su relación con el hado y la casualidad, es algo que siempre me pareció contradictorio. Porque si al destino se le atribuye todo lo que sucede como marcado para cada  persona en particular, el hado o la casualidad no podrían producirse, puesto que son cosas que pasan de manera imprevista, y allí nos encontramos frente a otro gran concepto, el azar. Es decir, azar y destino se oponen, sin embargo el azar es en sí mismo contradictorio, porque se lo toma también como desgracia o contratiempo imprevisto; ¿sólo una desgracia puede ser imprevista?

Los juegos de azar, deben su nombre a esta palabra, se supone que conllevan algo positivo, una retribución económica, una posibilidad en un millón de que cambie la vida (aquí aparece la avaricia mirando de costado); sin embargo, las personas no dejan de confiar en esa vaga y remota posibilidad de salvarse, confían sus sueños a esa añoranza envidiada, deseada, entrañada con todas sus fuerzas maldiciendo la suerte del pobre iluso que gane, con envidia  sana,  la más sana que exista.

Los minutos corren el sorteo ha comenzado, quien haya tomado el mando intenta crear suspenso, la ansiedad va aumentando, uno se relaciona con personas que en otras situaciones ni siquiera miraría de reojo.

El interlocutor mira con emoción a su auditorio, caras, decenas de rostros expectantes esperando oír el número que transpira entre sus dedos. De pronto, suena el anhelado ganador: “treinta y ocho”, alguien entre la multitud, que en un primer momento no alcanzo a dilucidar,  grita: “acá, acá” con entusiasmo propio de un niño. Se acerca el afortunado ganador, recibe su premio, y la mecánica reunión se disuelve rápidamente. Cada uno abandona su momentánea esperanza de cambiar su vida, pero por un instante la esperanza sobrevoló en sus banales existencias.





5-

Después de un rato de dar vueltas sin rumbo, decidí volverme al hotel. Estaba cansada de no saber nada. Al entrar, ya estaba comenzando a clarear, mi amante decidió incorporarse de su somnolencia, y aturdido preguntó la hora, dije que eran casi las siete. Decidí aclarar las cosas con él; le pregunté si era mi marido, y me dijo que aún no, porque estaba dejando a su mujer, y yo a mi esposo, me preguntó sorprendido si estaba borracha  o qué. Yo para ocultar la sorpresa, le dije que era un chiste para ver qué tan dormido estaba, a lo que sonrió de esa manera que me hacía temblar, a pesar de conocerlo poco, o recordar poco  de lo que lo conozco, es un ser en seducción constante.

Entre besos fogosos decidí sacarle más información, con frases tales como ya ni recuerdo cuándo fue el día que me enamoré de vos; a lo que respondía “fue esa  vez en la estación terminal de trenes, cuando vos despedías a un familiar y yo a mi mujer”. Nos quedamos como se quedan todos después de la partida de un ser querido, disimulando el nudo en la garganta que nos provoca su lejanía. Luego de unos minutos reparamos en que sigue nuestra rutina y nos reponemos rápidamente. Salvo algún que otro romántico que observa el tren alejarse hasta perderse, mientras una lágrima resbala sigilosa por su mejilla.

“Te vi a mi lado, como si hubieses aparecido instantáneamente. Parecías triste y feliz a la vez, con la ansiedad y la espera del nuevo encuentro; yo en cambio, sentía un gran alivio con esos días que mi mujer había decidido pasar en casa de su tía.

Nos vimos, y al unísono se produjo la conexión, nos miramos a los ojos como se miran los enamorados, y vos me dijiste si quería ir a tomar un café. Yo te respondí que era una lástima no hacer que ese primer encuentro fuera inolvidable.

Asentiste, pero con algo de culpa (que me confesaste después), y fuimos a un hotel de mierda, lindero a la zona céntrica. En el ascensor comenzó todo cuando nos besamos con pasión. Casi ni recuerdo en que momento nos quedamos completamente desnudos, sintiendo la piel del otro. Mientras nos deseábamos acariciaba cada perímetro  de tu cuerpo, esa suavidad de la piel tan agradable al tacto, los aromas de los cuerpos, tu agradable perfume. Todo fue tan apasionado que no puedo decir cuánto tiempo estuvimos así. Después de ese día siempre se repite la misma sensación, el sólo tenerte cerca, percibir el calor de tu piel aunque sea por un simple roce, por pasar a tu lado, es sublime.

Y cuando me ignoras, pero sé que me observas, que lo disimules es más estimulante aún, esa certidumbre de culpa por el simple contacto físico me produce adrenalina”.



La inspiración de las musas se fue”. Mal comienzo para el final del relato. Me besó con el fulgor que había descripto de antaño. Pero yo no tenía ganas de contacto corporal con alguien que ni siquiera recordaba amar, así que me alejé y me encerré en el baño. Me sentía muy aturdida y me preguntaba por qué si estaba dejando a mi marido,  todavía usaba el anillo que me conectaba con esa otra persona que tampoco recordaba. Esa era una de las cosas que aún no me atrevía a preguntar.

Lo peor del asunto era que ni siquiera recordaba de dónde venía, en una primera instancia está claro: del vientre de mi madre, me refiero a mi lugar de origen. Todo a mi alrededor me parecía artificial, como esas flores del jarrón en la habitación, el amor de mi pseudoamante también me parecía mera ficción; algo que se mantiene por el sólo hecho de transgredir lo moralmente correcto, pura apariencia.



Siempre odié las flores artificiales, su eternidad me parece inquietante, sigo prefiriendo las flores recién cortadas que al menos conservan un poco de vida y aroma todavía, aunque ya estén agonizando.

Así me sentía,  con la inocencia de una flor,  de una flor que acaba de ser arrancada,  pero a la vez sentía  perniciosa mi alma y estaba asolada por la superficial vida que aparentemente llevaba; no podía concebir que no hubiese tenido el valor de decirle a mi marido que nos separáramos y en cambio, hubiese comenzado a ver a otra persona.

Los minutos en el baño corren más lento cuando uno quiere hacer tiempo, comienzan a invadirnos los olores y aromas propios de este. Jabón, restos de shampoo y demás complementos capilares, algún perfume barato que utilizamos últimamente, pasta dental snow mint, ¿de dónde sacaron eso de nieve mentolada?, la nieve es fría, acuosa, pero no mentolada, esas equivalencias me entorpecen el pensamiento. Toallas con el logotipo del Hotel, una fina cortina de baño bordada con hilos dorados; ¡qué elegancia!, y yo acá con mi desnudez  sentada encima de la tapa del inodoro, con la rodillas sosteniendo el mentón, y con dos lágrimas que se deslizaban por mi cara, odiaba llorar en silencio, es una mierda ocultar eso de llorar a mares, pero si  Julio me sentía llorar seguro venía a ver qué me sucedía y no tenía fuerzas para dar explicaciones.





6-                          Nunca pude fingir lo que no era, lo cual a veces complicaba  mi relación con los demás.



 Algunas veces el silencio es hermoso, ese silencio ensordecedor de la madrugada que ni siquiera distrae de los pensamientos, ojo con eso de pensar que algunas veces cuando estás perdido en tus vacilaciones se acerca alguien y te pregunta si te pasa algo que estás con cara rara; “que tus palabras sean dignas del silencio que vas a romper” recordé haber leído en algún lugar, era una frase muy sabia. El silencio en compañía de alguien que camina a tu lado, como recordaba haberlo hecho en  esas tardes de vacaciones en alguna ciudad balnearia que ahora ni recuerdo su nombre, con el walkman encendido, mirando con complicidad a tu compañero. Cuando las palabras sobran es que la conexión entre esos dos seres por fin se estableció, los gestos, las miradas alcanzan para comunicarse.

Esas largas caminatas con el sol a punto de ocultarse eran insuperables, la brisa golpeando el rostro, el descenso de la temperatura del lugar, el mar que la música decoraba pero no me permitía escuchar, era perfecto para esos paseos que tanto extrañaba.



 Muy lejos estaba de esas playas,  y en cambio no sabía que rumbo tomaría mi vida a partir de ese momento. Eran ya casi las nueve entonces decidí matar la nostalgia con una caminata en la playa aunque sin compañía esta vez. Salí a toda carrera del cuarto y me  encaminé hacia la costa. 

Había llegado a ese punto de la vida en que a pesar de que todos pensaban que sabía lo que hacía, en realidad no sabía nada. El aire ya mostraba la cercanía del mar, por su aroma y  el sonido del oleaje. La brisa  en el rostro siempre calmaba mi mente. Busqué un lugar para sentarme a contemplar el mar, su inmensidad, frente a mi pequeñez. 

Frente al mar cerré los ojos porque para escuchar es necesario anular la percepción visual, ya que no es lo mismo escuchar que oír. Escuchar es oír en especial con atención; y oír es percibir los sonidos, en tanto que percibir[1] algo no significa prestarle atención necesariamente.



Me levanté y caminé por la arena húmeda. Canes caminaban sin rumbo fijo, en busca de la complicidad de alguien. Esa imagen se asemejaba bastante a lo que sería, en términos más filosóficos, la libertad, hacer las cosas sin pensar en lo que vendrá, sin tiempo, sin dioses, sin leyes que rijan nuestra existencia.









7-

“All that jazz”. Volví al hotel,  escuché unos discos que me había comprado cuando me enteré de existencia del tocadiscos. Buenos y baratos. Jazz, Tango, Rock sinfónico. Puse el primero de ellos y enseguida se me aparecieron imágenes en la mente de esa infancia con mis padres, los discos de jazz de mi padre, el odio y posterior amor a este género musical, la pasión de sus notas, la delicadeza de sus acordes lejanos, sus pianos que retratan el ideal de audición de la música; los contrabajos, las trompetas, saxos, trombones, y la insipiente batería. Los climas que se crean a través de las notas, pasión y quietud, nostalgia.

Los bailarines que se contornean en la pista de baile. Al ritmo de la música, romance puro, el contacto corporal, que la melodía avala sin prejuicios y la gente se lo permite sin cuestionar, el baile es una convención social. Ese acordeón insolente del tango que se atrevió a contar lo que nadie hasta ese momento. Ese saxo que prueba nuevos rumbos y lo acompaña, la guitarra infaltable que cautiva a su ejecutor con su resonancia eterna, que emociona, sí,  con lágrimas, como las que te arrancó tu canción preferida la primera vez que te sonó en el oído. Se te eriza la piel por el estímulo de tu audición, se pierde control sobre el propio cuerpo. Cerrás los ojos para concentrarte sólo en eso. Pensás  que tendrías  que estar cumpliendo con alguna obligación,  pero con  un permiso casi dionisíaco te entregas al placer de escuchar.





Cuando digo escuchar  recuerdo que debería haber empezado a escuchar,   a percibir antes; eso de disfrutar cada momento sí que es realmente sabio. Cuando por fin me percaté de quién era, qué hacía ahí,  era el fin, como el final inesperado de una gran película. Todo comenzó cuando sentí los alaridos de tía Gertrudis: “¿Por qué? Era una chica tan joven. Ni siquiera tuvo hijos”.



 Podía verlos a todos, pero ellos no me veían: mi ex marido, razón del anillo; las tías, que nunca me soportaron, los hermanos, con los que  diferí en muchas cosas pero también pasé con ellos buenos momentos; ese sobrino, pariente que todos detestan y que sólo algunos miran con un brillo especial en los ojos porque se atreve a decir  y a hacer eso sobre lo que los demás dudan; algunos amigos,  que no lloran si no que ríen recordando algunas anécdotas. Me hacían sentir nostalgia de mi viejo estado, en el cual me podría haber destapado una cerveza para beberla juntos. Pero ese era el fin temporal de mi existencia, tal vez solamente fui un personaje más de esta vida. Me voy,  no quiero estar cuando cierren la tapa del féretro, desoyendo mis deseos de ser cremada. Aunque como siempre lo pensé para el día que dejara esta existencia pasajera, si pudiera cambiar algo de lo que viví sólo cambiaría una sola cosa: trataría de ser más sincera; no los hubiese angustiado con mi triste final y les confesaría  que tal vez sólo sea  el capricho de un escritor trasnochado.











“Ilusiones arrancadas”.



Era bastante escurridiza, aunque por fin dieron con ella. La venían siguiendo, cuando se dio vuelta se escondieron tras un auto estacionado. Desde allí la vieron entrar en ese barsucho de mala muerte al que iba siempre. Alejandra era estafadora, su especialidad eran las obras de arte.

Dicha ocupación, le había permitido conocer muchos museos en el mundo. Tal vez fue su gran admiración por el arte lo que la había acercado a este oficio. Sin embargo, tenía principios. Había trabajos que no se podían realizar. Así cuando fue a París, al museo de Louvre, le pidieron algo muy arriesgado: traer consigo hasta Medellín a la Gioconda; esa fue la única vez que desistió de un trabajo.

Pero, la adrenalina fue más grande y con su último compromiso sobrepasó los límites y los códigos de la “profesión”. La tarde del 19 de mayo fue a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Había muchas pinturas grandiosas entre la colección permanente del lugar, pero una llamó su atención especialmente: era de Frida Khalo, su artista favorita.

Esa tarde, recorrió excitada el museo. Se quedó anonadada contemplando aquella pintura. Luego de un rato sintió que le tocaban el hombro; era un guardia de seguridad que le dijo:

‘’- Señorita, son las seis el museo ya cierra sus puertas-‘’ y le indicó por donde era la salida. Había perdido la noción del tiempo.

 Ir a los Museos de Buenos Aires le causaba  gran entusiasmo,  como nunca la habían atrapado en sus anteriores “tareas”, podía andar libremente por esos paseos culturales. Al salir compró un suvenir que rezaba: ‘’Malba. Colección Constantini’’. Cuando salió de allí ya bajaba el sol, así que fue rápido para su casa, debía planear cuidadosamente cada detalle.



Aquellos hombres seguían los pasos de Alejandra hacía tres meses. Eran agentes secretos que trabajaban para la policía. Según sus cálculos ese día sería su último golpe. Los dos sujetos estacionaron su auto en la entrada lateral del museo, pues el robo se llevaría a cabo el día siguiente a la noche.

A las 21:30 hs. del día siguiente, todo era silencio. Hasta que se sintió el eco de sus pasos felinos. Allí estaba ella, trepada al techo y violentando el conducto de ventilación. Se deslizó como gusano hasta el salón de exposición permanente, al salir del conducto saltó al suelo. Frente a ella, como una señal, estaba el cuadro de Frida.  Una vez más lo contempló absorbida en sus pensamientos.

Sintió una sensación casi orgásmica cuando su navaja se hundía en el liencillo. Cuando ya casi había finalizado,  mientras una mano sudorosa le cubrió la boca, una voz le susurró al oído: “¡Te atrapé gatito!”. De  repente, se encendieron todas las luces. Alejandra no entendía cuál había sido su error.

Como acostumbraban los “rudos” oficiales, rápidamente la trasladaron hasta el cuartel central de policía, entre insultos, manoseos  y empujones. Mientras tanto  la pobre Frida permanecía arrollada bajo el sobaco del agente; este no dejaba de mirarla pensativo:



-       ¿Para qué te arriesgas tanto piba?- preguntó intrigado.



-       Por la manera en que llevas la pintura no lo entenderías- dijo indiferente.



La mirada de la joven bajó y se fijó en el húmedo pavimento de la ciudad que ya despertaba. Era tal su pasión por el arte, que jamás comprendería la gravedad de  lo que acababa de hacer. Finalmente, fue condenada a diez años de prisión, por este y otros delitos que se le comprobaron;  sin embargo, nada de esto le importaba. Todavía tenía sus bocetos, sus telas, lápices y pinceles. Al menos había sentido entre sus dedos la textura de las pinceladas de Frida, lo cual  con seguridad jamás podría olvidar.





“Servus[2]

                                                                                                       



El día que decidió escapar no podía parar de mirar por  encima de su hombro, en su intrépida carrera que lo llevaría, si nadie se percataba de su ausencia, hacia la libertad.  Corría, corría, escapaba de su dominus, recordaba sus patéticas actividades diarias: cargar a ese zángano por todos lados, limpiar, cuidar la entrada de la casa  y como es de esperarse, era objeto de todo tipo de ultrajes por parte de su noxius dominus[3].  En su estrepitosa correría  sintió que algo  le corría tibiamente por el rostro,  tras el chicotazo de una rama, se llevó la mano a su sudoroso semblante y la sintió mojada, pero no podía dejar que eso lo paralizara, era su oportunidad de ser libre.

 A pesar de los calambres que ya invadían sus cansadas piernas no se detenía, recordaba los azotes por las tareas incumplidas y eso parecía como vitaminas para poder seguir en su cansino trote; árboles, árboles que en la oscuridad parecían infinitos, o finitos y curvos, interminables, eso era lo que más lo atormentaba, perderse en el bosque y nunca más volverse a encontrar, su agotamiento le impedía mantenerse en pie. Entre ensoñación y vigilia le pareció ver una luz, luz o destello de luna que entraba con haces en la penumbra forestal.

Por un tiempo sintióse inquieto, porque podían ser otros servus o bien algún conocido de ese pérfido señor suyo; detuvo su huída para pensar qué hacer, después de una omisión perceptiva, decidió casi sin pensarlo acercarse a merodear, que era lo que había adelante en su destino. Cuando acercóse, sintió el aroma típico de las ramas de pino en contacto con el fuego, también le llegaron unas cuantas risotadas etílicas que lo perturbaron. Cuando casi podía tocar lo que encontró, comprobó con pavor que él estaba sentado en esa tertulia riendo, riendo sin poder parar… Si él estaba allí bebiendo y riendo en esa atmósfera caloriforme… ¿quién era el que lo buscaba?…Con espasmódico terror comprobó que él ya no era él, sino que se había metamorfoseado en su infame amo, que se aproximaba hacia Servus con sigilosa calma empuñando su lustrosa daga de plata.

“Máscaras, no se queden sin la suya”.        



        A los que gozan de la literatura.



B… no era ni hombre, ni mujer, ni blanco, ni negro. No era Dios, claro sus problemas eran de otra índole, seguramente el Señor estaría más ocupado que él, eso es evidente porque hoy en día la gente comete atrocidades en su nombre. B… no era una persona fácil, a veces sentía que no comprendían exactamente sus palabras, los que intentan buscarle un significado, único y acabado a todo lo que los rodea.

Por eso es que él era uno y todos, y en todos los lugares posibles a la vez. Una vez decidió no contar más su historia, esta Sociedad que condena lo distinto lo tomaba por loco. Además, no comprendía como la gente no se aburría de ser todos los días la misma persona. B… se había propuesto ser una persona disímil diariamente.

Para realizar esta ardua tarea es que llevaba siempre con él su mochilla, su vieja y querida mochila donde guardaba sus múltiples máscaras. Por todo esto, su interacción con la gente era complicada, puesto que a la vez era y no era, era todos y no era nadie. Por eso se cubría con un sobretodo negro hasta los tobillos.

Las máscaras a su vez, le servían (al menos creía eso) para vislumbrar como actuaba la gente de su universo; eso le hacía creer que controlaba sus vidas. B… era en esta oportunidad un viejo terapeuta reconocido en su país de origen, digamos Grecia. Su estilo, criticado por muchos y admirado por otros, era dedicarse a escuchar al paciente al menos en la primera sesión, sin emitir expresión alguna (como él hubiese querido hacerlo cuando recurrió a esas terapias).

En otra ocasión, se encontró como orador frente a un grupo de estudiantes universitarios, dictando un Seminario que se llamaba “Literatura y apariencias”. En el transcurso de la clase, se encontró con  un grupo de pseudoescritores cuya única meta era obtener a la salida su certificado de asistencia. Sin embargo, cuando el salón se vació, notó que un alumno lo aguardaba. Al aproximarse le dijo “Nunca leí nada suyo, pero me atrapó el título del seminario”. B… con una sonrisa socarrona le respondió “No creo que seas el único de esta sala al que le sucede eso”,  y agregó: “Al llevar adelante esta clase…esa era un poco la idea, despertar la curiosidad, la avidez por el conocimiento”.

El joven lo miró un poco extrañado de sus palabras, se nota que no era la respuesta que esperaba oír. Seguramente hubiese preferido algo como:”Bueno gané el Premio Cervantes, fui nominado en dos oportunidades al Premio Nobel de Literatura, pero una me lo ganó BorgesCervantes, fui nominado en dos oportunidades al Premio Nobel de Literatura, pero una me lo ganó Borges y la otra Cortázar”. Su actitud de subestimación distó mucho de conmoverlo.

         Esos y muchos otros eran los sinsabores que le producían ser muchos a la vez. No tenía familia ni amigos,  sus efímeras vidas se lo impedían. Nadie lo conocía, ni siquiera era un recuerdo en la memoria de alguien; eso lo frustraba un poco, pasaba su vida tratando de darle sentido a la de los demás, cuando no le encontraba sentido a la suya… Pensaba, pensaba… El final del día le producía escalofríos e incertidumbre ante el futuro un poco incierto. Sus frecuentes incógnitas  lo hacían vacilar, como cuando se encontró al principio de esta, su historia, con el cursor latiendo en la página en blanco.  Cuando comenzó a escribir su propio cuento.



“Le Pappier”.



            Pappier venía rodando por la calzada que rodea la zona portuaria. Pasó insolente frente a los autos estacionados en el semáforo. Todos lo ignoraron: uno miraba el reloj como si alguien lo corriera, otro estaba sumergido en sus pensamientos mientras que un vendedor ofrecía caramelos faltos de sentido.

 Continuó así por cuadras, incesantemente empujado por el viento. Por momentos, pequeños torbellinos de ventisca lo impulsaban por los aires pero volvía a caer,  para ser pisoteado por algún transeúnte. Con el correr de los días su anatomía fue envejeciendo. Su color cambió levemente de blanco pálido a amarillo mugriento.

 Aquel recordado día había amanecido gris. Pappier transitó una a una las calles aún en penumbras sintiendo la fresca brisa en la cara. De pronto, vio un conglomerado de perros. Pero la visión se quebró por los gritos de una anciana, quien corrió presurosa hacia adentro de su casa. Pappier se olvidó de su condición y miró a la vieja dama, que sin ningún reparo juntaba todo y lo metía  en una bolsa. Esa fue la última aventura de ese ser que por unos días se olvidó que era un simple papel de diarios.  Su última anécdota fue el viaje que no llegó a completar al predio de disposición final de la basura, porque murió asfixiado en la bolsa, que con furia cerró aquella anciana.



                                                                                         



“Perdidos en el otro”.



                Al silencio de la sala de lectura de la biblioteca.          



Puertas giratorias, guardias de seguridad, bolso en un bolso más grande con candado, “es por los robos”, pago la cuota, subo la escalera, miro hacia la calle, donde transeúntes van y vienen sin mirarse, autos, colectivos; miro a la derecha, alguien que no lo necesitaba subió por el ascensor, gente leyendo en los sillones, mesa ratona atestada de libros, cuadernos con resúmenes y la fotocopiadora en el génesis de su creación con sus tintas que todo lo multiplican.

 Voy a la base de datos, resoplo porque no está el libro, las  teclas no funcionan, los empleados dialogan para pasar el tiempo, porque nadie se acerca o casi nadie va  a leer por placer, sólo lo hacen para obtener datos acerca de… cualquier tema.

Me interno en la sala de lectura, sin mirar a mi alrededor  busco un lugar vacante. A la izquierda, varios anaqueles con libros de arte, historia, arquitectura, esperando ser descubiertos por algún lector.

Una vez en ese lugar, comienza la etapa del cruce de miradas, buscando complicidad con alguien. En ese instante, uno se muere de curiosidad por saber que leerá aquel joven del rincón, sentado en esa mesa junto a los ancianos, que todos ignoran. Él, totalmente compenetrado en su lectura, ni siquiera se percata de nuestra presencia; uno/una se distrae de su lectura reiteradamente y el/ella ni nos ve, mira u observa.

 El joven en cuestión se ha ido del mundo, y su imaginación  está en la fase de mayor trabajo se ha evadido del universo; toma notas en su cuaderno, totalmente abstraído en sus pensamientos, nada más existe se ha olvidado de quién es y su cerebro no está interesado en recordárselo, sólo importa su objetivo, para qué está ahí en ese momento, buscando  con la excusa de algún trabajo con el cual se apasionó y que sus compañeros, menos apasionados se lo pedirán después.

A veces cuesta concentrarse cuando la mente ya sabe que tiene carta libre para volar, uno/una no la condiciona a memorizar simplemente, porque eso sería demasiado fácil, la deja que vague por la sala  de lectura (silenciosa), para después volver adentro de nuestra cabeza.





Me acerqué a los estantes con libros de historia, como mi investigación estaba orientada hacia…no sé bien hacia donde buscaba, y miraba sin ver. De pronto, miré hacia el rincón y el joven ya no estaba, había desaparecido. Observé por encima de mi hombro y lo vi salir a toda carrera de allí.

 Inconscientemente, me horroricé porque cuando iba a volver sobre mis libros me vi saliendo de la sala también, miré mis manos y tenían libros que no recordaba haber sacado, fui como de costumbre a liberar a mi bolso y la señora casi sin mirarme me lo entregó amablemente; antes de salir tenía que ir hasta el baño.

Cuando me dirigía  hacia  el baño de las damas, sentí la voz del guardia que alterado me decía: “¡Nene! ¿Adónde vas? ¿Qué estás loco?”. Mi cara de asombro debe haber sido enorme, porque me dijo que no me hiciera el tonto. Decidí no contestar a la negativa del hombre, que seguramente pensaba que para ser mujer había que usar pollera y blusa y me fui sin decir más.





Una vez en la calle, el ruido natural de la gran ciudad, autos, motos todos sonando al unísono como si hubiesen esperado a que yo saliera para ensordecerlo todo. Sin embargo,  era un día perfecto, sólo un día perfecto de lectura piadosa de libros olvidados y nada más.

En la avenida nadie se percataba del paso del tiempo, podrían ser setenta u ochenta años que para ellos sería exactamente igual.  Ese vasto emporio de saber que es la biblioteca me permitía volar, así me imaginaba que era otras personas como si se tratase de personajes de un libro; de esos libros que muchos olvidaban y tristes esperaban a ser leídos, como los que llevaba bajo el brazo en ese momento o como los que se habría quedado leyendo esa chica que me miraba intrigada en la sala de lectura.











II- De charlas efímeras y otros menesteres.



                                                             Basadas en historias reales que fueron transformadas en ficción.



“Sociedad”.



No viven ese momento y ese  lugar. Están en un lugar pero no lo están. Primero tendrías que pensar en lo que implica usar un teléfono (celular): “Conjunto de aparatos e hilos conductores con los cuales se transmite a distancia la palabra y toda clase de sonidos por la acción de la electricidad”;  y qué pasa con lo que sucede en ese momento y en ese lugar que pareciera volverse menos importante, cuando llevás a tu hijo a la rastra por la calle sin darle atención alguna por el apuro de llegar a quién sabe donde.

Lo mismo las triviales charlas impersonales por chat, no todas,  sólo las triviales. Cuando la charla es intensa, interesante, profunda o atrayente parece bueno, pero cuando no te podés comunicar con los que están a tu alrededor resulta realmente preocupante, cuando no podés cruzar dos palabras sin pelear, es que te estás olvidando de las reglas de  interacción personales que necesitan del sonido de las palabras, de la presencia, de la vista, de los perfumes y olores que despiden los cuerpos, de las partículas de saliva que filtran por ahí, de la sonrisa cómplice y  de la sonora carcajada, cuando en el medio virtual te limitas a un estéril: “jajaja”.

La virtualidad de las charlas se vuelve efímera, a veces ayudan a contener un mal momento a la distancia, pero otras veces te dan ganas de terminarlas instantáneamente. Mientras el café se enfría en la taza, mientras la mayonesa del sándwich se chorrea por la mesa de la computadora, seguís desperdiciando el tiempo en charlas triviales que no conducen a ningún lado y que no tienen ningún fin porque se convierten en charlas desordenadas o anárquicas,  en las que ambas personas terminan hablando a la vez, distan mucho de ser una  charla profunda, enriquecedora, estilo especulación socrática; en cambio,  todo queda sumido en “grito colectivo” en el que ambas personas apenas pudieron decirse cómo se sentían en ese momento.







 “Viaje en taxi”.



 El viaje iba a ser uno más de la clínica como ya lamentablemente estaba acostumbrada, la charla entre chofer y pasajero,  comenzó con el estado del tiempo,  pero luego se fue desviando hacia otros caminos. Primero fueron especulando sin detenerse como dos expertos economistas sobre que debería hacerse con el conflicto del campo, luego a que así no se puede seguir con las cosas que aumentan todos los días, más tarde llegó la inseguridad.  Estaban en un punto de la charla en que los caminos de las palabras pueden volverse algo oscuro. El chofer comenzó a “rezar” casi con cautela para observar la reacción de la señora  “en la época de los  militares estábamos mejor, podías andar tranquilo en la calle que si no andabas en nada `raro´, no te pasaba nada, a veces paraban el colectivo y les pedían el documento a todos pero bueno estaba bien…”.

El hombre seguro de estar en lo correcto continuó: “Ahora con la democracia cada uno hace lo que quiere,  te matan, te roban, y nadie hace nada, no hay justicia. Encima los del gobierno se roban todo y me hablan de democracia, que se dejen de joder estos que nos gobiernan. Pero los argentinos somos como ovejas, nadie hace nada, cada cual a su corral”.

Luego el viaje continuó unas cuadras en silencio. El conductor y la pasajera terminaron de hablar. Habían sacado todas sus miserias  a relucir. No se habían guardado nada, hasta que llegando a la zona céntrica se toparon,  como es costumbre cada jueves, con un grupo de ancianas que portan pañuelos blancos en sus cabezas como símbolo de la búsqueda de sus hijos desaparecidos durante el gobierno dictatorial.

El hombre con cara de disgusto dijo con sonrisa socarrona: “Encima estas viejas vienen a reclamar por los hijos que eran todos terroristas y ponían bombas en las escuelas”. La mujer no le contestó nada, luego de quedarse pensando un momento agregó: “lo que sucede es que usted no es madre, no sabe lo que se siente perder un hijo y en esas circunstancias”. El hombre se quedó mirándola paralizado, no sabía qué decir. El viaje continuó en silencio, la mujer le indicó que era en la otra cuadra. Cuando el auto se detuvo la mujer sacó el monedero y le dijo al hombre:

“Esta conversación no se preocupe que me quedará grabada y le comunicaré a las autoridades que ya encontré al hombre que torturó a mi hijo hasta matarlo… ¿Ahora sos taxista hijo de puta, y encima seguís pensando que lo que pasó en aquellos años estuvo bien?, ya vas a tener noticias mías, pero esta vez va a ser la justicia la que se encargue de decidir”.

La mujer bajó del vehículo y cerró la puerta de un golpe. El taxista emprendió su huida a toda marcha hasta perderse a la vuelta de la esquina, total no iba ser la primera vez que escapaba como una rata.





“En un banco cualquiera”.



En la cola del banco nos solemos topar con ese tipo de personajes que no paran de hablar de su vida con quien se aparezca a su lado. La vieja confiada no dudaba en contarle al joven de suéter blanco atado en los hombros, que iba a sacar plata para mandarle a su nieto un giro, para que se compre el pasaje de vuelta de España, adonde había ido con la promesa de una vida mejor y terminó trabajando por dos pesos.

 “Bla, bla, bla”, pensaba  el joven mientras  le esgrimía una sonrisa a la anciana que no paraba de hablar  ni un segundo. El joven, en tanto,  miraba impaciente la fila que no avanzaba hacía ya varios minutos, sin querer resopló y la anciana le dijo: “perdón querido te estoy aburriendo con mis historias…” y puso una cara de tristeza infinita que logró conmover al joven que sintió un poco de culpa y le respondió: “No,  perdón abuela, ¿sabe lo que pasa?,  es que estoy apurado, y esta fila que no avanza la puta madre…”. El joven se sonrojó por sus palabras, a lo que la vieja dama agregó una sonrisa de compromiso, y casi sin planearlo una lágrima rodó por su mejilla.

El joven desorientado no sabía qué hacer y le dijo: “abuela disculpe si dije algo que la hizo poner mal”. La vieja respondió: “No te preocupes hijo, en realidad sólo vengo a cobrar la jubilación no tengo a nadie a quien enviarle dinero, perdón por la mentira”. A veces suele inventarse este tipo de historias cuando está sola y se las termina creyendo.

De repente, entre la multitud de clientes impacientes apareció una mujer que miraba con cara de preocupada  entre la gente, hasta que se acercó hasta donde estaba la viejita y le dijo: “¡Abuela adónde te habías metido, no me puedo descuidar un segundo con vos eh…! Disculpe señor si le dijo algo indebido es que está un poco senil la pobre, se la pasa inventando historias”.

El joven no lo podía creer: había sido engañado por una anciana solitaria…pero qué tanto,  después de todo había pasado el rato y el siguiente número que llamaron era el de él. Entonces volvió a su vida y se olvidó para siempre de aquel ridículo episodio.









“Conversaciones telefónicas”.



Suena el teléfono. Del otro lado,  se escucha a la telefonista con su voz sobradamente amable: “Hola si ¿qué tal? Buenos días,  mi nombre es Andrea, lo llamamos de su compañía de celulares. Como es muy buen cliente queríamos ofrecerle un plan donde usted, que actualmente paga 0,95 centavos el minuto le ofrecemos uno nuevo adonde usted paga solo 0.60 centavos el minuto, ¿le interesaría cambiar de plan?”.

Ante el silencio esperanzador de la telefonista que recibe una respuesta a modo de bofetada un frío: “por ahora no me interesa”. La promotora telefónica ante la frialdad del cliente insiste: “Pero hay mucha diferencia con respecto a lo que usted paga actualmente el minuto, ¿de verdad no le interesa?”. Del otro lado,  se vuelve a escuchar un: “No, no, no”. La vendedora se da por vencida y se despide con los brazos vacíos. Pero cuelga el tubo y se siente aliviada, mira el siguiente número en la lista y continúa su ardua tarea de intentar modificar los destinos telefónicos de los clientes.







“Compras efímeras”.



Una de esas tardes de recorrida sin sentido buscando una prenda para alguna ocasión en la que nos vestimos de “persona”, nos encontramos con ellas, las vendedoras, persuasivas por naturaleza si las hay. “Ese vestido es hermoso” o “te queda divino” o “también lo podés combinar con…” la lista podría continuar por largo rato, pero nos quedaremos con esos ejemplos que resultan bastante esclarecedores.

Dudamos si queremos pertenecer al  mundo de la moda actual y por un momento caemos en la tentación de comprar aquella prenda que luego quedará archivada en algún rincón del placard. Nos miramos en el espejo del probador y pensamos en  la reacción que tendrán al vernos inesperadamente con esa prenda, “te queda hermosa” o “mirala cuando se viste bien cómo cambia”. Dudamos en el probador por tratarse de un estilo bastante diferente del clásico “fue lo primero que encontré y lo único limpio”, pero incluso así decidimos llevarlo. Para sentirnos por un rato cargadas de glamour barato. Para creer que pertenecemos al mundo de las personas normales que visten a la moda, que usan autos 0 Km., que usan celulares con mp3, 4,  5 y muchos accesorios más para tener vidas menos miserables.







“En la cola del supermercado”.



La cosa iba lenta. La fila no avanzaba aunque se trataba de la moderna caja Express: “menos de 10 productos”. Comenzamos a observar a nuestro alrededor casi de manera desprevenida. Vemos que en el carro vecino desbordan las hamburguesas congeladas, las salchichas de Viena, los yogures 0% grasas trans- plus- ultra, y los productos cosméticos. Por un momento,  nos convertimos en adivinos del destino que tendrán esos productos. Seguramente una familia, jóvenes ambos padres con 1 ó 2 hijos de entre 8 y 12  años. ¡Bingo!,  vemos venir corriendo hacía el carro de mamá que lee las instrucciones de la crema de limpieza nocturna, mientras los niños depositan en el carro bolsones de comida como papas fritas, chizitos, etc. Mamá los mira con ternura como diciendo que lindos son a esta edad, pero no piensa todavía en los futuros infartos de sus hijos por comer esa basura envasada.

Lejos estaban esos años en que se reventaba con sus amigas en los boliches y se levantaba con una resaca terrible al otro día,   con  un dolor de cabeza insoportable. ¡Qué tiempos aquellos!, se dice para sí. Y continúa leyendo las instrucciones del producto cosmético.







“El asiento en el colectivo”.



La vieja subió con cara de peleadora antes de sacar el boleto. Estaba desesperada por posar su vieja y cansada osamenta sobre el incómodo asiento del transporte público. El viejito enclenque en el primer asiento de la izquierda, en el de  la derecha una mujer embarazada, perfecto.  En el asiento siguiente un pibe de unos 16 años con el mp3 a todo volumen, con pelos renegridos y enmarañados por la ausencia de la limpieza diaria.

Entonces,  la vieja se paró con mala cara a su lado. El correr de las cuadras hacía enfurecer más a la vieja dama, que comenzó a apretarlo con su cartera. El mancebo salió un momento de su mundo privado y le dijo: “Señora me está empujando”, la vieja con simulado cansancio le dijo que lo que pasaba era que casi se había caído por el brusco movimiento del colectivo. El adolescente miró al colectivero que iba muy lento casi a paso de hombre, se volvió hacía la vieja  y la miró con cara de duda. Con expresión de fastidio se levantó del asiento,  ya que no había sido un buen día en la escuela. Cuando hizo esto miró a su alrededor con cara de asco.  Había meditado mucho sobre este día,  sobre cómo lo resolvería, sobre cómo sacaría toda la mierda afuera. Halló en el bolsillo de su campera el  calibre 38 corto de su padre y le vació el cargador en la cabeza a esa vieja que había sido la gota que colmó el vaso.





“La generosidad de la autoridad”.



Acá viene la parte en que la historia empieza a tambalearse como un adolescente embriagado en una madrugada de invierno. Las autoridades suelen parecer generosas cuando se trata de lo ajeno. Los controles de gendarmes, policía bonaerense y prefectura se multiplicaban en las calles. La gente sentía una falsa sensación de seguridad que los embriagaba por completo.

La situación era clásica y conocida: detener autos al azar o que resultaran sospechosos, pedirles documentos de identidad y papeles del vehículo para garantizar que habían sido adquiridos por medios legales. El tema de la identidad era otra cosa, esto se hacía  con el fin de verificar que esa persona no tuviera antecedentes penales o que no fuera potencialmente sospechoso o peligroso para el resto de la sociedad.

Cada día durante semanas se habían encargado de esquivar el control policial, no porque fueran delincuentes sino porque no tenían simpatía por los organismos de control del Estado, que actuaban por estímulo-respuesta, practica inútil hace ya tiempo, en una sociedad en la que todos reclaman un cambio global pero en la que nadie está dispuesto a dar el primer paso.

Esa tarde habían decidido tomar un paseo pero ya no se querían seguir ocultando como delincuentes sin serlo. Así que siguieron camino por la avenida principal. Como era de esperarse el oficial con cara de “¡qué bien que hago mi trabajo!”, les hizo señas para que se detuvieran.

El joven y su mujer se miraron. Pusieron cara de disgusto y se detuvieron antes de llegar a la esquina. El oficial,  con el arma en la cintura,  se acercó hasta el auto y les dijo:

“Buenas tardes, me permite los papeles del auto, es sólo un control de rutina”. Los jóvenes se miraron con cara de enojo hasta que la chica no se pudo contener más y le dijo: “¿Ustedes están para cuidar a la gente?”, a lo que el oficial respondió:

“Claro señorita”. La joven agregó: “¡Ah bien! Entonces qué era exactamente lo que hacían sus fuerzas cuando hubo 30.000 desaparecidos; cuando casi en dos oportunidades se intentó derrocar el gobierno democrático; cuando dos atentados por razones religiosas asesinaron muchas personas; cuando despareció Jorge Julio López por el simple hecho de contar la verdad de lo vivido; cuando el vecino de la esquina le pega a su mujer por décima vez; cuando una piba porque no se la educa y no se le enseña cómo prevenir un embarazo se practica un aborto clandestino y termina su vida desangrada en una camilla; cuando se golpea y se hiere con balas de goma o se mata  a los manifestantes por reclamar lo  que es justo…”. Casi sin aire  la joven se detuvo.

El tipo se había quedado atónito, no sabía que decir, su juventud indicaba que muchas de las que le había mencionado la chica, él las desconocía por completo, y se sintió mal, comenzó a marearse y se tuvo que apoyar en el auto. Luego de unos minutos pareció recuperarse automáticamente y de pronto recordó cuál era su trabajo y enseguida supo qué era lo que tenía que hacer.  Miró a los jóvenes y les dijo con voz firme: “Me van a tener a acompañar”.

Los dos jóvenes se miraron con sorpresa y con cara de disgusto le preguntaron cuál era la  razón de la detención. El militar respondió secamente: “¡Por qué por culpa de personas como ustedes que no se conforman con nada,  yo tengo que estar acá todo el día parando gente!”.

 El oficial se fue con una sonrisa maliciosa y volvió con las esposas y les pidió que salieran del auto sin hacer movimientos raros. Esposó a los jóvenes y los llevó a empujones hacia el patrullero que ya había llegado en tiempo record hasta el lugar. Todos los que pasaban los miraban como diciendo que eran culpables de algo grave, que por fin la policía se encargaba de ellos como era debido, ahí estaba  la seguridad tan reclamada.

Mientras los llevaban en el vehículo policial,  el oficial pensaba que algo se le iba a ocurrir para que estos escarmentaran y se dejaran de joder, total no iba a ser la primera vez que inculpara a alguien de manera apócrifa.







“Sueño imposible”.



Esa tierra donde  todo es posible es sin dudas el terreno de la propia mente. Cuando de adolescente te jactabas de que nadie podía escuchar tus pensamientos y de que la mente era el único terreno en donde uno puede ser completamente libre. En esas calles desiertas de la media tarde, cuando algunos miran telenovelas, otros prefieren perderse en los sueños; otros  preferían caminar hasta la casa de esa amiga especial que todos tenemos.

A pesar de intentar no perderse en los pensamientos, no dejarse llevar por la contemplación, ni por los sentimientos provocados por la música, que acompaña el camino.

Al cruzar la esquina que tantas veces transitaba,  vio casi sin darse cuenta lo que tenía frente a sus ojos. El joven tenía aspecto desalineado pero a la vez parecía preocuparse por su apariencia. Lucía una remera de alguna banda de rock, un poco desteñida por el tiempo, que la cambió de un negro azabache a un gris gastado. Su cabello peinado  al pasar, como sin darle demasiada importancia, su nariz aguileña le otorgaba un aspecto interesante a su apariencia, que no me permitía quitarle la vista de encima.

Continué recorriendo con la vista su delgada figura ceñida por unos pantalones de jean  gastado, y unas zapatillas de lona. Me intrigaba saber su nombre, sus gustos, su color preferido, sus sueños, sus pensamientos. Ahí me meto de nuevo en mi propia cabeza, ya que este joven pareció no registrarme. Estaba parado en la esquina, tal vez esperaba a alguien, alguna novia o algún amigo.

Decidí fingir que esperaba a alguien a unos metros de él como para conocerlo  más, y saber finalmente  a quién esperaba. Luego de unos minutos veo asomarse a la distancia a otro joven más o menos de su misma edad que le sonreía  y le hacía gestos con la mano, como saludándolo.

Resolví  retomar mi camino hacia el lado adonde se encontraban  los dos jóvenes, apurando mi marcha premedito un casual empujón hacia el joven que esperaba al principio. Cuando pasaba  a su lado solo logró rozarlo levemente, pero esto bastó para que el joven me propinara una mirada,  que el sólo recordarla me eriza la piel. Una de esas miradas que dicen  más que un puñado de palabras bonitas.



“Charla de camaradería”.



Era la situación típica en la que uno se sienta frente al menú e intenta decidir que va a ser de su destino gastronómico y etílico. Empieza por recorrer primero rápidamente para ver todas las opciones disponibles, luego realiza una mirada más exhaustiva del asunto, y decide lo que realmente quiere comer y tomar en esta ocasión. Se distrae largamente con la carta de vinos que en la realidad es bastante variada pero que se termina decidiendo por el mismo de siempre. El mismo vino que desde hace más de veinte años tomaba su marido.

Ella que a veces no luce feliz, sólo se limita acatar las órdenes del hombre que es el padre de sus tres hermosos hijos. Algo complicado de explicar es el acostumbramiento a la otra persona, a sus gestos que repite casi de memoria, a su aroma, a su aspecto, un poco cambiado por la acción de los años, que comenzaron por marcarle las arrugas, encanecerle el cabello y quitarle un poco la visión.

La esposa no era muy diferente que hace veinte años atrás pero esto es natural en las mujeres que quieren lucir jóvenes por siempre a base de tinturas, maquillajes y hasta incluso cirugías plásticas. El cabello adornado por un tinte que lucía algo artificial en su cabellera, de color rojizo, la hacía ver a la vez algo más joven pero también la convertía en esa imagen patética frente al espejo cada mañana cuando se empeña en cubrir la arrugas con maquillaje, de ese que promete resultados milagrosos.

La juventud que solía recordar era bastante borrosa en estos días. Los recuerdos de sus amigos de entonces, aquellos que solo le decían lo que quería escuchar; que decían las palabras justas en el momento justo, lo que era correcto para cada situación y que brindaban la sensación de acompañarnos en lo que estaba sucediendo, pero en realidad sólo era un interés fingido, simplemente para hacer lo que era correcto.

Volviendo al menú, la mujer creía que esta noche iba a ser especial pero se parecía bastante mucho a las ya vividas, la desilusión se apoderaba de su alma, se sentía algo afligida ya que esta vida distaba mucho del futuro que se había imaginado de joven. Seguía recorriendo el menú pero ya sin siquiera prestarle atención, mientras transitaba platos de pastas con la mirada perdida, tomó la decisión que desde hace años venía meditando. Dijo “No soporto más esta situación, quiero divorciarme”. Creo que no era la respuesta que esperaba recibir el camarero ante la simple pregunta: “¿Ya decidieron que van a beber?”. Era una respuesta que nadie se esperaba en realidad, que ni siquiera la mujer se había imaginado pronunciar alguna vez.







“Entreacto con número vivo”.



                     A Erica Sayas.



Era una tarde de verano, esas tardes  en las  que las baldosas de la zona céntrica de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires parecieran derretirse. Las dos amigas habían llegado temprano a la sala de cine donde proyectaban esa película que habían acordado ver hacía unas semanas. Se sentaron en la vereda del cine a la espera de la hora del comienzo de la funcións de la zona céntrica de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires parecieran derretirse. Las dos amigas habían llegado temprano a la sala de cine donde proyectaban esa película que habían acordado ver hacía unas semanas. Se sentaron en la vereda del cine a la espera de la hora del comienzo de la función. Estaban en silencio, la gente iba y venía como todos los días, y de pronto en el medio de la multitud aparece un señor entrado en kilos que increpa a un  joven que iba caminando del brazo con una mujer vestida de manera provocativa y que lo doblaba en edad. El señor toma del brazo al joven y le dice: “Después de todo lo que te di, ¿así me pagás?”, y luego agrega mirando a la mujer de cabello oxigenado: “Y vos, hija de puta, ¿cómo me pudiste hacer esto?”.

Toda la situación al principio era confusa, se fue aclarando ante  nuestros ojos.  El señor era el padre del hombre más joven, la mujer era la “usurpada” novia del padre. La mujer quedaba convertida en un botín de guerra para el hijo, que se dejó vencer probablemente por la tentación que tenía frente a sus ojos, el deseo fue más fuerte que la fidelidad que esa mujer le debía a su padre.

Luego de la breve discusión el joven y la mujer se vuelven a perder en la multitud y el hombre pega la vuelta desanimado. Cuando todo parece volver  a la normalidad, miramos la hora y vemos que ya estaba por empezar la película luego de este entreacto de la vida real.





“Serie de comentarios ácidos sobre ruedas”.




La mujer en la primera situación me la encuentro de noche, pasada la medianoche en la parada del colectivo. Hablaba con un quiosquero desvelado, que estaba a la espera de algún noctámbulo cliente. La señora en cuestión hablaba en tono algo alto, hablaba con los que pasaban a su lado que la miraban inexpresivos, sin entender por qué esa desconocida les dirigía la palabra.

De repente, se acercó hasta donde nos encontrábamos nosotras. Y nos preguntó algo con respecto a las tarjetas de viaje que no llegamos a entender del todo. Nos miramos pensativas y dedujimos, que la mujer tenía cierta desinhibición para hablar con la gente,  esa que permite la división razón-locura que alguna vez habíamos leído en Foucault, aunque eso lo pensé después,  en ese momento no me  puse a pensar en lo más mínimo en filosofía ya que en mi mente todavía resonaban aquellas adorables melodías,  que nos habían regalado los músicos de jazz que con cierto placer  acabábamos de escuchar.

Mi amiga controlaba cautelosamente su teléfono celular a la espera del llamado de su marido o para estar al tanto del paradero de su pequeño hijo. Yo por mi parte uso la misma técnica en cada salida,  disfruto de ese momento y de ese lugar, después habrá tiempo para los reclamos por los horarios de llegada o por los niveles de alcohol en sangre.

Volvamos a la mujer, se puso detrás de nosotras y hacía comentarios y nos miraba con cara de enojo por la tardanza del colectivo. Luego de transcurrida media hora apareció a lo lejos el tan esperado colectivo. Subimos, nos sentamos y la mujer se ubicó en el primer asiento, pero antes le preguntó al chofer: “¿Me dejás en Juramento, en el Puerto, papi?”, el conductor asintió con la cabeza y la miró con cara inexpresiva. El viaje transcurrió con normalidad la mujer de a ratos miraba hacia los lados, como ya lo había hecho antes. Luego se bajó en su destino y uno con alivio creía que no  se la iba a cruzar más.

A los dos días en la misma línea de colectivo pero en diferente horario (esta vez regresaba de la casa de un amigo) me la vuelvo a encontrar, con la diferencia de que ahora subió en diferente parada que la otra vez.

Abordó el colectivo con cara de interrogación alienada, y le pidió a alguien que le prestara un boleto de su tarjeta de viaje, la mujer a la que solicitó un boleto,  accedió de inmediato al préstamo pero tardó,  para medirlo en términos de medidas que uno adopta durante los viajes, unas cinco cuadras, ante la mirada inquisidora de la protagonista de nuestra historia, que resoplaba y ponía cara de incomodidad, ojos en blanco, levantaba las cejas y emanaba sonoros resoplidos.

Luego comenzó la típica ronda de rotación de asientos, que se alternó entre ancianas que volvían de las compras navideñas y mujeres con niños pequeños. Pero ese día venía de una larga jornada y no hice ni la más mínima señal por ceder mi asiento, aunque siempre se siente cierta culpabilidad cuasi-católica, ante la mirada fisgona de las personas que inquieren para crear discordia;  para mostrar que son mejores personas que uno,  que van todos los domingos a la iglesia,  ayudan al prójimo comprando estampitas o con una monedita de cinco centavos, adquiriendo chucherías de  algún vendedor ambulante sólo por lástima momentánea, para luego volver a sus casas, subirse a su auto cero km importado, chequear  mails en su laptop , y revisar  los mensajes de su celular modelo 2009.

Volvamos a nuestra heroína. Se quedó parada al lado de la mujer que le había prestado el boleto, miraba a todos lados como buitre a la espera de comida, buscando un asiento libre. A lo lejos divisó un asiento libre y se abalanzó sobre él como si se tratara de su presa. Logró sentarse y largó un sonoro suspiro. Miró a su compañera de asiento de ocasión y le hacía morisquetas a un bebé del primer asiento. Ante la mirada despreciativa de la blonda mujer que estaba a su lado, hacía comentarios a los demás pasajeros sobre la amargura de esa persona que no se reía ante nada, en el fondo tal vez tenía razón y ella se animaba a poner en palabras lo que muchos pasajeros pensaban y no se atrevían a decir.

 Luego se hizo la seductora con un hombre que la miraba con cara de sorpresa frente a sus actitudes y le dijo: “Como se nota que no vas a comprar si mirás tanto” y soltó una sonora carcajada. El señor logró sentarse detrás de la mujer que lo miraba con sonrisa socarrona y le apoyaba la nuca en la mano, el hombre al sentirse incómodo se cambió de lugar o se bajó no logré verlo. La mujer luego de unas cuadras se bajó y se perdió en las portuarias calles. La crucé dos veces en tres días, será una señal o necesitaba que alguien escribiera su historia.




 “Mesa de bar”.

              

             



En esos momentos, lo primero que las había inquietado fue el siniestro ventilador de techo que se balanceaba sonoramente, las dos chicas se preguntaban si el aparato decidiría caerse sobre  sus cabezas en ese preciso instante. El aparato daba  vueltas sin cesar en la calurosa noche de verano.

Las bebidas se calentaban en los vasos. En las mesas,  se veían grupos de amigas, viejas coquetas y jóvenes enamorados. La espera se hacía larga, era casi el momento de escuchar a los músicos. Ellos comenzaban con la preparación del concierto, se miraban entre contentos y excitados por el momento que iban a vivir. La noche se mostraba sin viento, era calma y silenciosa salvo por el sonoro murmullo de las viejas que charlaban en las mesas fumadoras de la vereda.

Los minutos corrían pero seguían los preparativos. Al rato apareció un florista que presumía minúsculos ramos en sus manos y  los ofrecía por las mesas.  Hablaba de las bondades de los ramos a cada potencial comprador, pero nadie aceptaba la oferta. Cuando se acercó a la siguiente mesa y ante la presencia de las dos chicas como ocupantes,  se ahorró los versos y siguió derecho hacia la mesa de al lado.

Entonces,  las chicas decidieron llamarlo para comprarle un ramo. El viejo se mostró sorprendido pero igual acudió al llamado. Cuando estuvo al lado de la mesa, como  para continuar con la broma (total ya estaban metidas  en el brete) decidieron darse un fogoso beso ante la sorpresa de los concurrentes y del florista que con cara de asco y resignación por fin se decide y les dice:

“Bueno chicas, ¿de qué color prefieren las rosas?”.  Todos en el bar,  incluso los músicos,  se quedaron petrificados frente al espectáculo vivido. La chica más joven le dijo con tono sugerente y sensual que prefería las de color rojo. Hicieron la transacción y el viejo se fue pensando que todos eran potenciales comparadores,  incluso los más inesperados.

Luego las dos chicas se miraron y estallaron en risas,  le habían dado una lección al florista. En aquel momento,  se pusieron a pensar de nuevo en el siniestro ventilador de techo mientras esperaban que toquen los músicos.






III. Lágrimas literarias (de emoción, de tristeza, de alegría, etc.).



“La contemplación de la sonrisa”.



                                                            Bajo los efectos del golpe de calor.



Algunas cosas pueden parecer  banales, triviales.  Pero quisiera perderme en la sonrisa, la sonrisa del que disfruta, del que goza de lo que hace. Esa sonrisa que despliega su luz e ilumina el cuarto entero de una vez, lugar en el  que el tiempo pareciera detenerse  la mirada la complementa, esa mirada profunda que observa, que intenta descifrar lo que tiene frente a sus ojos  la mirada de amor al contemplar  algo embelesado, sorprendido como si se lo viera por primera vez. La sonrisa de complicidad, la del que entiende en el momento exacto lo que querés decir y lo que sentís ante el impulso recibido.

La risa  es el reflejo de la alegría que sentimos ante ese estímulo de palabras, ante esa imagen es lo que todavía nos hace sentir vivos. La sonrisa no puede envasarse, ni  captarse, ni contraerse,  ni conservarse, ni expandirse, sale cuando menos  lo esperamos a veces aparece inoportuna e incontenible;  pero en tus labios es casi perfecta, sublime,  no permite  lugar para otra emoción.

 La alteración de la percepción permite que veamos otras cosas, que escuchemos otras cosas, que imaginemos otras cosas,  como situaciones propias de la fantasía que nunca nos animaríamos a concretar, por moral, por  pudor, por dolor propio o ajeno, pero si tenemos presente que todo lo que es propio del deseo nos causa dolor por ese afán de posesión, nos libraríamos de muchas cosas dejando el deseo y convirtiendo nuestras realidades en algo hermoso.

El tiempo como duración de las cosas, como lapso para medir los acontecimientos es bastante corto, creemos que necesitaríamos más, pero ¿para qué? Con el fin de seguir acumulando seguramente algunas otras cuestiones vanas de esta existencia transitoria. Pero igual he decidido guardarme tu risa y tu sonrisa para mí y de manera  muy egoísta  no compartirla con nadie,  salvo con aquellos que quieran sorprenderse o embelesarse frente a su belleza.

Esa mirada de tan lenta,  de tan dulce, de tan tierna que despierta y alerta a los sentidos, que borra toda posibilidad de palabras. Perderse en la mirada del otro por un instante  fundirse en un sincero abrazo que sale como un reflejo del corazón es casi sublime.







“El sabor del metal”.

                                                      Sobre  Bin Jip de Kim Ki Duk.



La preparación para ese “gran momento” de la existencia o de la inexistencia; el aseo del cadáver, la preparación para la presentación ante las personas que concurrirán al gran evento.  Debe verse como una persona viva, pensará el encargado de tan macabra tarea. Hay que darle vida a algo que naturalmente ya no la tiene.

Envolver el cuerpo en telas que preserven la esencia de ese envase, con lazos cuidadosamente anudados. Luego todo continúa naturalmente, los muertos ya están muertos, diría la mente fría que nunca falta.

La omisión de palabras  provoca  la condena. Visión limitada de las cosas, censura a través del pensamiento, de la suposición. La violencia ejercida en la ausencia de palabras. Las miradas que se cruzan, de tan tristes que no hace falta hablar. La mirada de desprecio, de indignación ante la sospecha presentada pero no asumida. El maltrato es el resultado de la violencia padecida, soportada, acumulada.

Presa de la violencia. La sonrisa desata la ira. La mente es todo lo que queda para fabricar falsas ilusiones. La pérdida de la libertad en 180º. El movimiento  silencioso te hace desaparecer. Sigiloso a la luz, invisible a la luz. Creabas la ilusión de no estar. Trepabas hasta el cielo del cuarto. “¿Quieres desaparecer del mundo?”. Tal vez sea la única forma de escapar. La sonrisa parece ser una  muestra del destello de libertad recuperado con la creatividad del ángulo de la mirada.

La prueba permite determinarlo, la imposibilidad de abarcarlo todo con la mirada, la impotencia de no poder abarcarlo todo, muestra ese límite imposible de cruzar.  La suavidad de los movimientos permite desaparecer.

La presencia de lo inesperado. La belleza dormida. Lo imperturbable del sueño. “Déjala dormir”. El sueño confortable prepara para el duro despertar de la realidad. Se ocultó lo elemental, lo premeditado, lo limitado, no permite ver más allá de 180 grados.

 Imita sus movimientos  y se oculta. Puede escucharlo respirar pero no puede verlo, es como estar ciego.  Luces y sombras determinan la verdad, ya nada permanece oculto, la verdad aparece frente a nuestros ojos. Escapar a la mirada como una presencia fantasmagórica que se esfuma frente a nuestros ojos.

El dolor del impacto de la pequeña esfera. Jugar con los sentimientos al extremo de desgastarlos. Invisibilidad absoluta.  Esto lo percibimos sólo a través de nuestro limitado ojo, faltaría escuchar, oler, saborear. El sabor metálico de la sustancia que corre por las venas.

Habitar los lugares habitados por otros  sin ser percibido, estar presentes en los pensamientos de otro, nos otorga una notoria presencia. Irrumpir en su caudal de ideas, trae o retrotrae la presencia misma de ese otro ser.

La pérdida de la libertad se acumula atrás de la puerta. Vivimos en una realidad fragmentada, dividida en instantes alternados entre la soledad, el silencio, el sonido y la compañía mutua de las soledades, cuando las palabras sobran.

La recuperación de aquello que hace sublime nuestra vida, aquella razón que detona la sonrisa, nos hace sentir parte de un todo. Nos devuelve la alegría y provoca dos palabras: “Te amo”,  pero dichas a la persona incorrecta y dirigidas a esa otra persona que llena el corazón, la vida entera.

Las únicas palabras entre esos dos seres, el beso que funde los labios. La felicidad provoca la sonrisa. Las miradas la confirman. El deseo incontenible de reír. Las puertas guardan lo que creemos que no es propio, pero que es sólo la ilusión de creernos poseedores de algo.

La medida de peso en la balanza o el vaivén de la vida. La ilusión que es la vida, creada por nuestra mirada de las cosas que nos rodean.





“El tiempo”.

                                          

1.    Música llega desde lejos. 

  

 A Santiago Leuci y a todos aquellos que sienten amor por la música.





Sale de mi mente todo ese fulgor que transmite esa melodía, melodía de ayer que sus manos crearon extraída de su mente o porque  no de algún desvelo nocturno, en jardines alejados de la alienación, el sonido de la noche inspirando las armonías que corren por las venas y la piel.  El sonido  acaricia los oídos, el sonido que provoca la emoción, el llanto, el nudo en la garganta, cuestiones inentendibles. Producto  del pensamiento sensato de quien admira al ejecutante de la composición, de la pasión de escuchar  al sentir los diferentes matices, el dolor, el amor, la desesperación por tratar de transmitir sentimientos a través de otra cosa que no sean las palabras.

Cuestiones idiotas para quien frígidamente, artificialmente o artificiosamente descarta pensar o apreciar eso que otro trasmitió desde su interior, desde su mente, desde su creatividad materializada en música. “¿Qué espera frente al despertar?”.

Más de lo mismo tal vez, o algo nuevo, sorprenderse con cada momento, que es lo único real, lo que ya vivimos,   pasó, no sigamos hablándolo, pensándolo, apreciemos el instante que está  frente a nosotros ahora, cuando se siente esa sensación de querer que esa conversación dure más tiempo, que se prolongué ese momento que nos reconforta el alma, cuando sentimos dolor, dolor no físico, sino dolor por las palabras infringidas por otros, la duda y el temor se apoderan de nuestras mentes, pero llega esa palabra amiga, que trae calor no se sabe bien en dónde, en el alma tal vez, en el corazón, apenas un músculo más que prolonga la existencia y hace que todo funcione “bien”, al menos en apariencia físicamente. ¿Adónde sentimos ese dolor? Es sólo un reflejo mental enviado a alguna parte del cuerpo que llaman  alma o corazón, lo mismo da.







2.    Pasado, presente y futuro.



                  A la familia.



El tiempo es bastante corto, son muchos los buenos momentos, los que querríamos llevarnos  si es que nos vamos a algún lugar: cielo, infierno, paraíso terrenal, limbo, universo, naturaleza, origen, varias posibilidades inciertas.  Las pérdidas generan dolor por el egoísmo de atesorar momentos, personas, situaciones, pero si tomáramos lo bueno de cada cosa en los velorios, extrañamente, nos moriríamos de la risa. Sin embargo, algunos eligen el llanto, el dolor, el lamento por la pérdida ocurrida, buscan el consuelo de los familiares de turno, los que están cuando lo malo acontece, pero como la vida es corta no deberían esperar a los malos momentos para recordar los buenos instantes.



Aquel árbol de la  casa natal que tanta calma traía en verano, el perfume de la abuela, la suavidad del pasto del jardín en el calor de la tarde, el helado del heladero barrial ansioso de venderle sus derretidas cremas a los niños,  que recostados en el pasto de la vereda lo esperaban, las vueltas en bicicleta, las caminatas hasta la sucursal incondicional de aquellos amigos que caminaban a mi lado, tratando de no alterar el tiempo y de vivir sólo ese momento. Los recuerdos empañan el presente,  nos hacen  anhelar el pasado, pero lo que está,  paradójicamente,  es el  hoy y después no lo sabemos.











“Recuerdos musicales”.  



A Ricardo  Martínez por el conocimiento musical compartido.

                                               



Notas del ayer en el hoy se presentan. Recuerdan ese ayer infantil,  de patio veraniego, de ventanas abiertas, de alegrías contagiadas al pasar a merced de una despedida que causa adrenalina y  nostalgia por su ausencia posterior.

Revisitamos  esos espacios mentalmente, se produce el retorno  de esas voces del ayer. Esas palabras de aprecio por la música, que ayudó a construir su significado de hoy.

Ese sentimiento por la música fue el cimiento del presente. El inicio de ese fulgor musical, de ese gran amor que después nos llevó por diversos caminos.

La memoria muestra sus juegos y rincones; todo aquello que se cree perdido se vuelve a presentar en primera fila y como la música provoca cierta emoción, los ojos se nublan con incipientes lágrimas y  la voz se dobla al contar su historia. Las voces trajeron el recuerdo hasta hoy y ambos tiempos, pasado y presente, se conectaron misteriosamente en un punto del tiempo y del espacio. Sin premeditarlo, sólo provocado por el estímulo musical. Impulso que trajo el recuerdo como si se tratara de algo que se vivió hoy.

Jugadas de la mente que sin previo aviso te recuerda aquello que creías olvidado.





 “El origen de todo”.




Es uno de esos momentos en los cuales uno cree que ya no podrá repetir la sensación de la primera vez que hizo eso. La segunda, la tercera y las siguientes a veces causan cierta desilusión, pero para tu sorpresa esa sensación, tierna, de amor en estado puro, ese que te emociona y no parás de llorar por  la euforia que te causa, se vuelve a repetir.  Eso que estás viviendo, eso  para lo que pretendes estar preparado  no se compara con nada de lo que te dijeron.

 Lo que inventen hoy los unirá por siempre con la otra persona no importa lo que pase, es el producto materializado de ese gran amor que se tienen, que  los emociona de solo pensarlo. Todo lo que te enseñan se hace pequeño en ese momento.

La sensación de unirse para siempre es muy grande, el solo hecho de pensar  que esa nueva existencia será parte de cada una de las  existencias que forma parte de tu historia y de todos los que vendrán después, te presenta la infinitud  de la vida. Ese infinito y esa magnitud son imposibles de abarcar con simples palabras.

Ese amor inmenso que sólo te permite entregar un abrazo o  besar al otro en lugar de  hablar, cuando opinas que nada puede ser diferente llega algo que lo cambia todo y  es lo más especial que sentiste,  la misma sensación de cuando lo viste por primera vez, cuando te besó, cuando te acarició, cuando se unieron por primera vez, ese lazo invisible que los conecta se hace más fuerte.  El tiempo en el que escribo estas palabras es lo único real, lo que existe con certeza,  ese instante que intento captar ya pasó.



 Sin pensar en nada más, cuando todo el mundo parezca desaparecer,  las dos personas en la habitación se sienten solas en el universo, se dan cuenta de que  han realizado la tarea más importante de sus vidas: han llegado hasta el origen de todo.







“Vacío total, lleno de localidades”.



                                                   A TODOS los que estuvieron, en especial a quien inspiró estas palabras desde el último banco del salón: Santiago Leuci.



Vuelve esa sensación que abruma, que cansa, que hastía,

 el vacío, la soledad por todo aquello que se cree de una forma

 y en realidad es de otra.

 Lo establecido nada tiene de serlo,

el dolor es por siempre,  es permanente aunque las heridas se cierren.

Nunca pensé que se pudiera sentir por un  lado felicidad y a la vez infelicidad,

 dolor cuando el llanto te domina y no podés controlar su caudal.

 Llorás en cualquier momento

y lugar todo te recuerda aquel suceso que ocurrió y

 en lugar de colaborar para que la herida comience a cerrar 

lo recordás continuamente.



Me siento una cleptómana de tiempo,

no porque te lo hago perder,

si no porque yo lo pierdo

en conversaciones sin sentido

casi triviales.

Podría dejarle mi lugar a otro

que tenga más interés por vivir esto.

Las cosas desagradables deberíamos

dejárselas a otros, eso sentimos al menos,

pero es un poco egoísta.

De lo malo también se sale fortalecido

y se aprende algo nuevo,

que te marca y te enseña que lo importante

no es lo que vos creías que era importante.



Todo se vuelve diferente.

Dejamos de ser inocentes y dejamos de creernos invencibles.

Todo pasa rápido, el dolor también.

El amor también, el tiempo, raro dispositivo que no se detiene

a ver cómo estás, no te pregunta si necesitás algo.

El dolor que no sentía hace tiempo,

al menos con respecto a mi propia vida

vuelve a aparecer, se vuelve intenso, en mi propia persona

y en la de otros a mi lado.

Es la manía de contagiar de pena

a todo el que se cruza a tu paso, aunque lo hagas inconscientemente.

Lo oscuro viene en primer plano,

lo que ocultamos hasta de nosotros mismos

aparece en primer plano;

como en una de esas películas que uno admira

en este pasaje de ida, que nos dan al nacer,

que sólo te permite disfrutar por momentos,

 aislados unos de otros,

inconexos por lapsos.

Pequeños destellos de felicidad,

como ese amor que te intentan transmitir las palabras

para hacerte sentir mejor, pero que  se abstiene por momentos

y te provoca que te sientas  peor.

Sólo en los pequeños gestos

que no están en las palabras

sino en las acciones, hallo algo de paz.



Los especialistas dirían que hay que hablar del tema,

pero yo prefiero escribir.

Es menos martirio para el que lee,

 porque bien podría tratarse de una historia inventada por algún desvelado escritor,

 una historia que ya fue contada muchas veces,

 pero en la piel de distintos personajes,

con distintas reacciones,

unas por elección

y otras por azar.



Creemos que manejamos, que digitamos

nuestros destinos y nos damos cuenta de que de nada sirve tanto

avance en materia científica cuando se interpone el azar.

No hablo de castigo divino,

viene más por el lado de que la ciencia no puede evitar lo inevitable.

Lo que es propio de las elecciones que hacemos día a día.

Esto que escribo es consecuencia de todo lo que sucede a mí alrededor.

No es por azar  que escribo esto,

bien podría hablar de otras cosas,

pero prefiero hacer estas pequeñas reflexiones al pasar…

Esta es la primera poesía en la que el yo lírico se deja escapar

y dice la “verdad”. Si es que eso es posible.









“Desarrollo del instinto”.

                                                                  



No puede dejar de pensar en la posibilidad bastante incierta de crear vida. Se siente como el doctor Frankenstein frente a su creación, pero resulta aún más desconcertante. No  entiende la necesidad de seguir prolongando, extendiendo la existencia humana, pero si la humanidad no se va a extinguir porque ella no tuviera un hijo. Había quienes tenían por cuatro. La idea daba vueltas en su cabeza algo confundida. Había masticado la decisión, ¿estaba realmente lista para eso?, se lo preguntó y se lo sigue preguntando. La idea poco sana de circundar la existencia, de atarla, de ligarla a una nueva presencia con un sistema totalmente dependiente  hace pensar en el origen,  en el punto cero de la vida que remite hasta el origen de la  propia realidad. Eso es,  no entendía la necesidad de completarse teniendo un pedazo de sí en el afuera. Las propias frustraciones llevarán a otros a tener hijos para sentirse enteros, para completarse, para salvar a través de sus hijos los propios infortunios, lo que no pudieron lograr con ellos mismos. Será por aburrimiento, porque su único fin en la vida ha sido nacer, crecer, reproducirse y morir finalmente.

No logra entender la necesidad, la justificación de tal cosa, es que si por un minuto te arrepentís de lo que está frente a tus ojos, nada valió la pena, para que lo culpes o lo cargues con  la presión de no poder cumplir tal o cual cosa por su presencia. “La duda es no”, dijo alguien por ahí.  Y tiene algo de razón o tal vez toda, si existe esa milésima fracción de duda no deberías hacerlo.

La historia cambia y se va por lugares insospechados, intrincados que no quiere  recorrer, que no sabe ni quiere saber cómo se recorren, no quiere ceñir su  propia vida a esa otra en camino que si bien su presencia, dirán los más avezados, será para colmar la vida, será preferible dejar para el campo de la imaginación esta certera posibilidad, no quiere saber que tiene  la obligación de preocuparse por alguien, no quiere desvelarse hasta la obsesión pensando en el bienestar de ese ser , no quiere perder el control de su propio cuerpo. No quiere convertirse en el recipiente y receptor del ser por venir, que a pesar de todos los recaudos causa  incertidumbre, el no saber  cómo concluye  esa historia el no poder tener el control total de situación es lo que genera duda.

¿La humanidad se extinguirá realmente algún día? Casi sonaba a pregunta de Testigo de Jehová, pero ella seguramente no sería la culpable de ese proceso que el hombre por años se ha encargado de llevar adelante, bombas, misiles y fusiles mediante.  Saco gestacional de 14  mm. , que su cuerpo se había encargado de rechazar, que mediante una intervención había que extraer para evitar la propagación de la infección por todo el cuerpo.

Anestesia que comienza a hacer efecto. En la sala de espera del quirófano la luz se vuelve más tenue, las dudas se alejan.  Estamos haciendo lo que creemos que es mejor. El intervalo entre la habitación y la sala de operaciones entre palabras amables de quien porta transitoriamente la camilla, que se despide hasta la vuelta,  el blanco techo que pasa rápidamente y que impotentes y desnudos contemplamos acostados, miopes  e indefensos;  besos de familiares que se compadecen de nuestra situación y que los más generosos desearían que no estuviéramos pasando. Luego del onirismo de quirófano se vuelve con la mente despejada, cambiada y atontada aunque con un intenso dolor físico, dolor que del físico repercute en el alma y en el corazón porque nos recuerda lo sucedido. Nos doblegamos y a la distancia nos damos cuenta de que fue conveniente que todo se diera así.

Lo mismo da uno que otro,  que las cosas siguieran su curso,  que todo siguiera como estaba, que se prolongue esta existencia transitoria,  que nunca se olvide de estas palabras.









IV-  Historias intercambiables.



 “Hermana fugaz”.

                                                                                          A Mónica Puyol.



Lágrimas que no salieron en el momento de ser narrada esta historia, hoy convertidas en lágrimas literarias.



Tu corta existencia dejó una marca en los que ya estaban y en los que aún iban a  venir.  Tu esencia estaba fragmentada, eras  diferente de todas las demás presencias. Eras distinta, algunos lo entendían, otros lo desdeñaban, algunos lo aceptaban  por el hecho de  haberte dado la vida.

 Otros te desestimaron desde su poco entendimiento o desde su limitada ignorancia. Los que no te conocieron y lo hubieran querido te rinden homenaje recordándote, como sangre de la sangre, como una existencia fugaz de la filiación encarnada en tus venas. Como el dolor por haberte perdido después de tanto pelear  para  vivir entre tanta hostilidad. 

El ser que se iba en conjunción con el nuevo que llegaba, la naciente y la vieja existencia, lo efímero de la vida, lo  bueno y lo malo se presentaron a la vez, con la poca certeza de que tal vez se pudiera repetir la misma historia, pero con la esperanza que trae aparejada lo nuevo. El profundo sufrimiento ya carga una nueva vida en sus entrañas, la guarda con cuidado en su cansado vientre. Ese nuevo espíritu en tránsito a esta tierra,  trae fortaleza al cuerpo maltrecho por el dolor.

La dulzura de sus palabras al contar tu historia sería el orgullo de cualquier hermano, la falta de entendimiento de lo que es la vida, sobre  qué les  pasa a las personas que la habitan y de por qué razón es que les pasa. Su mirada muestra cierta nostalgia, esa que no logra poner en palabras que no sean parte de sus frases sueltas, dichas como entre pensamientos, como pidiendo una explicación sobre lo sucedido y sobre lo que le depara a cada ser esta vida.

Tu locura, tu hermosa locura, tu visión diferencial de las cosas que quisiera contagiarme y guardarla para siempre en un suspiro,  que me permita guardar esta y otras historias que eligieron ser contadas, como si una señal se apoderara de nosotros en ese momento preciso de la narración y nos procurara que esa persona a la que le contamos esto será el sujeto correcto  para entenderla, para escucharla, para sentirla  a través de sus ojos, a través de sus palabras, para retransmitir  lo que  pudieron sentir esas personas del pasado, que también son hoy su presente y que son el origen de su importante y temporaria existencia en la que cada uno  juega su rol como en cualquier historia.









“Restos mortales”. 

                                                “Te presento a mi vieja: está en este frasco”.



El día había sido el esperado durante cinco años. Cuando llegó el momento de  decidir qué hacer con los restos de su madre, tomaron la decisión de realizar la cremación. Esa mañana estaba fría, las luces comenzaban a asomar tímidamente por entre los árboles que rodeaban al cementerio. Cuando entraron no había “ningún  alma alrededor”, ese era el primer chiste que se le había ocurrido a esa hora de la mañana y que le provocó una leve risa que sus hermanos no lograron entender.

A lo lejos vieron llegar a un hombre de baja estatura que venía con un balde en una mano, en la otra  traía una pala,  se trataba del sepulturero.  Cuando estuvo a su lado, saludó con seco “buen día” a los tres hermanos que estaban a la espera de la entrega de los restos de su madre. El hombre,  robusto pero pequeño,  comenzó a cavar para sacar el féretro. Cuando avanzaban los minutos, pequeñas lágrimas se deslizaron por el rostro de la chica,  que seguramente pensaba en los recuerdos de su madre; mientras tanto,  los dos varones miraban pensativos al sepulturero hasta que uno de los dos le preguntó al otro: “¿Este hombre no es el que arreglaba el bombeador en casa?”.

Mientras tanto el hombre ya había comenzado a sacar con fingido cuidado los restos mortales  y los colocaba en el balde que había traído para esa tarea; en ese momento, uno de los hermanos le peguntó: “¿Disculpe, usted arregla bombeadores?”. El sepulturero sin vacilar les respondió: “Sí” y agregó mirándolos: “¡Ah! Yo le veía cara conocida a la nena,  la veía igual a tu mamá” dijo mientras sostenía un hueso  en sus manos; el hombre continuó intrigado: “Che, ¿cómo anda tu mamá?”. El más joven de los hermanos secamente respondió: “La tenés en tus manos, la que venimos a cremar es mi vieja”, con  un gesto casi fuera de lugar en este sitio de descanso, estallaron en carcajadas.

Luego llegó el momento de incinerar lo que quedaba para recoger fetichistamente las cenizas, como una forma de  conservar algo tangible de esa persona. Uno de los hermanos  le preguntó al sepulturero si podía presenciar la cremación,  a lo que el hombre quedó en confirmarle si esto era posible. En la sala de espera,  había varias personas con urnas funerarias para conservar los restos, pero los tres hermanos al no ponerse de acuerdo sobre qué tipo de recipiente comprar,  decidieron llevar un tarro con forma de cilindro que en su tiempo había servido como contenedor de galletitas.

 A los pocos minutos el hombre volvió indicándole que podía pasar por una puerta, al momento le dijo que pasara, en la habitación había un horno crematorio  y había varios baldes dispuestos para separar los restos de cada persona y un hombre sacaba los vestigios del horno, los restos incinerados eran raspados del fondo del horno y eran cuidadosamente colocados en diferentes frascos que luego tendrían como destino final las distintas urnas familiares, al momento que preguntaba a sus compañeros de trabajo cómo había salido el partido de San Lorenzo.

Escena insólita, como ese momento final, que uno no espera que llegue hasta dentro de mucho tiempo, pero que un día llega luego de la larga agonía, de la larga espera. Cuando le entregaron los restos en el frasco de galletitas traído para la ocasión, los hermanos se sintieron contrariados,  ¿dónde pondrían a su madre?  La decisión fue la más acertada para un frasco de galletas: la alacena, en la cual uno podía encontrar frascos de: harina, azúcar, yerba, fideos y a mamá. Causaba gracia y a la vez, era una forma de recordarla de una manera graciosa, forma en la que sus hijos se relacionaban con ella. Allí estaba mamá en el estante del aparador como un elemento más en el inventario de esta existencia.

Luego uno de los hermanos decidió guardarse un poco de su madre en un frasco que antes contenía mermelada, a veces sacaba ese frasco del placard con afán de recordar algo tangible de la existencia maternal, que le causaba cierta nostalgia, que le había producido mucho dolor, pero que ahora recordaba con una hermosa sonrisa en el rostro, mientras una vez más decidía contar azarosamente su historia a la persona que tenía enfrente.



“La máquina de hacer sueños”. 



  Dedicados los dos anteriores y el presente texto a Javier Puyol.



En realidad eran de esas personas que actuaban según lo que era correcto, jamás se hubieran atrevido a hacer algo para “engañar” a nadie. Como no podían hermanarse de otra manera, planeaban esa estafa maestra sin tiros ni víctimas, pero que si todo salía bien, les dejaría una tajada buena para cada uno.

Eran de esas mentes que se la pasan revisando minuciosamente los hechos, observando y tratando de entender cada detalle analizando la realidad circundante. Esa tarde se habían puesto a pensar en algo: por qué comer mierda si se puede comer comida. Respuesta: la mierda es más barata y más fácil de fabricar. Allí radica el origen de la dominación masiva de la humanidad por parte de algún sistema pergeñado perversamente. Para qué pensar tanto si alguien ya lo hizo por mí. Para qué analizar y pensar tanto. Para no ser uno más en la masa amorfa de la ignorancia.

La estafa resultaba sencilla y absurda a la vez. La meta era crear un dispositivo que brindara algún tipo de diversión y que fuera de distribución masiva como un MP3. Este dispositivo llamado tentativamente MT4 le garantizaba a su potencial usuario una realidad “virtual”-por supuesto, la realidad auténtica es bastante más cruel-  que le mostrara lo que quisiera encontrar en su futuro. Es decir, concretaba aquellos sueños truncos a corto plazo.

Una  mina de oro. ¿Pero cómo crear semejante cosa sin caer en la precariedad? Armaron bocetos y prototipos pero  nada funcionaba, después de todo no eran científicos ni inventores. Pensaron en otra posibilidad: la música. Había varios inconvenientes, por ejemplo, cómo retener a la persona, cómo persuadirla para que escuche y estimule su mente para que comience el proceso.

Complicado pero no imposible. Se necesitarían ciertos requisitos para participar de este experimento:

1º- A la persona en cuestión le tiene que gustar fervientemente la música.

2º- Debe estar dispuesta a escuchar.

3º- Juzgar sólo por medio de los sentidos, no buscarle una explicación lógica a todo.



El primero en acceder fue un joven, un adolescente que se creía poseedor de todo conocimiento existente y por venir, que mostraba cierta “desilusión” frente a las novedades que le ofrecía la vida.

Era evidente que  tampoco se mostraba sorprendido por la locura propuesta: estimular la mente de manera extrema mediante la música para extraer la verdadera esencia de la persona o para simplemente concretar un sueño trunco o fantasía personal.

El joven con cara de incrédulo y actitud de desgano se acercó al sillón proporcionado para esa ocasión especial. Se sentó y con cara de descrédito le dijo a Jota que encendiera la música cuando quisiera. Jota y Vera se miraron con gran expectativa. Un detalle: había que amarrar  a la persona suavemente por las muñecas para que evitara escapar si el experimento no funcionaba rápidamente.

El joven con cara de intelectual se hacía el indiferente frente a sus “captores musicales”. Jota prendió la música y Vera cerró los ojos con miedo, como hacía cada vez que sentía que estaba por cometer un error, como si esto lo pudiera evitar.

Cuando las notas de la “Sinfonía Nº 9” de Beethoven  empezaron a sonar el joven pareció entrar en una especie de trance. Su mirada se volvió más profunda y extasiado contemplaba la nada, parecía estar viendo algo que no se puede ver a simple vista.

A los gritos decía estar viendo las notas musicales corporizadas en el aire de la habitación. Era difícil creerlo. ¿Sería posible semejante estimulación sensorial? Tal vez sólo fuera una mera simulación de este personaje que creía saberlo todo y que no quería perderse la oportunidad de demostrar que hasta esto ya lo había experimentado y que podía volver de su “prueba” trayendo una experiencia renovadora para el mundo, nunca antes sentida por nadie. Las notas creadas por los músicos habían despertado su consciencia que estaba entre la vigilia y la ensoñación.

¿Era capaz de simular esta situación? Era poco probable. Cuando habían pasado unos nueve minutos y las melodías seguían sonando Jota y Vera continuaban mirando entre sorprendidos e incrédulos al joven.

Cuando Jota apagó la música, unos minutos después, el joven automáticamente volvió a su postura normal y dijo con cara de desagrado que había sentido lo mismo que cada vez que escuchaba música y que esta práctica no tenía nada fuera de lo normal.

Jota y Vera nunca pudieron saber si el joven mentía o no pero vieron una leve sonrisa embriagada en su rostro cuando salía de la habitación. Había un mínimo porcentaje de que hubiera funcionado,  aunque el joven, (estaba claro) que nunca se los revelaría.









V- Intentos recientes.



“El Mal”.

                                               Sobre Clockwork Orange de Anthony Burgess.



¿El hombre realmente elige el Mal? ¿El estilo de vida moderno lo lleva a elegir el Mal? ¿El deseo de ciertos objetos lo lleva a elegir el Mal? ¿El consumo de bienes, drogas, alcohol, lo lleva a elegir el Mal?

Todo lo que nos desvía de nuestro objetivo cercano genera cierto malestar. La seguridad provoca que nos sintamos seguros de sentirnos inseguros en calles tan seguras. Lo seguro es algo que se da por hecho. ¿Quién es su seguridad? ¿O sólo actuamos Bien porque es lo correcto? Lo moralmente correcto. Caminos intrincados los del Bien y el Mal que presentan un sin fin de interrogantes.

Está Mal apuntar a alguien para robarle, pero no está Mal hacerlo para averiguar los antecedentes, es decir, su historia anterior. Está Mal que se le robe su dinero a una vieja señora golpeándola salvajemente, pero no está Mal que alguien robe el dinero de otros evitando pagar ciertos tributos al rey de turno.

Miles de almas corrompidas giran sin detenerse a pensar. Violencia en la mirada de desconfianza hacia quienes nos rodean. Hay una carencia de pensamiento coherente. ¿Es posible no caer en el pensamiento común de “la gente”? “La gente” es la masa amorfa que  de-genera pensamientos uniformes ya masticados y digeridos por otros y arrojados nuevamente al mundo en forma de excrementos verbales.

El pensamiento “común”, ¿por qué cuando algo es fuera de lo “común” se tiende a reprimirlo, a subestimarlo, a desecharlo, a perseguirlo hasta eliminarlo? ¿Por qué construir nuestros propios pensamientos en base a lo que ya pensó otro antes sin reformular esas ideas? El hombre parece haber perdido la capacidad de pensar por sí mismo, de razonar sin que otro le diga qué es lo que tiene que decir o pensar. ¿La capacidad de elección es lo que todavía nos diferencia como humanos?

Quizá el Mal hace actuar al hombre de manera más intuitiva, a diferencia del Bien que nos es impuesto como correcto socialmente. Aunque ese accionar parezca más primitivo, engendrado en la más pura violencia, pasó a través del filtro de la consciencia y esta decidió dejarlo salir. ¿Lo que altera los sentidos y las emociones es realmente pernicioso? ¿Qué se buscará con ese cambio de estado?

La paradoja se presenta nuevamente. Algunas personas se sienten protegidas mediante un objeto que fue creado para destruir: un arma. Se sigue moviendo el juego en términos de estímulo-respuesta. Exhibir el arma para que el “delincuente” en cuestión sepa cuál es el castigo que le espera si efectivamente comete un delito.

También se actúa a partir de la acción ejemplificadora de detener a alguien, haciéndolo sentir desprotegido y vulnerable al exhibir su clásica postura “contra la pared”, para perder la dignidad por un rato frente a la mirada fisgona de los peatones de turno. Tocar, palpar a otro para comprobar que efectivamente en algunas ocasiones las apariencias engañan.

El proyectil está condenado a salir alguna vez, se lo prepara, paradójicamente,  para esa salida pero se espera que el resultado de su impacto tenga el menor margen de error posible, para lo cual fue creada en la fábrica militar. Podría desviarse la trayectoria de la bala si tan sólo la persona se arrepintiera de haber disparado. ¿Cuántos que se arrepienten pero ya es tarde para volver el tiempo atrás y evitar el impacto del proyectil?

Los resabios orgánicos de la  naranja revuelven el pensamiento y obligan a re-pensar la manera de entender la violencia cotidiana.











“Como en un sueño…”.               



   Garam Masala.



Cuando decidió hacer la poción no creí que me iba a mandar en plena noche a esa tienda.

Tuve que atravesar quince largas cuadras hasta llegar hasta ese oscuro callejón de los suburbios de la ciudad. Se trataba de un local pequeño, poco iluminado;  atendido por el viejo Venancio. Tenía todo tipo de hierbas y menesteres alucinógenos, algo así como estar en el paraíso. Miraba todos esos frascos mientras esperaba que me atendiera, cada uno rotulado con su etiqueta. Los estantes eran antiguos, parecían de otra época, de madera de color oscuro seguramente creadas por un artista ebanista.

El encargado era un vejete amable que siempre me aconsejaba acerca de cómo combinar esas hierbas para utilizarlas “con justa medida” en las recetas culinarias que tanto me gustaba  preparar, para poder experimentar los diferentes aromas y sabores que estos proporcionan desde que los molían hasta que tomaban contacto con el aceite.

Esos regalos que brindaba la vida a mí alrededor, me parecían mágicos, casi tan mágicos como esa sensación de probar nuevas cosas y sabores. El contacto de las semillas que se convierten en condimento, en parte de la comida, su aroma en mis manos, que entra por mi fosas nasales, me llega hasta la mente que me dice si es dulce, salada o picante; y entonces pienso en el sabor cuando entra en contacto con las papilas, que también ayudan a descubrir sus notas más profundas, que me hacen imaginar cómo y dónde, y por quién habrán sido cosechadas para que hoy estén en mis manos.

Tomé un frasco al azar y miré su contenido a trasluz. Algo en el interior se movía.  De repente sentí el chistido del quisquilloso Venancio que no le gustaba que le tocara sus frascos. Me preguntó: “¿Qué buscas Trente a estas horas?”, y le dije que justamente lo que contenía ese frasco. Se sonrió y tomó una de las bolsas de papel donde siempre me entregaba los pedidos. Y me dijo que la llevara bien cerrada y que no la abriera por nada.

Decirle eso a un joven es como decirle: “¡Dale,  miralo!”.

Al alejarme un poco comprobé que efectivamente el contenido de mi bolsa se movía. En un impulso, sin mirar, metí la mano en el interior de la bolsa, tome un poco de esa húmeda hierba y me la introduje en la boca rápidamente.

Lo primero que sentí fue que todo se movía, el piso se volvía blando, la luz de la calle se tornaba cada vez más débil. Empecé a percibir otra realidad: gente, cosas que en mi percepción normal no podía ver. Podía ver como se materializaban los sonidos, los colores, los sabores, incluso los olores. Algunos eran ásperos, otros suaves como el terciopelo, dulces y cálidos como la miel, los sonidos también habían adquirido texturas, algunos se clavaban en mis oídos como filosos  puñales y otros me penetraban suaves como la seda. Era hermoso poder percibir por los sentidos opuestos a cada sensación. La visión alterada también provocaba sensaciones extrañas. Los insectos nocturnos que me pasaban cerca parecía que me iban a atravesar el cuerpo con su vuelo. Cuando el efecto de las hierbas ya se estaba pasando, descubrí que mi tía tal vez estaba jugando con sus sentidos. Trataba de vivir nuevas realidades como en los sueños.

La materialidad no es como los sueños o al menos eso creía hasta ese día, en que mi manera de ver, mejor dicho de observar la realidad cambió para siempre. Esto lo sostuve siempre, la visión corrompe los pensamientos, la observación carga de prejuicios la realidad que vemos, por esa característica humana de querer incluir todo dentro de alguna de las categorías de lo que conocemos, y encuadrar allí eso nuevo y ocasionar que quede perdido dentro de los rincones de la mente  donde tal vez nunca más nos volvamos a cruzar con ese pensamiento.

Debo referirles sin más tardanza lo que hizo mi tía ese día. Ella era una mujer de unos 90 años, con el cabello blanco, que evitaba pintar con esencias de alguna planta porque decía que también era parte de la naturaleza humana envejecer aunque no deteriorarse, su piel aún lucía como la de una joven quinceañera.  Ella preparaba todo tipo de brebajes para aquellas dolencias que nos agobiaran la existencia. Cuando le entregué el paquete con el pedido de la herboristería, me dijo:

-Esto está abierto me imagino que no habrás estado husmeando en la bolsa ¿no?- .

-No tía, ¿cómo se te ocurre?- le contesté con la percepción aún alterada por el efecto de esa hierba rara.

-Esto no es para jugar, ya lo sabés, si la probás sola hasta podría matarte-.



Era evidente que eso no era del todo correcto porque si esa hierba matara instantáneamente no podría estar hablándome en ese momento. Esta hierba fue la que detonó mi curiosidad por probar nuevos sabores, por probar nuevas hierbas, era un deseo irrefrenable por probar todas y cada uno de los elementos que tenía en los frascos, que clasificaba con etiquetas de color verde, rojo y amarillo. Mientras observaba donde colocaba la que acababa de traerle, le pregunté:

-¿Por qué las etiquetas son de distintos colores?-.

-Porque… sabía que iba a llegar el día en que comenzarían tus preguntas…día en que iba tener que empezar a brindarte respuestas convincentes-.

-¿Respuestas convincentes? ¿A qué te referís con eso?-.

- No siempre te dije la verdad completa acerca de mi trabajo, no sólo preparo brebajes para que la gente alivie sus dolencias, algunas son para poder hacer otras cosas…-.

-¿Como cuáles por ejemplo?-.

- Cosas… cosas que no podrían hacerse normalmente como comunicarse con personas ajenas a esta realidad…-.

- ¿Esa que te traje hoy sirve para eso?-.

-Puede ser. ¿Cómo es que sabés eso? ¿Acaso la probaste…?-.

- No…bueno… sí, pero me sentí bastante rara y además  vi cosas que no veo normalmente…-.

-Hija….eso es casi imposible…además…llegaste justo a tiempo para continuar con mi trabajo es preciso que me apure a decirte lo más importante para que continúes con mi profesión…-.

-Pero tía, ¿acaso te piensas ir? No sé si pueda lograrlo…-.

-Una parte ya la estás cumpliendo…-.

-¿De qué hablás?  ¡No entiendo nada!-.

-Lo que quiero decir es que gracias a que tomaste esa hierba me podés ver en este momento…-.



De pronto, Trente giró sobre sí misma y vio a su tía tirada en el suelo, con una daga clavada en el vientre, como tantas veces se lo habían jurado esos oscuros hombres que la acusaban de brujería. Cuando volvió la vista al frente, su tía pero con forma no corpórea la esperaba sentada junto a la mesa.





“Ojalá algún día te inspire un texto”.



El departamento que ocupaban los dos matrimonios quedaba en  la zona céntrica. Si bien se trataba de una ciudad costera, con un amplio mar que rodeaba todo el horizonte, su aspecto era gris y algo triste. Aunque muchos  a lo largo de los años se habían empecinado en darle un aspecto falsamente majestuoso, con puentes peatonales y teatros coquetos de comodísimas butacas,  que no permitían transitar entre fila y fila. 

El departamento,  hogar de este grupo de personas,  estaba ubicado estratégicamente frente al mar, construido sobre la playa. La postal de la balnearia ciudad mostraba un mar amenazante y horrible. La casa tenía los balcones de las habitaciones  que daban a la playa, estos estaban hechos de piedras encastradas sostenidas por una malla de acero que evitaba que se precipitaran sobre el suelo. Grandes dunas rodeaban la vivienda familiar, está era acomodada día y noche como una especie de reloj de arena que medía el tiempo, por grandes tractores.

Cuando en la noche daba frecuentes recorridas a la casa producto del insomnio, la notaba siniestra y oscura,  aunque esta sensación perduraba en el día ya que sus persianas nunca se levantaban y la atmósfera era continuamente alumbrada por luz artificial, que  propinaban las  escasas lámparas de poco voltaje colocadas a lo largo de las distintas estancias y pasillos.

 Cuando me dirigía a ver el estado del clima por la ranura de la cerradura del amplio ventanal con persiana de la habitación junto al cuarto del planchado, que permanecía cerrado, pude ver que una figurilla que mostraba a través de la ranura un soleado paisaje se había despegado en uno de sus bordes, lo cual permitía contemplar con horror el verdadero aspecto del día, un clima horrendo, ventoso, con lluvia y con aspecto muy gris. Esta figurilla diminuta intentaba ocultar el verdadero aspecto de las cosas.

Un sutil sonido a mis espaldas me distrajo, era la puerta del cuarto de planchado, siempre ordenado obsesivamente por mi padre, que daba siempre aspecto de perfección, de orden, de que nadie había pasado nunca por allí para desacomodar nada. La puerta se abrió sonoramente de par en par con un largo e interminable crujido, dejaba ver el   oscuro e inquietante  interior de la habitación. Esperaba algo, que alguna presencia fantasmal apareciera, pero nada sucedió. Nada pasó al menos en esa realidad con resabios de otra realidad paralela.

En ese momento,  sonó el timbre y me hizo dar un salto. Me dirigí rápidamente a la puerta. La casa a pesar de estar habitada por cuatro personas parecía estar siempre en soledad, siempre deshabitada. Al  abrir la puerta, me encontré al cartero que raramente el portero había dejado entrar al edificio para que me entregara un paquete.  Firmé la planilla y cerré la puerta. La encomienda me la enviaba un querido amigo que se había ido a estudiar fuera de la ciudad. Abrí la caja y en su interior había una película en dvd y una nota,  saqué la película de su cajita y la coloqué en el reproductor. Mientras leía la nota: “Querida Vero: te mando aquí una copia del corto basado en tu texto,  cuya banda de sonido está íntegramente compuesta por mí. Espero que te guste. Santiago”.

Una vez que comenzó a rodar el  film era mudo y de atmósfera surrealista, sin conexión lógica entre las imágenes,  con una banda de sonido que presentaba en primer plano una guitarra eléctrica con un efecto de distorsión que volvía el sonido agudo y penetrante. En la película se mostraban imágenes en color sepia de un hombre y una mujer en una playa.  En los fotogramas que tendrían que contener los diálogos se mostraban frases entre comillas de André Bretón y Jaques Rivière, con frases célebres dichas por cada uno. Las pocas nítidas imágenes de la película en colores amarillentos, tenían un  filtro que provocaba que las figuras se vieran como si uno fuera un miope sin lentes.



Ese es el recorrido mental de la historia, ¿acaso será la consciencia materializada? No quiero completar esa historia porque eso es tal vez lo mágico de lo onírico, que salvo para los  psicoanalistas es posible de explicar. Prefiero no encontrarle explicación a todo.  Los caminos recónditos y a veces aparentemente incomprensibles de la mente atontada  al despertar que intenta reacomodar todo eso que sucedió en la tierra de los sueños.

 Entonces hace que tomemos rápidamente, un papel para tratar de plasmar  aquella historia que ocurrió durante la noche frente a nuestro subconsciente,  que la madrugada  anterior había recibido un mensaje de texto que decía: “Ya sé que es tarde, ya sé que estarás durmiendo, pero empecé a leer tu libro y me dejó esa sensación que  a veces me deja la música. Sos la primera. Ojalá algún día te inspire un texto”.





“Perfil de Sótano”.



 A veces pensamos si vale la pena mantenerse fiel a uno mismo entre tanta basura fermentada y empaquetada, vendida, regalada, adulterada, falseada, entre pocas almas simples que se empeñan en mantenerse a flote en un pequeño trozo de madera que se quiebra sin piedad, apolillado, asquerosamente oloroso a humedad.

Las cosas serían tan simples, tan fáciles, tan importantes si nos detuviéramos dos segundos antes de hacer eso que puede cambiar la existencia para siempre. Puede darte vuelta, volver lo efímero importante y arruinar todo lo construido que se derrumbará sin remedio, se aplastará sin compasión, ya no habrá lugar para explicar nada porque los hechos hablan por sí solos…

 Esos hechos opacan todo lo anterior, nos sentimos estúpidos, sucios, solos, defraudados, profundamente tristes y sin razón para explicar o entender nada. Lo inesperado en la mente sensata aparece en primer plano, aplasta todo, inunda todo. El alejamiento de las aguas podridas de la inundación fue posible, pero dejó su tufo nauseabundo por todos lados, nada será igual que antes porque la esencia ha sido destruida.

Tratamos de sujetarnos a ese madero que nos recuerda quienes somos, ¿pero sabemos eso con certeza? No. Sería casi imposible de abarcar la mente entera, por un simple humano apenas capacitado al nacer para abarcar su mundo con palabras. Palabras, palabras que son arrojadas sin sentido. Sin medir el dolor de su impacto en el tímpano ajeno.

El alma que busca ser resguardada y protegida empieza a sangrar a chorros en varios lugares simultáneamente, ponemos torniquetes de tranquilidad en los orificios pero nada los detiene. Cubren todo lo que está a su paso. Enajenan el pensamiento, entristecen todo, oxidan, descascaran, corrompen la reflexión, que se llena de frases y lugares comunes como “uno no termina de conocer a las personas que lo rodean”.

Momentos que quisiéramos olvidar, encerrar, ocultar para siempre pero vuelven a transitar nuestras racionales mentes que se empeñan en analizarlo todo y que son el origen de aquellas disputas que nos complican la vida, que arruinan momentos, que provocan dolor por el afán incansable de querer entenderlo todo…

Yo intento mantenerme en mi Perfil de Sótano, casi con un costado infernal de tan profundo y subterráneo hasta donde nadie me pueda alcanzar, siento las voces de la gente que viene detrás de mí, que quieren que siga a los demás, me gritan que ese el camino, que me tengo que desviar, que tengo que mirar hacia adelante y  no hacia atrás para no caer. Tropiezo y miro por encima de mi hombro, ya casi me están alcanzando. Me levanto, a pesar de lo embates. Están muy cerca, pero a pesar de sus intentos,  ¿no vamos a claudicar? ¿Qué tan fuerte e íntegro te crees? ¿Todos tenemos un precio en este estado infernal?

Pensá en el podrido madero que es lo único que nos une a la realidad, que nos mantiene a flote, que no nos deja hundirnos en el lodazal de la existencia. Recordá el madero que todos tenemos. No caigas en la corrupción generalizada, no pierdas la esencia de las cosas. “La historia es la misma sólo que ahora conocemos un poco más” dicen por ahí, aprende de eso antes de que nos hundamos y en el suspiro último sólo veamos que todo se viene abajo y nosotros también.



 “Los amigos a través del espejo”.                                



Los amigos a través del espejo

 frente a las almas en pugna

que no encuentran la paz.

Ellos charlan de sus vidas,

de sus sueños y de sus desilusiones.

 La escena se refleja en el espejo

es que eso tal vez la vuelve tan real,

tan genuina.

Continuas interrupciones se suceden:

teléfonos que suenan,

personas que pasan,

alguien que les habla.

Salen a tomar el aire húmedo de la vereda

 como en  busca de la respuesta

 que debió salir de sus labios.

La respuesta tan esperada,

tan pensada,

tan elaborada.



Son sólo dos almas

que se hacen compañía

y no hace falta hablar.

La situación real es esa.

La situación imaginaría

del testigo perverso:

Alguna siniestra alianza

buscando engañar.

El ser y el parecer

Aparecen en escena de nuevo.

La contemplación metódica que causa horror,

por lo horrible de sus pensamientos,

no logra empañar ese momento

en que decidieron salir al exterior del lugar

en busca de aire fresco para poder pensar.



La sombra que trae la respuesta llega.

La pequeña reunión de las almas,

en un acuerdo implícito, se disuelve sin decir más.

Saben lo que piensa el otro.

Saben que cuentan con el otro.

En un rato se miraran como siempre

embelezados por la creación musical.

En ese viaje que se han propuesto

 por senderos difíciles de transitar,

que como en la vida es necesario recorrer,

conocer para dejarse atrapar.

¿Atrapar he dicho?

¿Acaso somos objetos?

No los somos, somos sujetos

 que solo necesitan para subsistir

en este banal mundo artificial e irreal,

 aire, agua y un amigo real.

 Lo demás llegará solo por la puerta o la ventana.





“Cruce de sueños Nº 2”.



El viaje hacia latitudes lejanas en Francia acompañada de su tía y de su madre había sido cansador. En el viaje de vuelta tenía que decidir sobre su futuro, lo que es bastante costoso  ya que pensamos en un tiempo incierto que aún no existe.

Algunas frases sueltas daban vueltas en su cabeza: “Sos todo para mí”, susurradas entre besos y abrazos.  Estas palabras la preocupaban, no quería ser  todo para nadie, sino qué pasaría cuando ya no estuviera. Era difícil  asegurarlo, pero en este plan de no aferrarse a  nada ni a nadie todo sería más fácil, las cosas volverían rápidamente a su estado natural si no nos aferráramos, sino tomáramos a cada cosa como una posesión todo sería más sencillo,  el dejar todo atrás sin nada en las manos, sin realmente nada, ni dinero, ni valores, nada. ¿Era eso posible? La gente le teme a los cambios, no piensa en la posibilidad de hacer aquello que siempre quiso hacer, deja todo para más adelante,  para el futuro, pero  seamos conscientes de que es un tiempo ficticio,  casi nos convencemos de que es real para pensar que todo puede cambiar.

Ese viaje había surgido como propuesta familiar para aclarar las ideas para conocer nuevos rumbos. El descanso se prolongó por dos meses en esa casa de campo de la que tanto le habían hablado desde que era chiquita y que siempre había soñado con conocer. La casa era amplia rodeada por arbustos muy verdes que se perdían en la lejanía de la llanura y se extraviaban en el horizonte. La brisa de la primavera era bastante notoria ya, fresca y con un sabor dulce,  propio de la vegetación del lugar y de los extensos viñedos que ocupaban gran parte de esa tierra.

El plan era tratar de alejarse de todo, algo así como correr muy rápido sin pensar en lo que se ha dejado atrás. Sin querer pensar. En ese otro estado de cosas que uno se empecina en olvidar, pero que es difícil porque hasta hace poco ese era el estado natural, el orden normal de los hechos. La posibilidad de cambiar había rondado en su cabeza por largo tiempo. Pero hasta ahora no había tenido la valentía de decir basta.

Las responsabilidades la agobiaban desde que era pequeña, no podía dejar de sentir la obligación de hacer responsable de todo lo que sucedía a su alrededor con su familia o con sus amigos. Esa sensación estúpida de culpa, muy católica seguramente  heredada de su bautismo al nacer. Sentía culpa de que otros pensaran que era una insensible, que su alma era incapaz de comprender y afrontar el dolor humano. Una verdadera tontería, pero no podía evitarlo. Había tratado de no apegarse a nada, el dinero le interesaba poco, sólo lo utilizaba como una forma obligada de intercambio en la sociedad en la que vivía y a veces le permitía disfrutar de algunos placeres mundanos.



Idiota había sido al pronunciar esas palabras de las cuales se había arrepentido apenas terminó de decirlas, aunque suene paradójico. No quiso lastimarlo, no quiso hacerle mal, pero le hizo doler una parte profunda de su ser. Sentía esa sensación de no poder creer que lo había lastimado si lo quería tanto como decía. No podía creer que en ese segundo por culpa de sus necias palabras podía alejarse para siempre de esa persona lo cual nunca se habría perdonado. Se sintió mal pero era tarde ya había pronunciado esas estúpidas palabras, en su mirada podía observarse el dolor que le había causado, se sentía desilusionado. Después de un rato decidió perdonarla, pero su tono había cambiado no era el mismo de antes, porque la desilusión había pasado por su vida sin avisarle, dos veces en una misma semana, era demasiado para un solo ser, un poco frágil aunque se empeñaba en mostrarse fuerte y siempre vital, pero cuando se encontraba solo en su cuarto, se sentía más vulnerable y las ideas empezaban a azotarle su cabeza, un poco cansada a esta altura. En su mente daban vueltas como solía hacerlo, las preguntas, cómo había sido capaz de eso, cómo podía ver las cosas de ese modo, cómo hacía para confiar de nuevo en otras personas. A veces se sentía solo, sentía que no conocía como creía conocer a las personas que lo rodeaban.



La imagen velada de tu sombra se apareció frente a mí. Al principio no supe qué pensar, qué sentir, pero luego fui entendiendo que tu presencia en ese sueño era una especie de señal. Debía seguir con mi vida y hacer de cuenta que eso no había sucedido o tenía que replantearme la forma de encarar el asunto.

La escena en la estación terminal, la despedida de los amigos adquiridos en la campiña francesa y la búsqueda del taxi para partir de allí. Tímidamente de fondo se escucha “Time” de Pink Floyd. La chica se pone a pensar en el tiempo, en lo que le causaban a ella y a su amigo esas notas musicales. Lloró de emoción mientras corría hacia el taxi que la llevaría al aeropuerto junto a su madre y a su tía. Una vez al lado del vehículo, golpeó el vidrio para que le abrieran la puerta, pero por el contrario se sintieron sonoramente las trabas en las puertas y el auto se alejó a toda velocidad en el campo dejando una frondosa polvareda atrás. Amelia se siente desolada, no sabe qué hacer, hace gestos con los brazos e insulta su maldita suerte. Ahora está sola tiene que pensar qué va a hacer. Las dudas del principio toman forma real, no tiene nada, ni siquiera su identificación, alguien creerá su historia, no lo sabía pero tenía que ponerse a caminar de inmediato.







“Dos caballos”.





El aire del campo penetraba cada poro, lo atravesaba sin fin. Lograba desactivar  cada partícula del ser que caminaba sin rumbo, casi derribado por el fuerte viento, el frío le calaba los huesos. Por momentos se caía y se golpeaba los codos, manos y rodillas, que ya comenzaban a sangrarle, las gotas corrían por su piel, el sabor metálico característico le caía por el rostro y lograba meterse por las comisuras de sus labios. Se detenía a limpiar sus ojos que eran invadidos por la polvareda con mezcla de sudor y sangre.

La luz de los relámpagos iluminaba la noche. Enceguecía a quien intentaba contemplarla. Los árboles en medio de la oscuridad ocultaban su presencia. Sus ojos encandilados no lograban descifrar nada entre tanta luminiscencia. Su presencia esperaba desde las sombras el momento adecuado para salir. La locura se había materializado sin piedad.

Estaba perdido, estaba lastimado, esa pelea lo había dejado malherido y desorientado. No debió ponerse a la altura de los peones que borrachos empezaron a pelearse por viejos amoríos. Estaba cansado, tenía que haberse quedado en su hogar, rutinario y familiar, al que llegaba cada tarde  luego del duro trabajo en la tierra de su patrón.

Lo anormal de la situación es que se sentía distinto a  otras veces, pero  no era la primera vez que peleaba. A veces las contiendas verbales se empezaban a poner densas, el humo del tabaco, el olor del alcohol, el calor del fuego de las carnes asadas, el rayo del sol que en el atardecer se fundía con la tierra, la soledad del campo, el silencio, el sonido del viento,  traía el hedor de los animales que vagaban por ahí, entre bosta y alambrados.  Todo eso quedaba atrás con el caer de la tarde  cuando recordaba que lo esperaba  su hogar.

La noche lo amparaba y lo abrigaba. El frío era intenso, pero sólo se detendría cuando llegara hasta la casa, que mostraría por la ventana el calor de la fogata en este frío invierno.



A lo lejos divisaría  su hogar,  una sensación de alivio lo recorrería. Por la ventana se vería  a su mujer que lo esperaría  junto al fuego de la chimenea. La mesa estaría servida esperando su llegada. La comida caliente humeando en los platos. Los vasos con agua fresca del aljibe. El pan horneado esa mañana. Las servilletas y cubiertos colocados prolijamente sobre el blanco mantel. La habitación apenas iluminada por los candelabros de kerosene. La penumbra de la pequeña habitación del comedor. El fulgor de la chimenea rodearía de calor la remota escena.



La madre transpirada aún sostiene el cuchillo mojado en sus manos. Los hijos permanecían inmóviles en el piso de la sala. Todo era silencio desde hace unos minutos. Los gritos desgarradores no habían sido escuchados por nadie alrededor del pequeño rancho. Los gritos dolorosos de quien se encuentra con lo inesperado en su propia casa, en su propio hogar, en su propia madre. Madre que los contuvo en su seno y que los sacrificó en pos de quien sabe que augurios malsanos, de que problemas no solucionados.

 La madre todavía conservaba  en sus manos el puñal embebido en la sangre caliente de sus hijos, que yacían sin vida junto a ella. Su locura no tuvo límites se olvidó de que los había llevado en su vientre, olvidó el cariño con el que los miró a los ojos cuando los vio nacer, olvidó su amor y dejó espacio a su locura, la que había permanecido oculta a los ojos del mundo desde siempre. Esa locura que se marido percibió en el aire camino a casa…

Su hombre, el amor de su vida, el padre de sus hijos,  sería su próxima víctima pero todavía no lo sabía, ignoraba lo sucedido igual que esos dos caballos atados en la puerta de la casa que desconocían lo que acababa de acontecer en el interior del refugio familiar. Esos dos caballos testigos silenciosos de lo sucedido, que no pueden hablar, que no pueden salvo relinchar para advertirle a su dueño que algo acaba de pasar,  algo muy malo, muy terrible en el dulce seno del hogar familiar.







 Epílogo: palabras finales.


Estos textos tratan de reflejar en cierta medida una posible visión de la “realidad”.  La idea es hacer reflexionar al posible lector. Dejé la tarea del prólogo a Javier Puyol.

Los temas que atraviesan las distintas historias rondan desde la vida, la muerte, la religión, el amor, el odio, la perversión, la nostalgia, la amistad hasta incluso la música. No soy portadora de verdad, sólo soy una engañadora literaria que busca compartir sus humildes razonamientos con los demás.

A todos ellos gracias por convertir un momento cualquiera en algo especial y digno de ser recordado.

Dedico estas palabras también a aquellas personas que  luchan todos los días para que este mundo sea un lugar menos egoísta y más justo para todos.







[1] Percibir es tomar conocimiento de una cosa por medio de los sentidos. Comprender o conocer.

[2] Servus -a –um: servil, esclavo.


[3]  Noxius-a –um: criminal; dominus: -i señor, dueño, poseedor, propietario.